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Los políticos no están en crisis

Puede que Rajoy tenga razón en que el PSOE se está equivocando en todo a la hora de atajar la recesión, pero lo cierto es que en el tema de la financiación autonómica, toda la clase política está ofreciendo un espectáculo lamentable.

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Este viernes la clase política, tanto Zapatero como Rajoy, ha cerrado el chiringuito por 2008; el primero en Moncloa, el segundo en Galicia. Los dos han coincidido en el diagnóstico de la deprimente situación política y económica actual, aunque no lo han hecho, ni mucho menos, en la receta para salir de esta crisis galopante.

El presidente del Gobierno ha reconocido –parece que ya no le queda otro remedio– que el estancamiento está en su punto más dramático; afirma que la tormenta es muy fuerte, pero insiste en que nuestro barco es seguro. Por su parte, Mariano Rajoy ha dicho dos cosas. Una de perogrullo ("la crisis es de caballo"), la otra no tanto. Le ha recriminado al Gobierno que sus políticas no sean las adecuadas para acabar con la crisis y que eso lo terminaremos pagando todos los españoles.

Puede que Rajoy tenga razón en que el PSOE se está equivocando en todo a la hora de atajar la recesión (aumento del gasto público y de la deuda pública y no liberalización del mercado laboral), pero lo cierto es que en el tema de la financiación autonómica, toda la clase política está ofreciendo un espectáculo lamentable. Todos han acudido a la Moncloa con eso del "¿qué hay de lo mío?". Cada presidente autonómico ha tirado hacia su reino de Taifas olvidándose de que no se puede jugar con la viabilidad real y económica del conjunto de la España. Y aquí no se salva ni el PP ni el PSOE; los políticos, en cuanto huelen el dinero, sacan todos a relucir la misma y común naturaleza depredadora y manirrota.

Mientras no se cierre de una vez por todas el modelo de financiación autonómica, la inestabilidad institucional está asegurada e hipoteca a los nacionalismos. Pero además, los políticos no pueden estar lamentándose de la crisis económica y luego dedicarse a la labor mezquina y pueblerina de arramblar la mayor cantidad de dinero público posible. Los ciudadanos se están dando cuenta de esta profunda hipocresía de nuestros gobernantes: si hay crisis, debe haberla para todos. Luego nos pedirán que tiremos del carro, cuando desde luego, el de algunos (los ciudadanos) lleva bastante más carga que el de otros (los políticos).

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