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País Vasco

Ilusiones contenidas

En mi trabajo a menudo nos sumergimos en ideas utópicas, en objetivos inalcanzables, en situaciones imposibles de cambiar, buscamos financiaciones desorbitadas, muy distantes de nuestras posibilidades, todo para dar forma a un sueño, a una idea. Situaciones que para la mayoría de los mortales son razones para el desestimiento, son el trabajo nuestro de cada día. Por eso, a los que nos dedicamos a la creación, tenemos una pequeña empresa, buscamos y generamos actividad para sobrevivir, nos es obligado mantener una sana indiferencia ante lo imposible.

En términos político-sociales, ese imposible ha sido, durante demasiado tiempo en nuestra tierra, el desalojar a los nacionalistas del poder, impedir la presencia política de los radicales nacionalistas en nuestras instituciones y la derrota de ETA.

Un buen día, por una suerte de circunstancias, entre las que hay que sumar la perseverancia de los que lucharon por lo que a una gran mayoría parecía un imposible, emerge un estado de cosas ante el que se abren grandes esperanzas sociales. Una situación en la que todo aquello que nos desvelaba parece milagrosamente posible.

Sucedió en Euskadi tras las últimas elecciones autonómicas.

Yo, como muchos otros, soñaba con el momento de que llegara una alternativa al agobiante ejercicio del poder que hacían los nacionalistas. Soñaba con que un día sería posible un parlamento vasco sin la presencia de un brazo político de ETA apoyando intermitentemente al nacionalismo gobernante. El sentido común ha estado ausente de nuestra realidad, convirtiendo ésta en una acumulación de despropósitos que terminaron por saturar a una gran parte de la ciudadanía e hicieron abandonar cualquier tipo de lucha contra lo establecido a otra.

"Sólo el universo y la estupidez son infinitos y de lo primero no estoy tan seguro", dijo Einstein. La estupidez que sobrevuela tan a menudo la vida política actual en nuestro país ha limitado las expectativas de mejoras sustanciales en el ámbito de lo público.

Por eso tampoco se tenían muchas esperanzas de que, aunque el resultado electoral lo permitiera, la alternancia política en nuestra comunidad surgiera de un pacto entre dos partidos tan diferentes y tan enfrentados. El sentido común es una herramienta apenas utilizada en la política reciente. Somos testigos de una época en la que los políticos, el debate político en general, están faltos de inteligencia, de altura de miras.

Pero por una vez la situación política en un lugar tan convulso como es Euskadi (¿hay otro más convulso de Europa?) constituye un ejemplo de que, primero, todo puede ser posible y en segundo lugar que el sentido común, los altos intereses comunes, cuando se quiere, pueden estar en la primera línea de las prioridades políticas.

El Partido Socialista y el Partido Popular en Euskadi han dado una lección de lo que puede considerarse alta política, sustentando su acuerdo de gobierno en los principios constitucionales que garantizan los derechos y las libertades ciudadanas. Estas cuestiones por las que en cualquier otro lugar de España no sería necesario pactar, porque no preocupan al ciudadano, se han convertido en la esencia del auténtico cambio de la política en nuestra comunidad. 

Quizás aún sea pronto para valorar las consecuencias de este nuevo escenario. En mi opinión, la sociedad va asimilando lentamente el cambio: mientras una parte de ella va perdiendo el miedo a expresar sus posiciones divergentes con el nacionalismo, la otra va perdiendo la arrogancia que, creciente en estos últimos años, ha enturbiado todo tipo de relaciones en la sociedad vasca.

Esto no ha hecho más que empezar. La resistencia que han mantenido no pocos vascos sometidos a la presión brutal que a modo de pinza han ejercido el nacionalismo gobernante y el terrorismo, ha de tener mayores recompensas. Se trata de ir recolocando los principios más obvios del ser ciudadano entre los primeros lugares de las prioridades de los vascos. La televisión, la escuela, los políticos deben ser los principales agentes transmisores de estos "nuevos principios" con los que comenzar a construir una convivencia normalizada.

Los mensajes de cordura que transmiten los líderes de los dos partidos constitucionalistas vascos que sustentan el Gobierno son una buena primera lección de pedagogía. Hay mucho trabajo por delante.

Los discursos de distintos miembros del Gobierno vasco destacando que su principal tarea la constituye la deslegitimación social del terrorismo son un bálsamo para la ciudadanía que ha sufrido en silencio, la mayoría de las veces, discursos tibios cuando no cómplices de los hasta hace poco sus dirigentes. Pero se tendrá que ir más allá del respaldo testimonial a las víctimas y trabajar en su plasmación práctica, apoyando iniciativas, novedosas en esta tierra, tendentes a conocer nuestro pasado reciente desde el relato de las víctimas y a extender el rechazo contundente no sólo del ejercicio de la violencia sino también de sus objetivos políticos totalitarios.

Iñaki Arteta es director de cine y autor del libro El infierno vasco
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