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Ingolf Günter Krumm

Hacia un impuesto único

Parece que en materia fiscal, los tiempos están cambiando lentamente. Mientras que en los años ochenta, las bajadas de la presión fiscal de Ronald Reagan y Margaret Thatcher eran condenadas como “injustas” por ser un instrumento de la revolución conservadora, hoy, incluso partidos del otro lado político se atreven a proponer bajadas fiscales que hubiesen sido imposibles para ellos hasta hace pocos años. Así ha ocurrido no sólo en España, sino también la semana pasada en Alemania.

Los profesores del “Círculo de Heidelberg” y el Instituto Alemán para la Investigación Económica propusieron “una ley para un impuesto único”, que integre el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas y el Impuesto sobre Sociedades en una sola ley. La idea básica reside en la Transparencia Fiscal. Es decir no están sujetas a la imputación las empresas sino las personas y por ello se podría abolir el Impuesto sobre Sociedades y el impuesto industrial (Gewerbesteuer), similar al Impuesto de Actividades Económicas en España. Aunque el tipo de gravamen es del 25% a partir de unos ingresos de veinte mil marcos, el impuesto tiene sin embargo un efecto progresivo por su alto importe libre de impuestos (Grundfreibetrag).

El fin pretendido consiste en fomentar el crecimiento y el empleo a través de la no discriminación del ahorro e inversiones. En efecto, el sistema impositivo en vigor en Alemania discrimina y frena la creación de capital y ahorro. Una medida en contra de dicha discriminación la ven los científicos en la exención de rendimientos de capital, beneficios e intereses hasta un cierto nivel. Este nivel se establece comparando los ingresos realizados, con los ingresos que se hubiesen recibido de una inversión en un empréstito federal con un plazo de dos años. El diario alemán Handelsblatt llamó a dicho nivel “mínimo para evitar la destrucción de capital” (Kapitalexistenzminimum). Los expertos aseguran que inversiones que antes no eran rentables por causas exclusivamente fiscales, ahora sí lo serán.

La propuesta va en la dirección correcta por varias razones. Primero, porque la abolición de dos impuestos (sobre sociedades e industrial) es en sí buena, ya que facilita la legislación fiscal, altamente complicada, y además sigue firmemente el lema liberal de que “un mundo con un impuesto menos es un mundo mejor”. Segundo, si España va bien, Alemania va como mucho, regular. El instituto IFO de Munich indicó esta semana “que la economía alemana no ha alcanzado aún su suelo.” Por ello es deseable fomentar las inversiones y –en contra lo que diría un keynesiano– el ahorro. Y tercero, parece que un impuesto único posibilita un cambio de enfoque en la necesaria discusión sobre el futuro del sistema impositivo. Esto es, centrarse menos en la igualdad (progresividad) y más en la libertad. De esta manera podría alcanzarse la máxima que el ex ministro alemán de economía, Ludwig Erhard, utilizó como título del que fuera bestseller: “Bienestar para todos”.

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