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Ingolf Günter Krumm

Impuesto de Tobin y globalización

El movimiento de última moda, la antiglobalización, cree haber encontrado en el impuesto de Tobin la base teórica que ayudaría a disminuir las supuestamente crecientes diferencias entre el mundo industrializado y el mal llamado tercer mundo. James Tobin, premio Nobel y fiel seguidor de John Maynard Keynes, propuso en 1972 un impuesto del 1% para las transacciones de divisas, con el objetivo de estabilizar los tipos de cambio. “Los ingresos derivados sólo son –según declaró el economista estadounidense en una reciente entrevista, concedida a la revista alemana Der Spiegel– un producto secundario”; de ellos dispondría el banco mundial, para redistribuirlos al tercer mundo.

Sin embargo, los antiglobalistas (y me gustaría poder mencionar aquí el nombre de algún líder intelectual, pero parece que aún el movimiento se caracteriza más por el ruido que por las nueces) se asustarían si escuchasen algunas afirmaciones de Tobin sobre la economía mundial, en las que asevera no sólo no tener “nada en común con estos revolucionarios antiglobalización”, sino que además declara que “los problemas de la globalización no se solucionarán frenándola”. Todos los países se benefician del libre intercambio de bienes y capital”. A la típica pregunta de por qué ha aumentado entonces la pobreza en el mundo, responde Tobin enérgicamente que “esto no es cierto” y pone como ejemplo a Corea del Sur y los demás “tigres”, países que son, “gracias al comercio y al capital extranjero, mucho más prósperos hoy día que hace treinta años”.

Últimamente el impuesto de Tobin ha penetrado en las más altas capas de la política europea. Fue Lionel Jospin el primer jefe de gobierno de un país industrializado que apoyó está idea a principios del presente mes; el francés quiere que se discuta la propuesta de Tobin en la cumbre de ministros de Economía y Hacienda de la UE del día 23 de septiembre en Lüttich, aunque está por confirmar sí después del atentado de New York y Washington se mantendrá el orden del día. Jospin y Schröder ya han dado los primeros pasos y se ha acordardo la creación de un grupo de trabajo franco-alemán, cuyo objetivo será, según Schröder, “ver cómo tenemos que reaccionar a los flujos monetarios cada vez más independientes”. Por cierto, que esto suena bastante a Oskar Lafontaine light.

A la vista de las elecciones generales en sus respectivos países el próximo año, Schröder y Jospin no van a desaprovechar la ocasión de ganar votos y encontrarán fórmulas vagas y compatibles con su fórmula favorita mil veces repetida, es decir, “que están a favor de la globalización, pero es tarea de la política controlar las consecuencias negativas de la misma”. Están por ver las propuestas concretas del lado político. Toda respuesta diferente al típico esquema “sí-pero” sería una sorpresa. Como quiera que sea, el planteamiento científico, el impuesto de Tobin, jamás funcionará, porque haría falta un acuerdo mundial para su introducción en todos los países del mundo. Algo absolutamente ilusorio. Incluso en el caso de que se alcanzase dicho acuerdo, tarde o temprano algunos países lo abandonarían, porque siempre está latente el beneficio de la out-option, es decir, detrás de “los países” se esconde la acción humana, que tarde o temprano se daría cuenta de que el no participar es más beneficioso, a pesar de ser luego calificado como un “paraíso especulativo” en una lista oficial de la UE o de la OECD.

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