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Ingolf Günter Krumm

SPD y PDS forman gobierno en Berlín

Para el pueblo alemán, por lo menos para aquella parte que después de doce años de la caída del muro goza aún de suficiente memoria histórica, el éxito electoral del PDS (Partido del Socialismo Democrático) en las elecciones al Congreso de los Diputados de Berlín el pasado octubre, ha supuesto una conmoción. Los post-comunistas lograron casi la mayoría absoluta en la parte oriental de la capital alemana, estableciéndose así como el tercer poder político, después del SPD (Partido Social Demócrata Alemán) y la CDU (Unión Cristiano Demócrata).

Aquellos que temían la vuelta del PDS al poder se tranquilizaron con la intervención del canciller Schröder que, inmediatamente después de las elecciones, exigió una coalición semáforo, acallando así las voces de los que afirmaban que la no participación del PDS en el gobierno equivaldría a una nueva división de Berlín. El jefe del SPD berlinés Klaus Wowereit, que hubiese preferido una coalición con el PDS, tuvo que someterse a los deseos de Schröder, a quien movía la idea de utilizar la capital como laboratorio para la cooperación a escala federal de socialdemócratas, verdes y liberales, después de las elecciones generales del 22 de septiembre.

Pero las negociaciones sobre una coalición semáforo entre los tres partidos fracasaron a principios de diciembre, porque los liberales, encabezados por el ex-ministro de economía Günter Rexrodt, se negaron a apoyar la subida de impuestos exigida por los partidos izquierdistas.

Desde hace más de una semana, al lado de Alexanderplatz, el gobierno socialdemócrata-postcomunista ocupa su cargo en el Ayuntamiento de Berlín, que por cierto tiene como nombre propio "Ayuntamiento Rojo" (Rotes Rathaus). El hecho de la participación del PDS en este gobierno no hace sino sorprender. Téngase en cuenta que durante cuarenta años, Berlín oriental fue la capital de un estado estalinista de lengua materna alemana; allí se decidió construir el muro que dividió al país germano hasta 1989 y allí se privó a 17 millones de individuos de la posibilidad de vivir en libertad y prosperidad, únicamente por la mala suerte de haber tenido sus casas en la zona de ocupación rusa después de 1945. Responsable de todo ello fue el todopoderoso y omnipresente SED (Partido Socialista Unificado Alemán) y su partido heredero, el PDS, que aún está mostrando una postura muy ambigua respecto de esta "herencia" dictatorial y vuelve precisamente al lugar protagonista en la tragedia de la posguerra alemana. La trascendencia de este hecho quede quizá más clara si se imagina un partido heredero de la NSDAP (Partido Nacional Socialista Obrero alemán) obteniendo el mismo éxito electoral que el PDS tan sólo doce años después del final de la segunda guerra mundial.

Y hay que anotar que el resultado electoral del PDS en Berlín es por el momento, sólo el punto culminante de una serie de éxitos que comenzaron en 1990, año de su fundación. En las elecciones al parlamento celebradas en esa fecha en los cinco estados federales del este de Alemania, el PDS consiguió una media del 12,2% de los votos, en 1994 el 18,9% y en 1998 el 22,2% de los votos. Si a esto se añade el 22,6% de Berlín, se tiene más o menos una idea de su influencia. Este año se celebrarán elecciones en los cinco Bundesländer del este y no hace falta ser un profeta para prever de nuevo una continuación de ese creciente apoyo popular.

Con la vuelta del PDS y el nombramiento de Gregor Gysi como senador para asuntos económicos, surge la duda de si los postcomunistas son capaces de realizar en la capital lo que más urge: una reducción drástica del gasto público. La situación financiera es dramática: Berlín está en bancarrota, "tan bancarrota", que como el propio Gysi bromeaba en la campaña electoral, "ahora se nos puede encomendar también". El presupuesto de Berlín tiene un déficit de financiación de 5 millardos de Euros. De los ingresos propios de 7 millardos de Euros, más del 90% se dedica al pago de los sueldos de los funcionarios. El gobierno rojo-rojo quiere reducir el empleo público en 12.500 puestos de trabajo hasta el año 2007, aunque según una estimación de los expertos haría falta reducirlo el doble. No hay en Alemania una ciudad en la que haya más empleados del sector público: de 1000 berlineses, 115 tienen una nómina del estado. En la compensación presupuestaria interregional, Berlín recibe aprox. 2,8 Millardos de Euros, cifra que equivale al importe con el que contribuye el Land de Hesse, el mayor acreedor de los estados federales dentro de dicho sistema compensatorio. El paro se sitúa en el 16%, Hamburgo tiene la mitad y Munich sólo el 4%. De mil habitantes en Berlín, 94 reciben ayudas públicas, en Munich sólo 35. Mientras que el sueldo medio de un berlinés es aproximadamente de 900 Euros mensuales, sus compatriotas bávaros están ganando el doble.

A pesar de la voluntad anunciada por la coalición roja-roja de combatir los gastos de la ciudad a través de la reducción del empleo publico, es dudoso que precisamente este gobierno sea el más adecuado para llevarlo a cabo. Y ello porque tienen demasiada "clientela" con una nómina del estado, que si no imposibilita, por lo menos dificulta la más que necesaria reducción de plantilla estatal. Esta doble función dentro de una misma persona, la del votante y la del funcionario, ya la resumió mejor que nadie Ludwig von Mises en su obra La burocracia (1944) de la siguiente manera: "El burócrata como votante aspira más que a un presupuesto equilibrado, a un aumento salarial. Su objetivo principal es inflar los pagos de la nómina." Y sigue Mises: "La democracia representativa no puede existir, cuando una buena parte de los votantes tiene una nómina del estado. Si los parlamentarios no se consideran como fiduciarios de los contribuyentes, sino como representantes de quienes obtienen sueldos, subvenciones, subsidios por desempleo y otros favores de las cajas públicas, la democracia está perdida."

Bajo estas consideraciones, el saneamiento del gasto público de la capital, seguirá siendo un capítulo pendiente, que quizás resuelva otro gobierno, pero difícilmente el actual.


Este artículo, junto con otros de José Ignacio del Castillo, Carlos Ball, Martín Krause y Álvaro Bardón, se publica en la Revista de Economía e Ideas de Libertad Digital. Si desea leer más, pulse AQUÍ

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