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Itxu Díaz

Las urgencias de agosto

Gobernar el país sin poder gobernar toda la prensa es algo por lo que no puede pasar ningún socialista que haya mutado en Emperador de España como Sánchez.

Gobernar el país sin poder gobernar toda la prensa es algo por lo que no puede pasar ningún socialista que haya mutado en Emperador de España como Sánchez.
Pedro Sánchez en Moncloa. | Europa Press

Siguiendo una larga tradición de política de tapadillo, el Gobierno de Sánchez ha apretado el acelerador para impulsar en pleno verano su ley de secretos oficiales, aprovechando que estamos todos distraídos tratando de conseguir mesa en el chiringuito. El sentido común obliga a desconfiar por sistema de cualquier cosa que se apruebe en el mes de agosto. Y el sentido común obliga también a desconfiar de cualquier cosa que apruebe el Gobierno de Sánchez. El Anteproyecto de Ley de secretos oficiales deja esta delicada cuestión en manos de Bolaños, es decir, del presidente, que los manejará a su capricho como si fueran el Falcon, los editoriales de El País, o las piscinas de La Mareta. Y, a su vez, contempla que la publicación de informaciones reservadas a las que hayan tenido acceso los periodistas más avispados constituya una grave infracción. Un nuevo invierno mediático asoma por el horizonte.

Característica común a todos los inquilinos de La Moncloa es la creciente preocupación por la prensa a medida que avanzada su mandato. Gobernar el país sin poder gobernar la totalidad de la prensa es algo por lo que no puede pasar ningún socialista que haya mutado en Emperador de España, como es el caso de Sánchez. Y ahora que hay tanto que contar, ahora que hay tantas vías de agua en el barco del Gobierno, el presidente está buscando la manera de que nadie sepa nada más que lo que él quiera. Al final, el apagón no era solo de las luces.

Por supuesto, el objetivo primero de la ley es reescribir la historia y volver a sacar a pasear al franquismo, en una novedosa estrategia que a nadie se le había ocurrido antes. Se trata de un regalo a ETA, otro más, que es la organización más premiada por el Gobierno, a quienes no parece importarle lo más mínimo que se trate de una banda terrorista que mató a mil personas e intentó acabar con la vida de muchísimas más. La nueva ley solo busca coger con pinzas pequeños fragmentos del relato global que permitan justificar esos crímenes, al menos en los estómagos más agradecidos, los que son capaces de tragar con lo que sea si procede de la secta de su cuerda, aunque la primera víctima sea siempre la verdad.

Pero en la indignación por el enésimo cariño del gobierno socialista al terrorismo etarra no podemos olvidar el nuevo intento de asalto a la libertad de prensa, la poca que queda, que, a fin de cuentas, herencia de las ideas de Redondo, la gran mayoría de los grupos de comunicación han sido comprados por el Gobierno durante los últimos años, directa o indirectamente.

Si algún sentido tiene todavía la devaluada profesión periodística es por su primigenia función de mantener contra las cuerdas al Gobierno, desvelando aquellos asuntos turbios que pueden hacerle caer y que los ciudadanos tienen el derecho de conocer. Cuando la seguridad nacional se utiliza como excusa, cuando el control de los secretos oficiales pasa del ministerio de Defensa al de Presidencia sin rubor, y cuando se le mete el miedo al periodista, incluya a quien incluya esa vaga definición, lo que es seguro es que la función de control y contrapeso ha cambiado de bando y está en lado incorrecto, construyendo los cimientos para un futuro dominio total de la opinión pública, que por supuesto es lo que en última instancia condiciona el voto.

Tal vez sea por estar en La Coruña, tan lejos del mundanal ruido, pero no oigo desde aquí queja alguna por este nuevo ataque a la libertad de prensa. Tan solo un comunicado de la FAPE, por una vez bastante acertado. Pero no hay en los medios de izquierdas el menor gesto de desaprobación, ni tampoco nadie parece pedir explicaciones al Gobierno sobre la razón para tramitar de urgencia y en pleno agosto una ley del 68 modificada en el 78. Para ser urgente, se lo han tomado con calma.

Confieso que, por manida, no soporto la cita de Niemöller del Primero vinieron… y, junto a otros comodines demasiado manoseados, me he propuesto evitarla a toda costa en lo que me queda de vida literaria, pero lo cierto es que ni siquiera la intensísima dedicación que estos días entregamos a lo realmente importante –el chiringuito y la cerveza– justifica este mutismo total. Como si el primer secreto oficial fuera el propio anteproyecto. O tal vez sea, eso aún sería peor, que la propia amenaza a la prensa ya ha logrado el efecto deseado.

Parafraseando al que en paz descanse, los españoles se merecen una prensa que controle al Gobierno, no un Gobierno que controle a la prensa.

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