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Itxu Díaz

Presidente, haznos una señal

Observo en detalle las últimas intervenciones del presidente del Gobierno y no tengo la menor duda: veo a un hombre secuestrado.

Observo en detalle las últimas intervenciones del presidente del Gobierno y no tengo la menor duda: veo a un hombre secuestrado.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Cordon Press

La mayoría de los vaivenes de la política se explican por cosas sencillas. Un sobre en una gasolinera, la amante de un ministro o la urgencia por desviar la atención sobre algo peor. El factor humano es siempre más determinante que la agenda política. Cuentan que en el 23-F, a medida que pasaban las horas, algunos diputados comenzaron a pasearse por el hemiciclo y a conversar con los guardias, haciéndoles guerra psicológica. Les hablaban de sus hijos y mujeres, les metían miedo con la pena que les caería y trataban de desalentarlos. Desde la bancada socialista, un diputado puso contra las cuerdas a un guardia: "Y si a ustedes les ordenan que disparen contra nosotros, ¿qué van a hacer?". Y al de la Benemérita le salió todo el factor humano que llevaba dentro: "Hombre, no se preocupen, ya dispararíamos para otro lado". Todo un caballero.

Observo en detalle las últimas intervenciones del presidente del Gobierno y no tengo la menor duda: veo a un hombre secuestrado. No sé si por unas fotos que disgustarían a Begoña, por un audio al estilo adolescente de Piqué y Rubiales, o tal vez por un video de rave y descontrol en el backstage del FIB, con gafas de JFK y morros de Angelina Jolie.

Su teléfono debe de ser una bomba. Como todos los que nunca soñaron con llegar tan alto, Sánchez es un poco bocachancla, aunque me cuentan que en los últimos tiempos ha asimilado el noble arte del mutismo incluso con los más cercanos. Algo aprendió tras su idilio interruptus con Ábalos. Además, tiene la inteligencia justa para salir del coche oficial por la puerta y no por la ventana, pero de ahí no prospera. Y, para colmo, nadie en el mundo se fía de él. Es carne de cañón de servicios secretos con babuchas.

Todo le ha llevado a un colapso de indefensión, que disimula con ese estilo de matón de discoteca que se arranca los pelos del pecho mirando a la rubia pero con el que ya no engaña a nadie. Cuando la oposición sugirió por primera vez que podía estar siendo víctima de un chantaje por parte de Marruecos, se apresuró a desmentirlo, negando cualquier tipo de extorsión: "Yo no tengo ningún problema con mi móvil". De modo que desde entonces ya sabemos dos cosas: que por supuesto que tiene problemas con su móvil y que está siendo víctima de un chantaje. Estamos.

La única duda era hasta qué punto esa coerción podría estar condicionando la política española. Desde Argelia hasta las leyes lunáticas de los ministros comunistas, todo a esta hora parece explicarse por el robo de dos gigas y medio de información de su móvil, una de las brechas de seguridad más graves de la historia reciente, si exceptuamos la infiltración de Iglesias en el CNI.

Si resulta imposible revertir la situación, si no puedes comprar a los secuestradores, invitarlos a un chupito de vodka con polonio como haría Putin o qué sé yo, cualquier hombre sensato dimitiría antes de poner en riesgo a toda la nación. Pero, quizá porque se ha creído su propio papel de superviviente, Sánchez no tiene la menor intención de irse, a menos que los extorsionadores le obliguen a hacerlo bajo la amenaza de subir a Instagram su foto recién levantado y sin maquillar.

Sorprende que la oposición no esté preguntándole cada día quién o quiénes se están inmiscuyendo en el destino de los españoles. Confío en que no sea eso que llaman sentido de Estado, que es la expresión mágica que emplea la izquierda cuando quiere ampliar las tragaderas de la derecha. Para mal o para mal, él es nuestro presidente, y su secuestro también nos convierte a nosotros en cautivos; y no sé a ustedes, pero a mí me pone de muy mala leche que me extorsionen.

Los españoles necesitamos saber si es verdad que el presidente está moralmente secuestrado. Por si hubiera alguna duda, ruego a Sánchez que haga un gesto inconfundible, que nos envíe una señal clara, algo que nos lleve a confirmar sin dudas que ha caído como rehén de otro país. De modo que, presidente, si estás en apuros, lanza la contraseña: di una verdad. Sabremos al instante que algo terrible se cierne sobre España y trataremos de sacarte de ahí. Somos compatriotas, haremos lo que sea, por doloroso que nos resulte, incluso sacrificar a Garzón ofreciéndolo como trueque. Sé fuerte.

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