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El efecto dominó

Es evidente que las medidas que ha tomado nuestro Gobierno hasta la fecha no sirven ni para reanudar nuestro crecimiento, ni para restablecer nuestra credibilidad en los mercados financieros internacionales.

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Es oficial, Grecia ha pedido formalmente ser rescatada y con ello, los mercados se dieron un respiro el pasado viernes; queda por ver si el país heleno acepta la imposición de todas las condiciones del FMI. Pese a todo, desde Alemania han empezado a sonar en el aire tambores de guerra pidiendo, de momento sólo temporalmente, la expulsión de Grecia de la Unión Monetaria Europea y desde otras latitudes se oyen voces que incluso vaticinan que el déficit público real griego sigue sin conocerse del todo.

Ahora bien, si el pasado viernes la atención del mercado aflojó la cuerda en relación a Grecia, inmediatamente tensó la mirada hacia las fichas siguientes; siendo Portugal y España dos de esas fichas. Nuestro vecino luso quizás sea el siguiente punto de mira para los mercados financieros internacionales. Prueba de ello fue el repunte del diferencial portugués en relación al bono de diez años de Alemania: llegó a rozar 190 puntos básicos, el más alto del año en curso. España tampoco se libró y también sufrió un repunte, pero en comparación con nuestro vecino, fue menos de la mitad y, por tanto, relativamente modesto.

Analicemos Portugal: la economía lusa demostró en el año 2008 que es capaz de poner en orden sus cuentas públicas. Durante años, Portugal mantenía un déficit público que superaba el límite del 3% del PIB marcado por el tratado de Maastricht. Sin embargo, en el año 2008, los portugueses logran un déficit del 2,9% alcanzando el compromiso adquirido con la Unión Monetaria Europea y el euro. Esfuerzo logrado pero efímero. El pasado año, nuestros vecinos lusos volvieron a rebasar el limite y llegaron a un déficit del 9,4%. En definitiva, al igual que España, la economía portuguesa necesita de financiación neta procedente del exterior; su cuenta corriente en relación al PIB es incluso mayor que la española: un 12% a final del 2009. Y también tiene en común con España que la economía sufre una perdida crónica de competitividad debido a un mercado de trabajo anquilosado en el pasado. La tasa de paro el pasado año en Portugal fue del 9,5%.

La situación de la banca portuguesa es posiblemente más holgada que la española por la ausencia de una burbuja inmobiliaria y el hecho de que los indicadores prevén que la economía lusa crezca modestamente en el año en curso. En realidad, no alcanzará la media de crecimiento Europeo dado que la arrastra la proximidad a nuestro país y la permanente recesión en España. Sin embargo, a pesar de las recientes reclasificaciones a la baja de las agencias de rating, un reciente estudio del Management Centre Europe destaca la fortaleza de la banca lusa en relación al resto de los bancos europeos. Más aún, en marcado contraste con la falta de toma de medidas contundentes en España, el Gobierno Socialista de Portugal ya ha anunciado una serie de medidas para incrementar los ingresos y, sobre todo, para reducir el gasto público mediante el recorte del salario real de los funcionarios públicos. Obvia decir que son medidas tremendamente impopulares, pero respaldan simple y llanamente la credibilidad de la economía.

Pero el análisis también recae en la cruda realidad de Portugal: el sector público tiene una abultada deuda pública del orden del 76,8% en relación al PIB; por encima del límite del 60% de Maastricht y con una previsión para finales del año en curso por parte de la mayoría de analistas por encima del 85%.  Este es su talón de Aquiles y por ello se podría convertir en el próximo blanco de los mercados financieros internacionales.

Una de las grandes diferencias entre Portugal y nuestro país es el tamaño económico. Al igual que Grecia, en el hipotético caso de necesitarlo, Portugal puede ser rescatada. Estamos hablando de enormes cantidades, pero abarcables. Sin embargo, España es económicamente más del doble de la suma conjunta de Portugal y Grecia, y teniendo en cuenta las enormes dificultades que está teniendo Grecia para poner en marcha su rescate financiero, la verdadera prueba de fuego para el euro y la Unión Monetaria Europea será España.

Una vez más, ojalá no llegue ese momento. Repitamos de nuevo: estamos a tiempo para adoptar las medidas que todos conocemos muy bien, restablecer nuestro crecimiento y recuperar nuestra credibilidad financiera. Un programa nacional siempre será menos traumático que un programa impuesto por el FMI. Pero remarquemos una vez más: es evidente que las medidas que ha tomado nuestro Gobierno hasta la fecha no sirven ni para reanudar nuestro crecimiento, ni para restablecer nuestra credibilidad en los mercados financieros internacionales. Hace falta, entre otras medidas, poner en marcha recortes del gasto público de calado, empezando por las comunidades autónomas cuyo sobrecoste se ha estimado recientemente en más 26.000 millones de euros al año, e introducir una reforma laboral que refuerce nuestra competitividad a largo plazo empezando por la eliminación de la dualidad del mercado laboral.

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