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Jaime de Piniés

Se acabó el tiempo

Se acabó el tiempo de marear la perdiz. La situación se ha deteriorado hasta tales extremos que las medidas y condiciones nos han venido impuestas desde el exterior.

Jaime de Piniés
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La entrada en la Unión Monetaria Europea supuso grandes beneficios asociados con la estabilidad monetaria. Como contrapartida se exigía, por un lado, la cesión parcial de la soberanía, es decir, la peseta desaparecía como moneda y el Banco Central Europeo pasaría a dirigir nuestra política monetaria. Y por otro lado, también suponía alcanzar y seguir las reglas establecidas en Maastricht. En un principio todo eran mieles, pero la llegada de la presente gran recesión ha quebrantado la disciplina y Europa se ha dividió nítidamente en dos bloques: aquellos que toman las medidas necesarias para apuntalar el euro de forma voluntaria y aquellos otros que tienen que ser obligados a hacerlo.

Alemania e Irlanda forman parte del primer bloque de países europeos. Si se echa un rápido vistazo a las cifras macroeconómicas germanas, éstas muestran una economía que crecerá este año por encima del 1,2% y pese a proyectar un déficit público estructural del orden del 3,8% y un nivel de deuda pública del 77%, ambos en relación al PIB a finales del año en curso, Alemania mantiene un superávit en su cuenta corriente o exterior del orden del 5% del PIB. En pocas palabras, Alemania es un acreedor neto en relación al resto del mundo.

Irlanda, por su parte, no crecerá en el año 2010. Según el FMI seguirá en recesión con una tasa de crecimiento negativa de 1,5%. Además, tiene un déficit estructural del orden del 8% del PIB y una deuda pública que se aproxima al 80% del PIB. Pero en Irlanda las políticas económicas que se han adoptado han sido de tal magnitud que ha pasado su déficit exterior de superar el 5% del PIB en el año 2008 a ser positivo, 0,4%, en el año en curso, 2010. Es decir, el ajuste irlandés, implantado de forma totalmente voluntaria, ha sido suficiente para eliminar la dependencia de financiación extranjera. El mercado, consciente del enrome esfuerzo, ha reaccionado consecuentemente; la rentabilidad del bono gaélico está en fase descendiente y el coste de la deuda pública en retrocesión. Enhorabuena para Irlanda y los irlandeses.

Sin embargo, en el segundo grupo de países europeos se encuentran Grecia, Portugal y España. Estos tres países tienen déficits estructurales entre el 7% del PIB, España y Portugal, y el 9% Grecia. Los niveles de deuda son distintos. España tendrá solo 67% en relación a su PIB a finales del año en curso, mientras que Portugal se aproximará al 86% y Grecia superará 124%. Sin embargo, las tres economías tienen en común su dependencia de la financiación extranjera. La previsión del FMI es aplastante; las tres economías tendrán déficits en sus cuentas corrientes, éstos van desde el 5% en relación al PIB de España al 9% para el caso de Portugal y el 10% de Grecia.

Portugal, hace un par de meses, anunció voluntariamente una serie de recortes adicionales del déficit público. Loable, pero, a la postre, insuficiente. Ahora bien, es la situación de España, quizás junto a Grecia, la que genera mayor recelo en los mercados financieros. Hasta este pasado fin de semana, las autoridades españolas han estado insistiendo en su voluntad para reducir el déficit público; eso sí, no de forma drástica y sin dar un atisbo serio de cómo. Pues bien, se acabó el tiempo de marear la perdiz. La situación se ha deteriorado hasta tales extremos que las medidas y condiciones nos han venido impuestas desde el exterior. Durante un periodo de tiempo indefinido, los españoles no seremos dueños de nuestro destino. En este momento, pese al paquete de rescate anunciado de 750 mil millones de euros, la dura realidad nos mostrará un sin fin de presiones para que nuestro país se ajuste y, atención a este dato, sin recibir un solo céntimo de financiación extranjera. Por supuesto, siempre nos quedará una salida: abandonar el euro. 

Los debates sobre el tema en cuestión están teniendo lugar por doquier. En concreto, el último Foro Arrupe a partir de la presentación del profesor José Ramón Espínola, el debate posterior concluía unánimemente entre los participantes: aquí el único que no se entera de la crítica fase en que entra España es precisamente el Gobierno del Señor Rodriguez Zapatero. Aunque peor sería que lo estuviera haciendo intencionadamente. Desgraciadamente, el lobo ha llegado y Dios nos ampare. De forma serena los españoles nos tenemos que enfrentar al coste del ajuste y estudiar las soluciones a tomar para devolver la confianza a los mercados internacionales. Cualquier análisis puede llegar a una medida simple y rápida: cambiar los gestores que insistentemente han metido al país en este lío descomunal. Es el menor coste del por otro lado salvaje ajuste que nos espera. 

Como bien advirtió Rosa Diez en las Cortes: sea usted patriota Sr. Rodriguez Zapatero y convoque cuanto antes elecciones generales.

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