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El auténtico Robin Hood

Los ignorantes y cándidos son los que votan a los demagogos que venden sueños y conducen rebaños a pesadillas totalitarias. Porque el auténtico Robin Hood roba a los pobres para dárselo a los ricos.

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El Gobierno de España ha alcanzado ya los límites de la sostenibilidad del chollo y del despilfarro y se ve obligado a elevar los impuestos. Ahora, además de endeudar a las futuras generaciones tiene que exprimir a las presentes. Nada nuevo bajo el sol: todo gasto tiene que ser financiado por alguna fuente de riqueza, a ser posible ajena.

Para convencernos de la bondad de la subida dicen que va dirigida exclusivamente a las rentas más altas y, al hacerlo, hacen uso de una antiquísima forma de persuasión que aprovecha la envidia, una de las mayores debilidades de nuestro juicio.

La envidia es un mecanismo psicológico que evolucionó en reducidos grupos de cazadores-recolectores (o antes incluso) para impedir que surgieran liderazgos no basados en el mérito. Apelar a ella, aún bien presente en nuestras mentes, es el mejor modo de manipular a las personas sin formación.

Las sociedades tecnológicamente desarrolladas, masificadas e impersonales de hoy, distan mucho de parecerse a aquellos reducidos grupos del remoto pasado. Es preciso disponer de unas elementales nociones de cómo funcionan para no dejarse llevar por las dudosas apariencias y el primer impulso que suscitan.

El economista austriaco Ludwig Von Mises se percató ya a principios del siglo XX del inmenso poder que tenía el demagogo moderno, el político socialista, sobre los sentimientos vinculados a la envidia, llegando a considerar a esta última, de hecho, como el fundamento mismo del socialismo.

La redistribución de la riqueza se logra por el monopolio de la fuerza, y éste se obtiene democráticamente a través de la influencia que ejerce hábilmente el demagogo sobre las ancestrales emociones de las mayorías.

Los fines sociales no son otra cosa que una cortina de humo que oculta fines particulares diversos, logrados por unos pocos a costa de todos los demás. El Leviatán estatal engendra grupos de presión e interés, y, en definitiva, de privilegio. Una nueva "clase", una nueva casta de señoritos se adueña de la tarta, dejando a todos los demás las migajas. Esto sucede así porque a través de los impuestos se penalizan la iniciativa empresarial y la inversión, y por tanto las fuentes de riqueza y empleo presentes y futuras. Al final nadie crea la tarta y se consumen los restos de la que crearon generaciones pasadas.

El socialismo correctamente aplicado, sea por la vía democrática o por la revolucionaria, lleva al final, si no se lo ataja, a la creación de una aristocracia de partido con un fuerte liderazgo a la cabeza. Las promesas de igualdad de los azuzadores de la envidia terminan en el solemne culto a la personalidad de algún líder carismático y despiadado y a una igualdad de las mayorías en la miseria.

Así que cuando suenen los cantos de sirena de la envidia no preste oídos. Usted, si no es rico, no es un "tonto de los cojones" por votar a la derecha, ni los empresarios son "listos de los cojones" por proponer rebajas de impuestos y salarios. Simplemente estarán mirando por el interés de todos en una sociedad industrial y de servicios compleja, en la que la riqueza es generada por las iniciativas individuales compitiendo en el mercado. Sin ánimo de insultar, los ignorantes y cándidos son los que votan a los demagogos que venden sueños y conducen rebaños a pesadillas totalitarias. Porque el auténtico Robin Hood roba a los pobres para dárselo a los ricos.

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