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El liberalismo se aprende

A la hora de valorar el respectivo peso de las diversas variables en los procesos económicos, sociales y políticos, tiende el hombre civilizado a razonar no mucho mejor de lo que lo haría el más primitivo, tribal y salvaje de sus congéneres.

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 Nadie nace liberal. Nacemos, de hecho, dependientes. Nuestros primeros impulsos son los de agarrar y succionar. Los padres, en especial la madre, nos proveen de todo aquello que necesitamos mientras nos protegen de un entorno potencialmente hostil para enfrentarnos al cual todavía no estamos preparados.

En el remoto pasado dicho medio social estaba formado por un reducido número de personas con las que, por lo general, teníamos sólidos lazos genéticos.

Durante millones de años, como homínidos, y un par de cientos de miles como humanos anatómicamente modernos, hemos ido sufriendo cambios en nuestro cerebro, tanto en el tamaño como en sus conexiones, que han servido de base para el desarrollo de nuevas facultades tales como el lenguaje o el pensamiento simbólico, bien conocidas, y otras más sutiles para el trato social de las que ni siquiera somos conscientes. Prueba de la existencia de estas últimas es la rapidez y efectividad con la que evaluamos situaciones y circunstancias sociales frente a nuestra evidente torpeza manejando conceptos abstractos, que nos obliga a reconsiderar muchas de nuestras preconcepciones durante un largo aprendizaje.

Nuestro cerebro es preponderantemente social, y su capacidad lógica original es más apropiada para hacer inferencias sobre quién manda a quién, quién ha hecho qué a quién y de quién puede uno fiarse y de quién no, que para entender fenómenos sociales de orden superior, en los que hay implicados un gran número de individuos, muchos más de los que nuestra mente pudiera conocer, siquiera superficialmente, y en relaciones desiguales e impersonales.

Así, a la hora de valorar el respectivo peso de las diversas variables en los procesos económicos, sociales y políticos, tiende el hombre civilizado, acaso bien informado pero inadecuadamente formado, a razonar no mucho mejor de lo que lo haría el más primitivo, tribal y salvaje de sus congéneres.

Somos personalistas. Nos fijamos en los líderes de las distintas instituciones y en su comportamiento (humano, demasiado humano), no en las instituciones mismas. De ahí que las filias y las fobias tengan un papel tan destacado en nuestras elecciones políticas. Pretendemos, además, que esos líderes, de alguna manera misteriosa, ejerzan el papel de padres protectores y proveedores, omnipotentes y omniscientes, para así prolongar una infancia colectiva en la que ni se asumen las responsabilidades de la madurez, siendo eternos niños que juegan, ni se llega a comprender nunca cómo funciona realmente ese nuevo medio social en el que ahora debiéramos desenvolvernos.

Como decía al principio, nadie nace liberal. Liberal uno se hace después de una dilatada formación, tanto teórica como práctica. Esa formación no puede ser de cualquier tipo (la hay que profundiza el pensamiento mítico y el discurso fabulador) y muy probablemente no todos estemos igualmente capacitados para asimilarla (habrá variabilidad, como en cualquier otro rasgo fenotípico). Pero sea cual sea el sistema educativo del que nos dotemos, en nuestra deriva social, tendrá que incidir en aquellos aspectos contraintuitivos que forjen un pensamiento acorde con la sociedad tecnológica e impersonal en la que vivimos. Nuestro futuro depende de ello. Nuestra libertad depende de ello.

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