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El vuelo de la mariposa

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Algo semejante a ese conocido fenómeno físico-poético del vuelo de la mariposa ha sido el estropicio originado en el frágil organigrama cultural del gobierno del PP por la marcha de la directora del ABC Cultural, María Luisa Blanco, para hacerse cargo de la “Bobelia” de El País. Prensa Española ha encontrado un buen sustituto, Fernando Rodríguez Lafuente, que fue director general del Libro en el primer gobierno de Aznar y luego ha sido director del Instituto Cervantes durante dos años. Según opinión general, Rodríguez Lafuente era un buen director del benemérito, este también, Instituto. Es una de esas escasas personas de las que casi nadie habla mal, con una preparación idónea, bien dotado para las relaciones humanas, conocedor del inframundo burocrático, acoplado a él y, sin embargo, lleno de proyectos para la institución que dirigía, el mayor altavoz de la cultura española en el mundo.

Fernando Rodríguez Lafuente ha presentado su salida del Instituto Cervantes como una decisión motivada por el estímulo personal que para él supone la oferta de Prensa Española. Sin dudar de que eso sea cierto y sin quitarle importancia a la tarea que se le encomienda, es inevitable preguntarse por qué abandona un cargo objetivamente de mucho más calado, para quien lo desempeña y, es de suponer, para el Gobierno que había confiado en él. Máxime cuando, como quien dice hasta ayer mismo, Rodríguez Lafuente estaba ilusionado con sus múltiples planes. Su espantada ha tenido que saber a cuerno quemado, pero ya se guardarán muy mucho de exteriorizarlo.

Una hipótesis para explicar su marcha sería que ha terminado por ser expulsado por la presión de Cortés, Secretario de Estado para la Cooperación e Hispanoamérica, que antes lo fue de Cultura. Ya se dijo en su momento que Lafuente se había ido al Cervantes aprovechando la ocasión para huir de Cortés. Acaso pudo albergar alguna esperanza de ocupar la secretaría de Estado de Cultura con el gobierno de la mayoría. Debió luego resignarse a rendir cuentas ante Cortés como co-patrono del Cervantes. Es seguro que encajó muy mal, como casi todo el mundo con sentido común, el solapamiento con el Instituto de esa fantasmagórica Sociedad Española de Acción Cultural en el Exterior. Por poca, cosa difícil de imaginar, que haya sido la actividad de Cortés en el desempeño de sus funciones en el Cervantes y aledaños, habrá sido suficiente como para colocar a Rodríguez Lafuente con la toalla en la mano, dispuesto a aprovechar la primera ocasión que se presentara.

Para que se vea que nadie es imprescindible y que aquí no pasa nada, se corre el banquillo, se va Lafuente y llega un Juaristi inédito en su año al frente de la Biblioteca Nacional, donde parece que no ha hecho otra cosa más que dar entrevistas, inaugurar lo que tocaba, hablar mal de los nacionalistas vascos y bien del gobierno que le nombró. Al parecer, la noticia le ha cogido de viaje en Nueva York, de donde regresa el jueves. No parece que la Biblioteca sea un cargo estressante, aunque quizá lo sea un poco más que el Colegio de España en París, donde dormitaba, y encontraba tiempo para escribir desde hace cinco años, Luis Racionero, el nuevo director, del que siempre se destaca lo sólido de su formación y lo heterogéneo de su producción, por encima de sus virtudes como escritor, que también las tiene.

¿Es Juaristi el mejor director posible para el Cervantes? El vasco tiene buena prensa, pero su capacidad para gestionar e impulsar el Instituto es una incógnita. Cabe que lo que de él se espera no sea impulso, sino, simplemente, que haga de refrigerador, que conserve lo que hay con buena apariencia, sin que nada se pudra, que se acople.

Así pues, fuese Rodríguez Lafuente, no hubo nada y maldito sea el que piense que el olor a podrido viene de la casa de las Siete Chimeneas o del palacio de Santa Cruz. Como diría un portavoz, aquí en Moncloa no hemos sentido nada.

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