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Ernst H. Gombrich

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Este lunes falleció en Londres a la edad de 92 años el historiador del arte Ernst H. Gombrich. Nacido en Viena, se trasladó a Inglaterra a los 27 años para incorporarse al Warburg Institute, del que fue nombrado director en 1959, puesto que desempeñó hasta su retiro en 1976. Su obra más conocida es una Historia del Artestory en el original– que debe ser la obra más vendida en su género. También es la mejor. En España la tradujo Rafael Santos Torroella para la editorial Garriga hace 40 años, luego la reeditó Alianza y ahora Debate, que ha vuelto a poner en el mercado toda su obra, traducida al español, pero dispersa y no siempre fácil de encontrar.

Su introducción a la historia del arte fue un trabajo de encargo realizado deprisa y con medios reducidos, aunque posteriormente apenas la tuvo que modificar, salvo el añadido de unas notas finales donde precisaba con exactitud su posición ante asuntos teóricos que fueron surgiendo. Es una obra muy accesible, en la que desde la primera línea, sin embargo, nos encontramos con puntos de vista polémicos y complejos, sólidos, meditados y con frecuencia a contracorriente de las modas, que en los dominios artísticos son como huracanes.

Gombrich era un humanista nacido en una familia culta y sensible, como sólo podían serlo algunas familias judías de la Viena de comienzos de siglo. Por su edad, llegó a conocer a los padres fundadores de la historia del arte como disciplina académica –que tuvo en Viena sus más brillantes cimientos–, sin perder su interés por las más variadas disciplinas, entre las que le interesó especialmente la psicología de la percepción. Fruto de este interés y de un trabajo concienzudo sobre las obras, en especial del renacimiento italiano, son algunos de sus libros más brillantes: Arte e Ilusión, El sentido del orden y El legado de Apeles.

Pero acaso una dimensión poco recordada de él por los especialistas, y la más instructiva, es la de polemista. Escribió muchos artículos breves en revistas especializadas en los que con agudeza, humor sutil y energía arremetía contra los muchos disparates que en su opinión encontraban en su especialidad un fértil campo de cultivo. En Meditaciones sobre un caballo de juguete, que en los 60 tradujo Gabriel Ferrater para Seix Barral y ahora ha vuelto a aparecer también Debate, reunió una selección de ellos, en los que no deja títere con cabeza: de los delirios de Malraux al infundado concepto de expresividad.

Otra de sus bestias negras, que hizo desconfiar de él a muchos colegas que padecían la patología hasta el envenenamiento, fue el historicismo. No en vano uno de sus amigos de juventud y maestro en las grandes líneas de su pensamiento fue Karl Popper, en cuyo traslado desde Nueva Zelanda a Londres, tuvo que ver junto con otro vienés un poco mayor que él y por entonces residente en Londres, Friedrich Hayek. Con estos amigos, sus puntos de vista no podían más que ser muy claros e incomprendidos.

Aprovechó bien su larga vida. Escribió mucho, bien, claro, cualidades insólitas en su especialidad, y para todos los públicos. Descanse en paz. Su obra le sobrevive y hará que lo tengamos siempre presente.

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