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La campaña contra la boda del Príncipe

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El diario “ABC” tiene todo el derecho del mundo, en ejercicio de su libertad y en la interpretación que considere oportuna de su fidelidad monárquica, a proclamar que el Príncipe de Asturias no es libre de seguir los dictados de su corazón a la hora de casarse sino que debe atenerse al cumplimiento del deber y, por tanto, atender las indicaciones de su padre el Rey. Se entiende que un periódico cuya referencia esencial ha sido desde su fundación, hace casi un siglo, la Monarquía al servicio de España, no llegaría al extremo de editorializar contra el matrimonio por amor del futuro Rey de España sin la vehemente complacencia del Rey actual, aunque sólo sea porque la teoría que defiende es muy poco respetuosa con los derechos que la Constitución España defiende para todos los ciudadanos, incluído Felipe de Borbón.

Pero un editorial de “ABC” no es exactamente lo mismo que un artículo de Carlos Seco Serrano, aunque exhiba su mismo estilo, entre untuoso y pedregoso. Y supone algo totalmente distinto de las secreciones impresas de un golfo irrestricto como Vilallonga o un sacamantecas intelectual como Javier Tussell. Ya no estamos ante una expresión oficiosa pero bajo firma individual de la contrariedad del Rey ante la boda del Príncipe, sino ante una declaración de guerra entre padre e hijo, hecha oficial y pública en el diario monárquico por excelencia. ¿Han pensado los monárquicos en el problema institucional que están creando si el Príncipe, que tiene 33 años, dice que, pese a todo, se casa?

¿Está decidido el Rey, como Jefe de la Casa Real, a privar a Don Felipe de sus derechos sucesorios? ¿Sería capaz el Parlamento de negarse a aceptar la elección de Eva Sannum como esposa del Heredero de la Corona? ¿Y con qué argumentos lo harían que no vulnerasen esos derechos constitucionales que también tiene el Príncipe de Asturias? ¿Es bueno que lo que debería ser un conflicto resuelto entre padre e hijo, o entre el hijo y sus padres, se convierta en una batalla de opinión pública que coloca al futuro Rey ante la disyuntiva de obedecer y no casarse con quien quiere o de situarse en una posición pública desairadísima para él, su esposa y la Institución que deben representar? ¿Qué harán los monárquicos sublevados contra la boda si finalmente se produce? ¿Se proclamarán republicanos? ¿Se declararán sólo y únicamente juancarlistas, es decir, caudillistas de la institución? ¿Defenderán la candidatura de Marichalar como regio consorte frente a la de la modelo noruega elegida por ese mismo Príncipe cuya inteligencia tanto se alaba? ¿O es que va ser listo, sabio y prudente para todo menos para casarse?

Por el bien de la institución y por el servicio que su condición nacional y constitucional hace a España, convendría una mayor prudencia por parte de cuantos están convirtiendo una boda en un sainete, camino de un esperpento. Los reyes necesitan legitimidad de origen y estar rodeados de un cierto afecto popular. Pero eso es lo que están minando, de forma quizás irreversible aunque supuestamente en defensa de la Monarquía, los que tan ardorosamente le niegan al Príncipe la libertad de casarse. Al día siguiente del compromiso, ¿qué dirían? ¿Qué no han escrito nada y que viva la Reina Eva? Convendría, respetando la libertad de cada cual, un poco menos de oficiosidad y un poco más de formalidad, porque esta campaña de opinión está llegando demasiado lejos. ¿No repiten incansablemente los monárquicos que las personas están por encima de las instituciones? Pues a ver si se nota. A algunas personas les están dando con la Institución en la cabeza y, de paso, en la Corona. Y mientras no se diga lo contrario, también son Institución.

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