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Un santón del siglo XX

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Eduardo Chillida ha sido uno de los grandes creadores españoles de la segunda mitad del siglo XX. Uno de los dos. El otro es Antoni Tàpies, con el que comparte varias circunstancias, aparte lo “no figurativo” de sus obras. Tienen casi la misma edad, son hijos de familias acomodadas, reciben una buena educación a la que renuncian para dedicarse al arte. Aunque tienden a exagerar estos detalles en sus biografías, sus sufrimientos en los comienzos del oficio fueron más espirituales que materiales. Ambos se casaron con mujeres entregadas con abnegación a consolidar la carrera de sus maridos y la empresa familiar. La promoción de sus carreras y la venta de sus obras estuvo en manos del último gran marchante europeo, Adrien Maeght, el mismo que cuidaba de los intereses de Miró, Chagall y Kandinsky, entre otros. A ambos les llegó el éxito en el momento en que el arte se convirtió en una especie de religión, un culto social que los elevó a la categoría de santones.

Un aspecto muy mitificado en sus biografías es el de su antifranquismo, pues ambos no sólo vivieron en la España del dictador sin molestias, sino que se beneficiaron de los impulsos promocionales con los que el régimen quería mostrar al mundo su aperturismo en materia estética. Desde finales de los cincuenta, ambos fueron titulares fijos en todas las selecciones que se hicieron para mostrar al mundo el nuevo arte español.

Todas estas circunstancias socioambientales no pretenden desmerecer ni un ápice la excelencia de Eduardo Chillida como artesano (o como artista, si se prefiere). Tenía la percepción de la escala, algo muy importante en un escultor moderno, y una rara habilidad técnica, parte de la cual consiste en percibir y realzar las cualidades estéticas de las materias primas que utilizaba: el hierro, la madera, el alabastro, el hormigón, el papel y la tinta de los grabados. Se hubiera molestado si le hubieran elogiado su “buen gusto”, pero lo cierto es que lo tenía en sumo grado. Todas sus obras son decorativas en el sentido más elegante de la palabra y las más logradas parece como si encarnaran un obscuro mensaje espacial y conceptual. A su manera, era un artista literario. Buscaba sus argumentos en autores que se mueven por los lindes de la filosofía y la poesía.

Entre los artistas que, de un modo u otro y en diversos momentos le influyeron, se pueden citar a Brancusi, Oteiza y Palazuelo. Es posible que Oteiza, en su megalomanía, siga convencido de que Chillida se apropió de sus invenciones y las adaptó para el consumo de masas. Éste a su vez ha tenido muchos imitadores, hasta se podría hablar de una especie de escuela de escultura vasca creada a su rebufo, aunque casi en su contra, pues la maestría sólo se ha transmitido en lo más superficial.

Han sido tantos que la mera enumeración de los galardones que recibió hace interminable su biografía. Sus trabajos de gran tamaño son los que le han hecho famoso, aunque en ocasiones en lugar de esculturas habría que llamarlas arquitecturas poéticas. No siempre tuvo en cuenta algunos detalles prácticos, como en la plaza de Vitoria, hecha en colaboración con un arquitecto que se convirtió en una trampa para peatones. Acaso la más famosa, “El peine del viento” de San Sebastián, fue celebrada ceremonialmente el pasado domingo por cumplirse 25 años de su colocación. En 1998, una pieza suspendida en un parque de Barcelona cayó sobre unos muchachos al soltarse dos de los cuatro cables de acero que la sujetaban. En Madrid se armó gran revuelo hace más de 20 años porque el ayuntamiento no quería colgar de un puente una gran pieza de hormigón, fabricada y proyectada en colaboración con el arquitecto Fernández Ordóñez, rebautizada “La Sirena varada”. Cuelga finalmente del puente de Eduardo Dato sobre la Castellana, aunque el sitio es de poco realce y el museo de escultura al aire libre del que forma parte sucumbe periódicamente al vandalismo.

Cuando a finales de 1998, un año nefasto, presentó en Madrid su proyecto para Tindaya en Fuerteventura unos ecologistas cubrieron con una tela su sirena madrileña y le pusieron un crespón negro para protestar. Las implicaciones económicas de una operación de esa magnitud nunca fueron bien explicadas y en torno al asunto se enfrentaron los partidos, a escala local y autonómica. Fue un asunto amargo para un hombre que de tan agasajado y atosigado había perdido realismo. Por la veneración que inspiraba, había sido solicitado innumerables veces para que se manifestara en favor de la paz y la tolerancia. No podía entender cómo podía despertar tanto rechazo una obra de Chillida por la que en cualquier otro sitio pagarían lo que no está escrito. El desenlace del asunto coincide con los primeros rumores sobre su enfermedad. En 2000, los Reyes estuvieron en la inauguración de su museo personal y familiar en Hernani. Al artista se le veía ausente. El pasado marzo estuvo al borde de la muerte. Falleció este lunes por la tarde. Fue una lumbrera del siglo XX. Descanse en paz.

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