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Javier Somalo

Crear problemas, la regla revolucionaria

Los comunistas han tenido éxito en momentos de crisis y, a falta de lucha de clases, crearon la lucha de sexos.

Crear problemas, la regla revolucionaria - Javier Somalo
La ministra de Igualdad, Irene Montero, interviene en el Congreso. | EFE

Poco más se puede decir sobre el asunto de la regla dolorosa que lo dicho en el indiscutible artículo de Cristina Losada.

Me atrevo a añadir madera en cuanto a la forma de actuar de esta izquierda en este y otros asuntos. Es bien sencillo: la izquierda, al menos esta que se ha adosado al poder, siempre pretende la revolución aunque no sea necesaria, o sobre todo entonces. Cuando Pablo Iglesias presumía fue muy sincero al respecto:

¿Cuándo los comunistas han tenido éxito? En los momentos de excepcionalidad, en momentos de crisis.

Esta es la premisa que explicaría todo desde aquel infausto 15-M. Si no hay crisis, si no hay excepcionalidad, hay que crearla, si se pretende algún éxito. Pero veamos cómo llega Iglesias a la aparentemente sencilla la máxima. Sucedió en marzo de 2013, durante unas jornadas tituladas "Organizando la Resistencia", no precisamente la de Rosa Díez en esRadio, que es la cada vez más necesaria. Se celebraron en la Biblioteca María Moliner de la Universidad de Zaragoza y la ponencia de Iglesias llevaba por título "Comunicación en tiempos de crisis". Su deducción, o algún proceso similar, fue el siguiente:

Yo lo tengo claro. Yo creo que al que hace política le tiene que interesar el poder. A los alemanes les interesaba poner un tren a Lenin para que desestabilizara a Rusia, a los iraníes les interesa que se difunda en América Latina y en España un discurso de izquierdas porque afecta a sus adversarios… ¿lo aprovechamos o no lo aprovechamos? Yo tengo la esperanza de que los poderes mediáticos latinoamericanos vinculados a gobiernos de izquierdas se tomen en serio intervenir en Europa.

Yo no he dejado de autoproclamarme comunista nunca. ¿Cuándo los comunistas han tenido éxito? Pues en momentos de excepcionalidad, en momentos de crisis y estamos en momentos de excepcionalidad. No tiene que ver con establecer alianzas con nadie sino con empujar las contradicciones que tienen los adversarios, un discurso que aprovecha de alguna manera esas grietas que aparecen en momentos de excepcionalidad como éste.

La palabra democracia mola, por lo tanto habrá que disputársela al enemigo. Cuando hagamos política la palabra dictadura no mola aunque sea dictadura del proletariado, no mola nada, no hay manera de vender eso. Se está disputando la democracia cuando dices ‘si está gobernando la troika europea aquí no hay democracia, aquí lo que hay es efectivamente una dictadura’.

Parar un desahucio es un acto de propaganda política… como poner una bomba. Es disputar el significado de las cosas. Es importante que en los desahucios de la PAH [Plataforma de Afectados por las Hipotecas] haya cámaras de televisión. Es decir, la PAH ha conseguido que a la mayor parte de la gente le parezca más importante el uso y disfrute de una vivienda que la propiedad de la misma…

Después llegó a vicepresidente del Gobierno de España. Con Pedro Sánchez, una pandemia y un gobierno formado por cada problema de España, la crisis y la excepcionalidad estaban garantizadas. Bien es cierto que ya con el sueldo vitalicio en la mano, se cansó. Demasiado trabajo y poca revolución. Ya ni la coleta hacía falta. Usaba, disfrutaba y tenía en propiedad una casa de un millón de euros con laguito y no parecía muy AH (afectado por su hipoteca). Desde luego, no hay que negarle que disputó el significado de las cosas, siempre a su favor. Y que nadie se sienta engañado porque lo anunció todo allá por 2013, cuando el PP de Mariano Rajoy tenía 186 escaños y un 44,63 por ciento de los votos, la mayoría absoluta más abultada de la derecha, la segunda más grande de la democracia tras la de los 202 escaños y 48,11 por ciento de Felipe González en 1982.

Irene Montero, la compañera o camarada de Iglesias, ha querido demostrar, sin embargo, que una nula experiencia laboral o huella intelectual no son impedimento para infligir severos castigos revolucionarios a los españoles desde un Ministerio.

A falta de lucha de clases, el comunismo —y el socialismo, arrastrado, también— creó la lucha de sexos y alumbró con ella dos leyes abiertamente inconstitucionales que acaban con el sagrado principio democrático de la igualdad: la de libertad sexual (conocida por ley del "solo sí es sí") y la llamada Ley trans. Vendrá la del aborto y amenaza con más, con generar problemas para aportar esa "solución" que rompa en dos la sociedad, que genere caos, crisis, excepcionalidad… germen.

Si la familia comunista de referencia vive en una finca con tinajas y lago, lo de las clases sociales, como diría Iglesias "no mola nada". Así que se decidió marcar una distancia máxima entre hombres y mujeres, un cordón sanitario. Una vez establecido, los hombres de izquierdas —o una cuidada selección— aparecen naturalmente fuera de ese cordón pese a todo lo que hubieran dicho o hecho hasta el momento. Azotes, mingas-domingas y miradas lujuriosas no son tenidos en cuenta, pues siempre habrá un modelo criminal de hombre o mujer en la otra orilla dispuesto a asumir una especie de culpa biológica.

Muchos medios de comunicación se han derretido ante esta nueva y verdadera revolución de la izquierda que ha tirado a la basura décadas de libertad, de concordia, de democracia merecida tras una Transición ejemplar. Pero claro, es que entonces tampoco hizo falta la revolución, menudo chasco. Ni magnicidio, ni toma de palacios, ni sangre aunque sí hubiera esas "bombas" de las que habla Iglesias como "actos de propaganda". A Franco lo han molestado solo cuatro décadas después de su muerte, llevándolo en volandas del Valle a Mingorrubio. Una hazaña. La democracia había llegado con mucho trabajo y riesgo previos y dejó a los revolucionarios con la piedra en la mano. Los que no quisieron perderse de ninguna manera la fiesta se fueron con la ETA y mataron más en democracia que en dictadura. Ahora aprueban leyes del PSOE.

Sola y borracha, género fluido, aborto adolescente y la regla reglada son colores que estampan la bandera de una izquierda que busca su revolución pendiente, innecesaria en realidad, pero revolución al fin y al cabo. ¿Para qué? Para volver a empezar, para crear otro problema, otro enemigo y la enésima revolución. Si no quedara nada a mano, se matarán entre ellos, no sería novedad. Pero después volverán como la piedra de Sísifo porque nadie (en la política) les dice la verdad a la cara, con claridad y sin sentimiento de culpa: el problema, en todo el mundo, son ellos.

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