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La Coalición, el Frente y el Rey

El PP subestima la soberbia suicida del PSOE y sigue impasible ante uno de los escollos más importantes de la posible negociación: el propio Rajoy.

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Todo el mundo conoce las tres salidas del laberinto que nos trajo el 20-D: la gran coalición entre PP, PSOE y Ciudadanos, no necesariamente en ese orden de factores; un gobierno de Frente Popular, que sigue siendo tan peligroso como posible cuando a Rajoy agote el plazo y, por último, la repetición electoral, si nadie consigue formar gobierno.

La crónica de Pablo Montesinos muestra a un presidente de Gobierno contemplando la primera opción –coalición pero liderada por él–, jamás la segunda –Frente Popular de izquierdas y secesionismo– y a altos cargos del PP reconociendo que todo apunta a que será la tercera, la repetición electoral. La consigna dictada el viernes, consistente en sembrar y amplificar la discordia en el seno socialista por los trapicheos en el Senado, pretende que la Operación Frente Popular se aborte desde dentro del PSOE, síntoma inequívoco de que ya dan casi por descartada la coalición diseñada por Rajoy. En resumen, tratan de provocar en el PSOE lo que no se atreven a hacer en su propio partido.

Dos son los problemas de esta táctica: subestiman la soberbia suicida del socialista y siguen impasibles ante uno de los escollos más importante de la posible negociación: el propio Rajoy. Si fuéramos hacia un gobierno de concentración –tan coyuntural como que es para salir del paso y frenar el secesionismo– no debería importar el orden de los factores ni el nombre de su presidente. En todo caso sería un Ejecutivo provisional, de muy corto recorrido, tras el cual quedarían nulas posibilidades de que Sánchez o Rajoy pintaran mucho en la escena política española. Sin embargo, sólo parece haber una certeza: ambos líderes anteponen sus intereses personales a los generales. ¿Hay alguien que pueda impedirlo?

Pese a las tímidas disensiones, el PP sigue apartando sus vigas a manotazos para mostrar las pajas socialistas, que son gigantescas. El PSOE dice una cosa y su contraria –costumbre arraigada–, se mantiene a salvo en el regazo de Podemos como el bebé parlamentario y pinta y borra líneas rojas según día o antojo. No, no parece que por ahí pase alguna solución, nadie se atreve a dar un paso extraordinario en sus partidos pese a lo excepcional de la situación. Pero este mal no es nuevo. Sembró la semilla Alfonso Guerra para Felipe González ya antes de 1982 creando una estructura granítica de partido, de culto indiscutible al líder, que quizá en aquel momento era necesaria. Pero, con los años, lo acentuó y el modelo lo copió José María Aznar: aquel que lidere el partido no tendrá quien le tosa, el poder es absoluto. Hoy, en ambas filas algunos lloran, siempre en privado, la leche derramada pero nadie osa tentar la suerte que pudiera acelerar o mejorar la situación. Aznar y Aguirre, González y Susana Díaz y sus respectivos "entornos" siguen amagando: aparecen, dan síntomas, critican, gesticulan, levantan polvaredas y, entonces, desaparecen. Con todo, la línea crítica –con gran dosis de cinismo– parece más viva ahora mismo en el PSOE de algunos barones capitaneados por la andaluza. A finales de enero, el Comité Federal podría aportar algún dato, no me atreveré a llamarlo sorpresa, pero en el PP ya ha quedado claro que si se hace un congreso será "cuando se despeje la situación política", nunca para que se despeje.

En Ciudadanos parecen haber cambiado algunas cosas desde las elecciones. Sin charanga, pegatinas, performances ni lágrimas de cocodrilo, los de Albert Rivera han comprobado que cuarenta diputados no serán muchos pero pueden hacer más ruido que nadie en este momento. Se sientan en Madrid por lo cosechado en Cataluña, la razón de su existencia, y resulta que el verdadero problema de España tras los resultados del 20-D es, precisamente, el secesionismo en Cataluña. Ni Rivera ni Arrimadas rindieron pleitesía, menos aún aplaudieron o rieron, al nuevo presidente de la Generalidad que se estrenó con ilegalidad manifiesta en una de las investiduras más esperpénticas de la historia política española. A estas horas, quizá el partido que más está luchando y negociando por un Gobierno de coalición sin hacer lecturas internas es Ciudadanos. Lo está haciendo porque sólo desde un Ejecutivo estable se puede frenar el desafío catalán y porque ahora Ciudadanos puede formar parte de él.

Y para cerrar el catálogo de eventuales frenos y contrapesos hay que referirse de nuevo a la Corona donde también se vislumbra un cambio: es evidente que la gente no se entendió hablando como quiso el padre. Sobre todo, cuando la conversación consistía en escuchar amenazas y callar. Algo es algo. La nueva Generalidad hizo la enésima ostentación de desobediencia en su estreno y Rajoy volvió a decir que no consentiría lo que sucedía mientras hablaba. Pero era al rey al que le tocaba rubricar una investidura que anuncia el advenimiento de la República catalana. Anticonstitucional y ajena a España.

Días después, los republicanos de ERC no quieren reunirse con el Rey en la ronda de contactos para formar gobierno nacional. Se quejan de un cambio protocolario intolerable a su entender: que el rey no recibió a Carmen Forcadell para formalizar la investidura de Puigdemont. Pero el rey cumplió el trámite legal solicitando a la presidenta de la Cámara autonómica que la comunicación se hiciera por correo. Sin embargo, los habituales de la ilegalidad se sienten agraviados, víctimas de un osado incumplimiento. Cuando al peor estudiante le invitas a corregir el examen de un compañero resulta ser más exigente que el más estricto de los profesores. Si los que quieren romper se enfadan, algo se ha hecho bien aunque sea en el limitadísimo y no siempre fértil campo de los gestos. Qué no podría hacerse desde el Gobierno si hubiera decisión política.

El rey modera pero no gobierna, es su obligación constitucional. El Gobierno no hace siquiera lo primero aunque su obligación sea lo segundo y el PSOE, sobre todo Sánchez, busca desesperadamente sólo lo segundo. Dicho de otra forma, el PP sigue ciego, sordo y casi mudo; El PSOE podría morir matando, Rivera da la talla con menos escaños de los que esperaba y el rey, de momento, parece dispuesto a ceñirse bien la corona. Me temo que lo positivo no es suficiente. Mejor, volvamos a votar.

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