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Una humilde morada

Nada es igual en La Navata, donde el confortable silencio convierte lo más sencillo en inigualable.

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Flickr/Podemos/Dani Gago

Su casa es como su España: una humilde morada. Quizá sólo morada. Como cualquier pareja con un "proyecto familiar", Pablo e Irene buscaron refugio allí donde hubiera un colegio público que compartiera sus ideales de igualdad, los valores que tanta lucha han requerido y que desean inculcar a su prole. Estaba a punto de atardecer pero el sol aún era capaz de calentar el aire perfumado de romero, tomillo y jara…

–Don Pablo…

–No me llames don Pablo, sabes que ese tratamiento no concuerda ni con mi posición ni con mi manera de ver el mundo. Esas herencias del capitalismo moderno heteropatriarcal han contaminado las relaciones humanas hasta el punto de convertirlas en normales. De verdad, no me llames don Pablo.

–Y… ¿cómo me dirijo a usted entonces?

–"Señor", es más breve… Ah, y no me mires cuando te dirijas a mí. Me distrae tu aspecto y necesito concentración… Mañana hablo sobre las políticas sociales en zonas de exclusión, que hay muchas, ¿sabes? Bueno, ¿qué querías?

–Perdón… Señor…–dijo el guardés apartando de súbito la vista y fijándola en el suelo– que si le puedo dar unos huesos que han sobrado a los perros.

–¿Perros? ¿Perros, dices? Estás hablando de seres vivos y tienen nombre. Además hay dos machos y una hembra, ¿por qué dices, así tan despectivamente, "perros"? Claro, como están en libertad y no apretujados y pisando parquet y moqueta piensas que son unas bestias…

–Perdón, perdón, don Pablo…. ¡Uy perdón!, señor…

–Ya, ya… anda, vete. Y Beria, Marx y Ulli –así se llamaban los canes– no comen huesos, que se atragantan. Busca otra cosa, no seas clasista. Tienen el mismo derecho que tú a disfrutar de La comida. Y tú no comes mal.

–Sí señor, descuide, los trataré como si fueran… ¡como si fueran de la familia!

–Espera, espera… –el señor bajó la voz suavizándola como si apenas fuera un susurro– como vuelvas a decir eso, el que va a comer huesos vas a ser tú. ¡Ay, pero cuánto daño ha hecho el fascismo en este país! ¡Familia! Te ha faltado decir ¡Dios, patria y Rey! ¿No te das cuenta de que eres víctima de ti mismo? ¿No te das cuenta de que debes liberarte? ¡Sé tú mismo, empodérate de una vez!... ¡Familia, dice!

Cuando el señor hablaba de doctrina adoptaba una entonación característica, agrupando las palabras de tres en tres como en un canturreo teatral aficionado. Resultaba algo cursi pero muy pegadizo; la señora también lo hacía a veces. Eso y fruncir el ceño.

–En fin, ya has conseguido desconcentrarme del todo –zanjó el señor, como despertando a la realidad tras la perorata. Anda, prende la barbacoa, que por la noche viene el señor Garzón con los sobrinos y nos van a enseñar los vídeos de la luna de miel. ¡Mira, a lo mejor te han traído algo de artesanía sostenible de allí!... Porque no sé si sabes que el arte sólo es arte si el artesano decide libremente enajenarse de su obra… no como aquí… ¡Mira la cabeza de corzo del salón! Seguro que la cazó un banquero podrido de dinero y la disecó un pobre infeliz por cuatro perras. Por cierto, a ver si la limpias un poco. Ah, y acuérdate de tensar la pantalla del cenador de abajo, el del parterre de la laguna, que al señor Garzón le gusta ver ahí sus vídeos. Hoy va a hacer una noche estupenda…

El sol se ponía ofreciendo esa luz única con la que la primavera sabe pintar el campo serrano. Brillan los tejados castellanos, bailan en la suave brisa los brezos; más arriba, les acompaña algún ciprés, a su ritmo; susurran los chopos cerca del pozo como si hicieran ruido al beber. Nada es igual en La Navata, donde el confortable silencio convierte lo más sencillo en inigualable.

Al guardés sólo le entendía su inocente grajilla a la que cuida en secreto desde que quedó atrapada en la noble chimenea de la sala de caza, donde a veces se reúne el señor con unos tipos que fuman habanos sin parar, comen anchoas, hablan de series, de mayordomos y terminan levantando el puño.

Pobre grajilla, siendo tan negra salió hasta sucia de aquella chimenea de piedra. "Milana, bonita", le decía a menudo, tan cerca del pico como si la fuera a besar, mientras repensaba, confundido, las palabras del señor. En aquella humilde morada…

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