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Javier Somalo

Vacunas, votos y la cepa Simón

Urge salvar vidas. Todo lo demás está en el terreno de la desvergüenza y el delito.

Javier Somalo
Urge salvar vidas. Todo lo demás está en el terreno de la desvergüenza y el delito.
EFE

Votar en Cataluña legalmente, con garantías democráticas y sin miedo o presiones no es costumbre. Dicen los magistrados del TSJC que, si no hay una “evolución negativa de la epidemia”, se puede continuar con el “proceso electoral con toda normalidad”. O con la normalidad que caracteriza votar en una región tomada por el golpismo que persigue con asombrosa eficiencia al disidente y con una epidemia descontrolada. Eso sí, aquí no se cierran cuentas en redes sociales.

Al frente del Gobierno regional en funciones hay un sustituto, Pere Aragonés. El original, Quim Torra, fue inhabilitado judicialmente. Llegó de rebote a la presidencia porque el anterior, Carles Puigdemont —que también fue un rebote de Artur Mas, sucesor del Padrino Pujol—, se encontraba huido de la Justicia tras el golpe de octubre de 2017. Da lo mismo: la institución golpista sigue al frente aunque algunos ejecutores estén en prisión, huidos y pendientes de posibles indultos. Pero, ¡ay si esto fuera todo!

Por el partido oficial del Gobierno de España, el PSOE con su marca PSC, se presenta como candidato un ministro que todavía no dimite por si no estuviera del todo clara la fecha electoral. Es el ministro de Sanidad de España, el filósofo Salvador Illa, con España ahogada en los contagios por coronavirus, al borde de la ruina y sumida en el más absoluto caos organizativo. Dicen que le sustituirá Carolina Darias, actual ministra de Política Territorial, y que a ella le recogerá la cartera vacante el que indiscutiblemente iba a ser el candidato del PSOE/PSC en las elecciones catalanas, Miquel Iceta.

Se hartó de repetir el ministro que el candidato sería Iceta y nadie más. Pero claro, la ejemplaridad de Illa se entendió en el partido como un activo irresistible: 30.000 muertos ocultos, compra de material defectuoso en bazares, chanchullos diarios, opacidad informativa estilo chino-soviético, “socialización del dolor” contra Madrid y, además, pero sin constituir eximente, inepcia circular en la gestión. Lo llaman el “efecto Illa”. Innegable. Como dice Rosa Díez, es de psiquiátrico, amén de delictivo.

Si los votantes de Cataluña han hablado con Tezanos y le dan la razón, el frenopático tendrá lista de espera pero el problema verdadero está delante de nuestras narices y aquí no pasa nada: Illa y el Gobierno de Pedro Sánchez, están usando una tragedia —por acción y omisión— para lidiar en una campaña electoral. Antes regalaban gorras y pines o invitaban a bocata y refresco para llenar aforos. Ahora se llevan más las vacunas. Todo sea por la normalidad para ir a votar en un soleado día de los enamorados. Lo que pasa es que hay gente que se muere.

Es lo que hay cuando las mentiras no pasan factura en una sociedad colmada por la información, atiborrada de datos y redes. Colapsada en el conocimiento inútil, dirigido, controlado. Son mentiras demostradas, por escrito o en vídeo, en boca de sus autores, por tierra, mar y aire, que no hacen mella porque muchos medios y no menos emporios siguen al pie de la letra las instrucciones político-sanitarias de taparse la boca, mantener mucha “distancia social” y lavarse continuamente las manos.

Parecía difícil superar el crimen golpista en Cataluña y llegó a España un Gobierno de coalición con la extrema izquierda que necesitó añadir al cartel nacionalista, incluida su delegación vasca itinerante con tal de no mancharse las manos con las derechas de entonces. Resultado: Los pactos de Perpiñán y Estella, con el añadido comunista, son hoy la columna vertebral de una España que se contagia y no sabe ni quiere vacunar porque ni siquiera sabe ni le importa qué mascarilla es la que más protege al que la lleva y al que la ve.

 

Marginal y dominante

 

De todas las cepas conocidas o por venir, la más letal es la que contagia mentiras, que ha matado mucho a lo largo de la Historia. ¿Cuántos contagios, si no vidas, han dependido de las maniobras del doctor Fernando Simón, al dictado del Gobierno? El humor español, casi siempre ingenioso, ya ha agotado su repertorio —o debería pensárselo— para soportar la desgracia que nos supone Simón. Lo innecesario es capital, lo leve es grave, la recta es curva y la sima, cumbre. La cepa británica era la Navidad desbocada —“sabíamos que iba a pasar”— pero ahora lo “marginal” que sería la cepa británica es “dominante” y si te he visto no me acuerdo.

La única salida está en la correcta, rápida y masiva vacunación. Sólo así podemos soportar confinamientos selectivos y restricciones razonadas, con la esperanza de que serán útiles para no estorbar a la necesaria inmunidad. Para esa campaña de vacunación deben estar disponibles todos los espacios y todas las personas que saben hacerlo, que son muchas. En instituciones públicas y privadas, con médicos, personal sanitario civil y militar, en residencias geriátricas, colegios, universidades, ayuntamientos, polideportivos o carpas. En todas partes y con todas las manos posibles. Pero con vacunas suficientes para las dosis necesarias y sin Fernando Simón ni Salvador Illa, de momento.

Se vote o no en la Cataluña antidemocrática de octubre y sea el gobierno “marginal” o “dominante”, urge salvar vidas. Todo lo demás está en el terreno de la desvergüenza y el delito. No podemos soportar más golpes.

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