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Y Rajoy mató a Aznar

Rajoy fue un joven gallego que pegó carteles y se hizo a sí mismo hasta La Moncloa. El cuadro de la Creación, quebrado al fin en la punta de los dedos

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Mariano Rajoy durante su discurso | Tarek/PP

Se dijo que el discurso de despedida de Rajoy contendría claves para contentar la tan española impaciencia por conocer lo que sucederá este sábado. ¿Apoyaría el ex presidente veladamente a algún candidato? ¿Lanzaría algún dardo encriptado?

Rajoy se fue porque era lo mejor para él, según confesó, y se ha despedido de sí mismo, revisitando su figura, ensalzando al joven que llevó la luz a las aldeas gallegas y que, según parece, inventó el teléfono móvil. Cuarenta años de Rajoy relatados por Rajoy en un bucle –muy melancólico– que ha coleccionando sonoras ovaciones apócrifas y supongo que algún aplauso sincero.

Pero lo que realmente figuraba en el discurso de Rajoy era el destierro definitivo de Aznar, su peor enemigo. Hasta don Manuel Fraga ha tenido un hueco, con nombre y apellidos, en los créditos del adiós. Don Manuel, aquel que eligió al que, después de crear un partido de centro derecha, eligió a Rajoy. No cabe gratitud en la política. El líder se ha despedido matando a Aznar al menos en su cabeza. Podría pensarse que tan desagradecida actitud supone un varapalo para Pablo Casado, acusado de aznarista como mayor falta, pero creo que el trasfondo responde más bien al mecanismo psicológico de matar al padre –sin reconocimientos– y que Rajoy tenía pendiente.

"Desde el 2009 somos la primera fuerza política de España", dijo el registrador, nublado por el odio que le impedía ver que la razón de que se estuviera dirigiendo a su entregada audiencia no es otra que la aplastante mayoría absoluta de 2000 a la que se llegó tras el desalojo de Felipe González en 1996. Para ser registrador de la propiedad no anda muy suelto en escrituras.

Pero el olvido no sería suficiente y Rajoy asestó el golpe final con una idea que levantó de sus asientos a los que siempre se levantan de sus asientos porque tienen un resorte adulador a modo de muelle que salta igual con Aznar que con su liquidador. El presidente saliente se arrancó con suspense para cerrar su discurso: "Espero que se interprete bien lo que voy a decir: me aparto pero no me voy". Y aprovechando que el tsunami cogía impulso para anegar el auditorio, añadió con enfado y cierta agresividad: "¡Y desde luego seré leal!". La ovación fue general y los muelles saltaron como en la ola que los estadios de fútbol dedican a los partidos aburridos o intrascendentes. Quizá si el alborozo hubiera sido menor habría añadido… "no como otros". Pero no hizo falta. La cuenta estaba saldada y el sucesor por fin había borrado el origen de su liderazgo, había eliminado el molesto paréntesis: Rajoy fue un joven gallego que pegó carteles en 1978 y se hizo a sí mismo hasta llegar a La Moncloa. El cuadro de la Creación, quebrado al fin en la punta de los dedos.

En el relato de logros, además de la llegada de la electricidad a las aldeas gallegas, el pecho de Rajoy se desbordó por el escenario. Llegó a presumir de que sólo él veía con claridad que había que aplicar el artículo 155 en Cataluña para hacer frente a "la declaración de independencia de una comunidad autónoma" –Rajoy dixit– que tanto se negó a admitir y por la que Soraya preguntó a Puigdemont soplándole la respuesta al oído para que se librara de la Ley. Su retrato de la Cataluña rescatada heroicamente terminó con una frase tan cierta como cínica según quien la pronuncie: "Lo que corre peligro en Cataluña no es la soberanía, es la libertad". Quizá por esa razón en el vídeo hagiográfico que se proyectó antes de su intervención se vieron las banderas de España que inundaron Barcelona, como si las hubiera alentado él y no el Rey.

No acabaría ahí el inmenso cinismo. Después de arrogarse la derrota de ETA –en rigor, inédita–sin mencionar tampoco en esto a Aznar, elogió a los populares de "los años de plomo en el País Vasco", momento en el que las cámaras del auditorio buscaron a Mari Mar Blanco y no consiguieron dar con María San Gil ni con José Antonio Ortega Lara o el propio Santiago Abascal. Cierto es que hubo otras pullas más cobardes y que muchos peperos entienden bien: "Jamás he pagado –nótese la primera persona del singular– precio político como premio a los asesinos. Jamás he procedido a acercamiento de presos". El mensaje lo captaron bien aquellos que sostienen que Aznar sí lo hizo en 1998.

Por último, antes de soltar la guillotina sobre su mentor, Rajoy volvió al día de la moción de censura que acabó entre Irlanda y Escocia. No le han echado los españoles, y eso es verdad, sino "una confabulación de perdedores e independentistas sin más afán que acabar con el gobierno del PP", que también es verdad. Pero, ¿qué paso? Rajoy responde: "Se han colado por la puerta de atrás". Vaya, y ¿quién se negó a cerrarla? ¿Quién la vigilaba? Eso ya no figuraba en el guion del joven gallego que un día pegó carteles. Por si quedaba alguna duda, añadió: "No nos han quitado del gobierno ni los españoles ni los compañeros de partido". Excusatio non petita. Quizá fue en este momento cuando más miradas buscaron encontrarse.

Antes de que pudieran hacerlo, el saliente se permitió unos consejos para los futuros dirigentes del PP: "Buscar el aplauso a toda costa es incompatible con el bien común", que era como confesar que su discurso también lo fue pues el vendaval que levantó el palmeo hizo innecesario el aire acondicionado en el auditorio. Un último mandato a los aspirantes a los que jamás se dirigió directamente: "No somos doctrinarios". Claro, serán tecnócratas sin su eficiencia.

Ni Soraya ni Casado, Rajoy sólo quería borrar a Aznar. Matar al padre.

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