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Braveheart en las Ramblas

Ni histórica ni jurídicamente tienen el caso escocés y el catalán el menor parecido.

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Hace unos días concluyeron los vigésimos Juegos de la Commonwealth. El hecho de que se hayan celebrado en Glasgow ha sido uno de los motivos por los que el dirigente separatista Alex Salmond ha insistido en que el referéndum de secesión se celebre poco después, el 18 de septiembre, para así aprovechar la exaltación patriótica habitual en los acontecimientos deportivos. Aparte de la clara victoria inglesa en el medallero, es necesario destacar que el desarrollo de las competiciones se ha caracterizado por la elegancia apolítica del público y que en la ceremonia inaugural el equipo de Inglaterra fue recibido calurosamente y la reina Isabel II tratada con todo respeto. ¡Cuánto les queda por aprender a algunos países sin civilizar!

Además de los Juegos, en este año también se ha celebrado el séptimo centenario de la batalla de Bannockburn, en la que los escoceses de Robert the Bruce preservaron su independencia venciendo al ejército del afeminado rey inglés Eduardo II, como saben todos los que vieron las aventuras de William Wallace que Mel Gibson llevó a la gran pantalla hace algunos años.

Así como hace años los ejemplos empleados por los separatistas catalanes para construir su argumentación fueron los de Quebec, Lituania o Kosovo, en los últimos tiempos se centran en reclamar para Cataluña un proceso similar al escocés, como si ambos casos fuesen equivalentes.

Escocia, además de no formar parte de una Britannia romana de la que quedó separada por el muro de Adriano, fue un reino independiente hasta 1707; independiente y hostil a Inglaterra, reino que intentó conquistarla militarmente en varias ocasiones. En 1603 Jacobo VI de Escocia heredó el trono inglés, con lo que las dos coronas se posaron en la misma cabeza. Pero los dos estados no se fundieron en uno hasta que en 1706 los dos parlamentos acordaron, mediante el Treaty of Union, crear el Reino Unido de la Gran Bretaña. El año siguiente ambos parlamentos ratificaron el tratado en sendas Acts of Union.

Cataluña, por el contrario, formó parte de la Hispania romana (con capital precisamente en Tarragona) y de la visigoda (con capital precisamente en Barcelona antes del traslado a Toledo). Nunca existió un reino de Cataluña, nunca ningún hostil reino de España intentó conquistarla militarmente y nunca ningún parlamento de un reino catalán ni ningún parlamento de un reino español acordaron ningún tratado para unirse de mutuo acuerdo. Al contrario, los catalanes participaron, como los demás cristianos, en la reconquista y en la unificación de España mediante el matrimonio de los reyes de Castilla y Aragón. Nunca existió un reino catalán que tomase la decisión de unirse al español y que ahora pudiese revocarla. Y, por mucho que mientan los separatistas, Cataluña no fue conquistada por España en 1714, sino que en dicho año fueron vencidos, en su último reducto de Barcelona, los últimos partidarios del archiduque Carlos al trono de España.

Por lo tanto, ni histórica ni jurídicamente tienen el caso escocés y el catalán el menor parecido. La legislación británica no puede ni tiene por qué trasladarse a un caso totalmente distinto. Lo que establezca la Constitución no escrita británica y lo que hayan acordado el parlamento y el gobierno británicos a la vista de las Acts of Union aprobadas en su día es materia del parlamento y del gobierno británicos y será desarrollado según la legislación británica, pero en modo alguno tiene por qué ser exportable a ningún otro lugar del mundo. Desde luego no a España, el artículo 1.2 de cuya Constitución establece que la soberanía nacional reside en el pueblo español, sin posible fragmentación territorial alguna.

Además, la querencia de los separatistas catalanes por el modelo escocés es arbitraria. Ya que tanto les gusta fabular con la Edad Media, ¿por qué no alegan como modelo el de los siete reinos en que durante varios siglos estuvo dividida Inglaterra? ¿Quizá porque si a los habitantes de los actuales territorios de Northumbria, Mercia, East Anglia, Essex, Kent, Sussex y Wessex se les ocurriese proclamarse soberanos sesenta millones de británicos se morirían de risa? ¿Por qué no cruzar el canal y escoger como modelo el francés? ¿Son imaginables las carcajadas en la République Une et Indivisible si a los regidores de los departamentos de Alto Rhin, Córcega del Sur o Pirineos Orientales se les ocurriese semejante idea? ¿O por qué no apelar al ejemplo de un estado federal, ese modelo tan valorado últimamente por algunos, y apuntarse al mismo derecho de secesión del que gozan los estados de Baden-Württemberg, Baviera o Schleswig-Holstein? O, mejor aún, al de Virginia, Georgia y Tennessee. Seguro que Artur Mas podrá contar con el apoyo de los descendientes de Lincoln.

El ejemplo escocés también sirve para otras reivindicaciones, no por ajenas a lo jurídico, de menor peso propagandístico. Pues el hecho de que Escocia, Irlanda del Norte, Gales e Inglaterra jueguen los campeonatos internacionales de fútbol en selecciones separadas es utilizado por nuestros separatistas como argumento para reclamar las suyas con el deseo no de fomentar el deporte sino de ponerlas a su servicio como embajadas volantes y pruebas ante el mundo de la existencia de sus pretendidas naciones. Pero el motivo por el que existen esas cuatro selecciones no es nada relacionado con el derecho de autodeterminación, sino con el hecho de que el fútbol fue inventado por británicos. La asociación futbolística inglesa se fundó en 1863, la escocesa en 1873, la galesa en 1876 y la irlandesa en 1880. El primer encuentro entre los equipos escocés e inglés se celebró en 1872. Cuando se creó la FIFA, en 1904, los cuatro equipos llevaban jugando entre ellos más de tres décadas, y dada tan consolidada tradición se les concedió el privilegio extraordinario de seguir existiendo, lo que no sucede en ningún otro país del mundo. Además, en el Reino Unido no sólo están separadas las selecciones, también las ligas que las justifican. De modo que, para emular correctamente el ansiado modelo británico, una selección futbolística catalana debe ir acompañada necesariamente de la correspondiente liga catalana. Nada de seguir jugando contra el Real Madrid en una liga española. Además, en el Reino Unido no se enfrentan futbolísticamente las partes con el todo. Es decir, no hay partidos entre Escocia y el Reino Unido por la razón de que no existe selección del Reino Unido. Pero en España sí existe selección nacional española, por lo que, para que pudiese enfrentarse Cataluña contra alguien, habría que empezar disolviendo la federación, la liga y la selección española de fútbol y constituyendo las federaciones, ligas y selecciones de las actuales comunidades autónomas que estén por la labor, lo que no parece probable.

Finalmente, la elección de los equipos futbolísticos es, una vez más, interesada. ¿Por qué no escogen como modelo al equipo olímpico británico, único para ingleses, escoceses, galeses y norirlandeses? Y por lo que se refiere a las representación política exterior, para hablar de cosas serias, ¿nunca han caído nuestros separatistas en la cuenta de que no hay embajadas de Inglaterra, Escocia y Gales, sino sólo del Reino Unido de la Gran Bretaña?

Pero nuestros separatistas, inasequibles al razonamiento, seguirán agitando el odio de los catalanes convenciéndoles de que la España del siglo XXI pisotea sus derechos del mismo modo que Edward Longshanks pisoteó los del infortunado William Wallace.  


Jesús Laínz, autor de España contra Cataluña (Encuentro).

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