Menú
Jesús Laínz

Intoxicación separatista en el extranjero

La izquierda ha hecho suyos los argumentos separatistas y la derecha ha recorrido el camino trazado por los separatismos y la izquierda.

Jesús Laínz
0
Políticos separatistas catalanes manifestándose en Bruselas | EFE

Mucho se ha hablado y escrito sobre el inesperado apoyo prestado a los golpistas por no pocos medios de comunicación, tribunales y políticos extranjeros. La explicación es tan sencilla que casi da pereza mencionarla: se trata del lógico resultado de la inteligente y continua acción propagandística de los separatistas en combinación con la incalificable parálisis de los gobernantes del PP y el PSOE.

Mas no se trataba de ningún secreto: quienes hayan trabajado en embajadas, en el Instituto Cervantes o en organismos similares podrán dar testimonio de las continuas acciones contra el Estado organizadas en ellos por los separatistas. Naturalmente, todas estas acciones, acumuladas a lo largo de décadas, han acabado creando opinión en personas y entidades de todos los países del mundo. Algunas voces extranjeras, conocedoras de una realidad española que nada tiene que ver con las mentiras separatistas, han manifestado su estupefacción ante la inacción de unos Gobiernos que tan fácilmente habrían podido contrarrestar dichas mentiras si hubieran tenido la voluntad de poner en funcionamiento la maquinaria diplomática y de información de uno de los Estados más poderosos de Europa.

Pero el asunto es muy viejo y ha sido denunciado reiteradamente por moscas cojoneras a las que jamás se les ha hecho caso. Les pondré el ejemplo –disculpen la descortesía– de este humilde juntaletras, que allá por 2003, hace ya dieciséis largos años, con motivo de la publicación de su primer libro, señaló un curioso caso que habrá que explicar de nuevo.

La prestigiosa editorial italiana Instituto Geográfico De Agostini edita desde hace ciento quince años el Calendario Atlante, atlas socioeconómico que se publica cada año con información actualizada sobre todos los países del mundo. Los datos que se darán a continuación corresponden a la edición de 2003. El que suscribe ignora si en las ediciones posteriores se ha modificado el criterio, aunque no apostaría nada por ello. Como dato inicial hay que señalar que España queda dividida en los siguientes "grupos étnicos": españoles (74,4%), catalanes (16,9%), gallegos (6,4%) y vascos (1,6%). Ya desde el principio sorprende la facilidad con la que se identifica lo castellano –para ser precisos, lo monolingüe castellanófono– con lo español, quedando el resto excluido de dicha categoría. Pero lo más interesante proviene de la comparación con otros países.

Alemania, por ejemplo, queda dividida étnicamente entre un 92% de alemanes y el resto subdividido entre ciudadanos de otras nacionalidades presentes en suelo alemán, es decir, la población emigrante (turcos, yugoslavos, italianos, griegos, etc). No se considera a prusianos, renanos o bávaros como grupos dignos de mención por diferencia alguna, ya fuese histórica, religiosa o cultural.

En el caso del Reino Unido, los grupos étnicos a considerar están definidos por el color de la piel: un 92,2% de blancos en contraste con los grupos extraeuropeos (hindúes, negros y pakistaníes). No se menciona ni a galeses ni a escoceses, de peculiaridad histórica, étnica y lingüística bastante mayor que la que gallegos, vascos y catalanes podrían alegar frente al resto de España.

Lo mismo sucede con Italia, para la que no se hacen matices entre sudtiroleses, venecianos, sardos, lombardos y sicilianos, todos ellos considerados étnicamente italianos sin atender a divisiones históricas, culturales y lingüísticas, mucho más acusadas que las existentes en España. ¿Por qué las zonas lingüísticas italianas, de enorme contraste, no son consideradas constituyentes de entidades étnicas singularizables mientras que en España sí? ¿Por qué los catalanohablantes de España son considerados étnicamente distintos de los españoles y los catalanohablantes de Cerdeña no?

Y, finalmente, el caso más cercano y de contradicción más evidente: Francia. Porque la población francesa queda dividida, una vez más, entre un 93,6% de franceses y el resto repartido entre argelinos, subsaharianos, portugueses, marroquíes, turcos, españoles, italianos y otros. Es decir, que las únicas divisiones étnicas rastreables en suelo galo son las referidas a los emigrantes extranjeros. No se menciona ni a corsos, ni a normandos, ni a bretones, ni a occitanos, ni a alsacianos, todos ellos de personalidad regional, lingüística e histórica no menor que la de vascos, gallegos y catalanes. Pero lo más sorprendente de todo –y lo definitivo en apoyo de nuestra tesis de la deforme visión de la realidad española– es que los vascofranceses y los catalanofranceses no son considerados constituyentes de una unidad étnica diferenciada en el conjunto de Francia, mientras que los vascoespañoles y los catalanoespañoles sí.

Adivina, adivinanza: ¿cuál será la causa de estas sorprendentes diferencias en la definición de las regiones españolas en comparación con las regiones de los demás países europeos?

Les daré dos pistas: la primera, la facilidad con la que la izquierda española, al menos desde la Guerra Civil, ha hecho suyos los argumentos separatistas sobre autodeterminaciones, federalismos, plurinacionalidades, derechos históricos, hechos diferenciales, inmersiones lingüísticas, nacionalidades históricas y cualquier otra bobada relacionada con la negación de España.

La segunda, la borreguil obediencia con la que la derecha ha recorrido el camino trazado por los separatismos y la izquierda. Un ejemplo entre un millón: "Galicia es una nación sin Estado". Palabras de Alberto Núñez Feijóo.

Así que no echemos la culpa a los extranjeros.

En España

    Lo más popular

    0
    comentarios

    Servicios

    Máster EXE: Digital Marketing & Innovation