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Jesús Laínz

La religión separatista

Directamente proporcional al abandono de las creencias religiosas es el crecimiento de la adoración a la nación. La historia lo ha demostrado.

Jesús Laínz
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Directamente proporcional al abandono de las creencias religiosas es el crecimiento de la adoración a la nación. La historia lo ha demostrado.
Torra y otros cargos en la Diada, en el momento en que se ha escuchado el Himno de España | EFE

Bastante baldón supone para España albergar en su seno los últimos totalitarismos europeos, todavía activos y con excelente salud treinta años después del desplome de los regímenes comunistas de la Europa oriental. Pero a ello hemos de añadir un agravante, pues hay totalitarismos de muchos tipos y edificables sobre cimientos muy diversos. Efímeros fueron los totalitarismos fascistas clásicos, el italiano y el alemán, construidos sobre mitos imperiales, raciales y estatistas que colaboraron decisivamente en el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Su predecesor fue el totalitarismo comunista, el más longevo, eficaz, férreo, tiránico y liberticida de los que ha padecido la Humanidad, construido sobre los mitos del internacionalismo marxista, el ateísmo de Estado y la dictadura del proletariado, mitos en nombre de los cuales se oprimió, amordazó, movilizó, adoctrinó, encarceló, deportó, asesinó y encerró a cientos de millones de personas durante setenta largos años. Pero los totalitarismos que padecemos en España, no por agazapados tras las urnas menos odiosos, añaden a su tiránica esencia el agravante del nacionalismo, con toda la irracionalidad, toda la pasión y todo el dogmatismo pseudorreligioso que ello implica.

Porque no le quepa duda, escéptico lector, de que directamente proporcional al abandono de las creencias religiosas es el crecimiento de la adoración a la nación. La historia lo ha demostrado sobradamente: ninguna otra diosa laica se ha demostrado tan poderosa como la nación para sustituir a Dios. Y no solamente entre los seglares, sino también, y de manera muy destacada y poderosa, entre los clérigos: de ahí la abundancia de curas ateos que, aun sin colgar los hábitos para poder seguir ganándose la vida, llenan su vacío pasándose a servir a la nueva diosa.

Salvo la dimensión metafísica de la que, obviamente, carecen, todos los demás atributos religiosos –más bien habría que decir supersticiosos– se reproducen en los nacionalismos con matemática exactitud. Por ejemplo, los tabúes irracionales y los sentimientos desorbitados, pueriles, cursis, colocados por encima de cualquier argumento. El sentimiento, elevado a la categoría de dogma que no admite discusión. Como consecuencia, los defensores de dichos dogmas están convencidos de su superioridad no sólo intelectual, sino moral, con las subsiguientes abominación de las opiniones contrarias y criminalización de sus sostenedores.

Los ritos religiosos se sustituyen por los ritos nacionales. Caso ejemplar: los continuos actos, ceremonias, conmemoraciones, desfiles, cánticos, representaciones, coreografías, homenajes y concentraciones que, con cualquier excusa, organizan los nacionalistas vascos y catalanes. Ésas son sus misas, pruebas cotidianas de la neurosis colectiva de unas masas incoscientes de su ridiculez.

También disponen de su catecismo nacionalista, que ha venido a sustituir al religioso. La famosa formación del espíritu nacional del régimen franquista, asignatura maría y de importancia decreciente según pasaron los años, palidece ante el omnipresente adoctrinamiento separatista, que impregna muchas asignaturas, actividades extraescolares y hasta la hora del recreo, y que ha ganado en extensión e intensidad con el paso del tiempo. Los creadores del catecismo son los sacerdotes de la nueva religión, periodistas y profesores fundamentalmente. Y su elaboración ideológica, al entrar en contacto con las masas, se convierte en mitología de consumo popular, de explosivos efectos si se manipula adecuadamente, como en el otoño de 2017.

Como buena religión, junto a sus libros sagrados también decreta cuáles son los libros prohibidos, y los incluidos en el Index librorum prohibitorum ni existen para los medios controlados por el poder, ni se pueden anunciar y promocionar con libertad, ni se encuentran fácilmente en las librerías. Y sus autores padecen lepra social.

Cada nacionalismo proclama la existencia de un pueblo elegido que, para poder ser definido adecuadamente, exige un pueblo enemigo, imagen en negativo y culpable de todos sus males, depositario de todos los vicios y objeto del odio universal. En este caso, evidentemente, España.

Y, naturalmente, los peores enemigos de la fe no son los de fuera, sino los de dentro, los que pudiendo disfrutar de la excelsa condición de miembros del pueblo elegido, renuncian a ello y pasan a ser los más odiados por su condición de herejes y traidores. Por eso ETA asesinó sobre todo a vascos y por eso los catalanes no nacionalistas provocan las mayores repugnancias al rebaño adoctrinado.

El problema de estos asuntos de fe es que no son fáciles de curar. Sólo responden a un tratamiento, lento, penoso e individual: demostrar a los fieles que el objeto de su adoración es una descomunal farsa.

Sí, es difícil y trabajoso, y suele comenzar a funcionar sólo cuando ya se ha provocado inmenso sufrimiento e incluso vertido sangre, pero cuando llegue ese día algunos tendrán que cuidarse del furor de los conversos.

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