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¿Por qué no se pegarán fuego a sí mismos?

Entre los motivos que mueven a los incendiarios no hay uno sano.

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El viento sur tiene dos caras. La primera es la que hace que los que vivimos a orillas del Cantábrico podamos disfrutar en pleno invierno de esos días templados que se reciben como una bendición entre tanta lluvia. Pero la otra cara se muestra cuando, por soplar demasiado fuerte y demasiado tiempo, la bendición se transforma en maldición por culpa del gusto que la hez de la sociedad rural tiene por el fuego.

Sí, la hez. No cabe palabra más moderada. Pues entre los motivos que mueven a los incendiarios no hay uno sano. Unos le pegan fuego al monte por comodidad, para no tener que mover un dedo para limpiar la maleza. Otros por especulación inmobiliaria. Otros, quizá la mayoría, por avaricia, para vivir de una PAC (Política Agraria Común) que subvenciona las hectáreas de pasto pero no las de matorral o arbolado. Otros por pura maldad, para perjudicar a algún vecino. Otros por imprudencia. Otros por gamberrismo. Otros por enemistad hacia los árboles, esos estorbos que no sirven para nada y llenan el suelo de hojas en otoño. Otros por el atávico impulso, heredado de generación en generación, de considerar el fuego un medio regenerador de los pastos. De nada sirven mil explicaciones sobre la destrucción de la materia orgánica, el empobrecimiento del suelo, el crecimiento de hierbas de mala calidad, la pérdida de masa forestal, el agotamiento de los manantiales, la contaminación del aire, la muerte de especies vegetales y animales, la degradación del paisaje, el daño al turismo, la amenaza a vidas, viviendas y haciendas... Ellos siempre son los que más saben y nunca aceptarán argumentos contrarios, pues así lo hacían sus padres y los padres de sus padres. Y no hay modo humano de explicarles que la antigüedad de una costumbre no la convierte forzosamente en acertada y beneficiosa.

Sólo hay un argumento válido, aunque lamentablemente inexistente en nuestra débil España: el pavor al incumplimiento de la ley, elemento esencial de la buena ordenación de cualquier sociedad excepto la española, ésa en la que roban impunemente hasta los miembros de la Casa Real y en la que presumen públicamente de incumplir leyes y sentencias hasta los gobernantes. Después no nos escandalicemos de que todo el mundo se ría de la ley. Si los incendiarios pagaran severamente con su patrimonio y su libertad los daños causados, el fuego no tardaría en desaparecer de nuestros montes. Pero muy raros son los casos en los que los culpables acaban ante un tribunal, tanto por la dificultad de probar la autoría como por el desinterés o el miedo de sus vecinos a denunciar a unos culpables a los que muy a menudo se conoce perfectamente. Y como acabar ante un tribunal por este tipo de delitos no suele conllevar más que alguna multilla, el beneficio supera con creces al riesgo.

No hay solución: sus paisanos más próximos, los ciudadanos españoles y todos los habitantes de este castigado planeta tendremos que seguir sufriendo el resto de nuestras vidas a esos ignorantes, codiciosos y egoístas delincuentes hasta que logren acabar con la última cosa que crezca o se mueva sin procurarles a ellos un beneficio económico. Lo que no sea dinero directo no cuenta: ni su condición de bien común, ni su importancia biológica ni –¡qué locura!– su belleza.

Dada la arraigada concepción de la naturaleza como un objeto sólo digno de ser tenido en cuenta si produce beneficios dinerarios; dada nuestra condición de superpredadores; dadas las enormes, crecientes y a menudo superfluas necesidades materiales para el mantenimiento del Homo sapiens; y dada la rampante superpoblación que ya ha convertido el planeta en un insano hormiguero humano en el que las demás especies tienen difícil cabida, han comenzado a alzarse voces que llegan incluso a cuestionarse el derecho de nuestra especie a seguir existiendo a costa de la existencia del resto de la creación. En Estados Unidos, por ejemplo, ha nacido el Voluntary Human Extinction Movement, cuyo objetivo es promover el cese voluntario de la reproducción humana para que, mediante la extinción de nuestra especie, la biosfera pueda regenerarse y sobrevivir. Extremada propuesta, sin duda, a la que, desde un punto de vista estrictamente biológico, se opone el argumento de que no es posible privar al género humano del derecho a existir, y desde el metafísico, que con nuestra extinción se incumpliría el plan que Dios habría puesto en marcha mediante la creación de una especie poseedora de inteligencia, libre albedrío y consciencia religiosa. Los extincionistas responden al primer argumento que en la naturaleza no existen los derechos y que, de existir, el derecho a la vida de los seres humanos no tiene por qué ser superior al derecho a la vida de cualquier otra especie, sobre todo si se tiene en cuenta que el hombre lleva mucho tiempo provocando la extinción de miles de especies vegetales y animales. En cuanto al segundo, torcido plan divino el que ha colocado en el planeta una especie destinada a extinguir la vida sobre él.

Vista la infernal obra de los aficionados a quemarlo todo menos –¡lástima!– a ellos mismos, así como otros mil atentados cometidos cada día en todos los rincones del mundo contra la casa común en la que tenemos que vivir tanto nosotros como nuestros descendientes, ¿habrá que comenzar a aceptar que, al menos desde la revolución industrial, el desarrollo humano es crecientemente incompatible con la vida? ¿Habrá que comenzar a dar la razón a quienes proponen que la especie cumbre de la creación desaparezca para que ésta pueda sobrevivir?

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