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Jesús Laínz

Las razones del Voxazo

El legítimo apego de los españoles por su patria ha sido ridiculizado y encarcelado durante cuatro décadas en el corazón de millones de personas.

Jesús Laínz
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Acto de Vox en Leganés | EFE

Pocas cosas hay tan divertidas como los análisis de los sabelotodos profesionales que antes de la campanada andaluza explicaban orondos la imposibilidad de que Vox consiguiese nunca algo más allá de un puñado de concejales. Y ahora, de repente, hisopean agua bendita ante la irrupción de ese horror al que, por su incapacidad para comprender, se empeñan en calificar como extrema derecha.

Las sacudidas sociales, a lo largo de los siglos, han sido tan imprevisibles como los volcanes, puesto que los resortes psicológicos de las masas no responden a fórmulas matemáticas ni a esquemas lógicos. Pero lo que sí es posible prever, o al menos husmear, son los movimientos de fondo, los que, como los seísmos, van acumulando tensiones hasta que un día, por un hecho aparentemente nimio, se desatan con fuerza incontenible. No hacía falta ser un genio para percibir, levemente desde hace ya algunos años, e intensamente desde septiembre de 2017, el humo que delataba el poderoso magma subterráneo que se hinchaba y pedía paso. Y ese magma no es otra cosa que el patriotismo. El patriotismo español, para ser exactos, que ha sido condenado, anatematizado, ridiculizado, ocultado y reprimido desde la misma fundación del régimen de 1978.

Todos los demás patriotismos (sí, sí, así, en cursivas), cuanto más microscópicos mejor, y sin importar si respondían a sentimientos espontáneos del pueblo o a inoculación maliciosa de los gobernantes, han sido bendecidos tanto por sus impulsores como por el llamado pensamiento progresista. Para separatistas e izquierdistas, la apelación al micropatriotismo tribal, por muy desquiciado y xenófobo que fuese, ha sido indiscutiblemente legítimo, benéfico, democrático y progresista. El patriotismo español, por el contrario, ha llevado colgado, y todavía no se lo ha sacudido del todo, el sambenito de ilegítimo, aberrante, tiránico y reaccionario.

El legítimo apego de los españoles por su patria, por lo que les es cercano, por lo que comparten con sus paisanos, por lo que les ubica en el mundo, apego que no tiene nada que ver con el odio a nada ni a nadie (eso es el nacionalismo, siempre necesitado de un enemigo) y que procede de la naturaleza misma de los hombres, es lo que ha sido ridiculizado y encarcelado durante cuatro décadas en el corazón de millones de personas.

Porque España ha sido declarada cosa de fachas. Su bandera, instaurada por Carlos III, cosa de fachas. Su himno, también dieciochesco, cosa de fachas. Las grandes figuras de su historia fueron todos unos fachas. La historia de España en su conjunto es una cosa tremendamente facha. Peor que facha: España ni siquiera existe. "Mientras que Cataluña es una nación, España, evidentemente, no lo es", declaró Pujol sin despeinarse. Y de ahí salen todas esas ridículas contorsiones (Estado, estatal, peninsular…) para no pronunciar la palabra impronunciable.

La lengua española ha sido inconstitucional e inhumanamente extirpada de varias regiones. Los ciudadanos, tanto adultos como niños, han sufrido por ello insultos, marginación, abusos y exilio mientras los gobiernos nacionales miraban para otro lado. La toponimia en español ha sido eliminada contra toda lógica histórica y lingüística, consiguiendo con ello que España sea el único país del mundo en el que están prohibidos los exónimos en su lengua oficial. De ahí la ridiculez de que hasta los locutores de la televisión pública nacional digan que ha llovido en Lleida y en las Rías Baixas, pero no en London y en Bordeaux; y mientras que en las autopistas catalanas se puede poner Saragossa, en las castellanas ha de ponerse A Coruña.

Las instituciones autonómicas, emanadas de la Constitución y pagadas por todos los españoles, han sido utilizadas para dinamitar el Estado desde dentro. TV3 es el caso más escandaloso, pero no el único. Las aulas no han sido utilizadas por los canallas de los gobernantes y profesores separatistas para formar a los niños, sino para, aprovechándose de su inocencia, adoctrinarles y envenenarles. Junto a este lavado de cerebro interior, el exterior, encargado a unas seudoembajadas dedicadas a socavar España desde fuera. Todo este odioso régimen totalitario, tejido con paciencia arácnida sobre todo en el País Vasco y en Cataluña, por no mencionar sus imitadores en Galicia, Valencia y Baleares, se ha enquistado en el régimen democrático español ante las bobaliconas miradas de todos los gobernantes nacionales, de todos los partidos.

Los defensores de la ley, asesinados; sus féretros, sacados por la puerta de atrás; su memoria, insultada; y sus viudas y huérfanos, acosados… mientras sus asesinos reciben homenajes. Y los gobernantes de todos los partidos, mirando para otro lado.

Y con esto llegamos al hecho aparentemente nimio que mencionábamos arriba, ese hecho que, de repente, cual gota que colma el vaso, abrió inesperadamente la brecha por la que el magma patriótico, comprimido durante tanto tiempo, se ha desbordado: la violencia contra policías y guardias civiles en las vergonzosas jornadas catalanas de 2017.

Tomen nota los dirigentes separatistas de su irreparable error: con su golpe de Estado, con su desalmada búsqueda de muertos para presentar ante el mundo el referendo ilegal con los heroicos colores del levantamiento del gueto de Varsovia, lo que consiguieron fue el milagro de despertar un patriotismo español anestesiado por cuarenta años de irracional resaca antifranquista. Ante las imágenes de los agentes empujados, insultados, escupidos y agredidos en su labor de preservar el orden ante las hordas de cobardes azuzados desde retaguardia por sus todavía más cobardes dirigentes, millones de españoles exclamaron al unísono: "¡Hasta aquí hemos llegado!".

Ese clamor no se reduce a los votantes derechistas saturados de las mil traiciones del PP: la última, Rajoy y Soraya bostezando mientras los policías y guardias civiles defendían en la calle la España que ellos tan indignamente desgobernaban desde sus alfombras. Ese clamor surge de millones de españoles, votantes de todos los partidos, hartos de cuarenta años de abusos separatistas.

Y, nos guste o no, el partido que ha canalizado ese clamor ha sido Vox, pues, aun careciendo de representación parlamentaria, ha sido el que ha sentado a los golpistas en el banquillo. Que a nadie le quepa duda de que eso tendrá su eco en las urnas. Porque, a pesar de las pegas de fondo, forma y personas –pegas que se tienen con cualquier partido y a las que el abajo firmante no es ajeno– Vox, hoy por hoy, es el único partido que ha demostrado ser un eficaz garante del Estado de derecho. Y millones de españoles han comprendido que eso está por encima de intereses partidistas.

Olvídense de las encuestas, ya no concebidas como constatación neutral de la intención de voto, sino como herramienta interesada para inducirlo. Y tengan nuestros sabelotodos las sales a mano. Porque el Voxazo va a ser histórico.

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