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Correrá la sangre

Si los nacidos a finales de los setenta y principios de los ochenta, que son los de los confines de la ciudadanía librada del horror estético de Naranjito, se unen a los de Verano Azul, es de temer que en 2014 empiece a correr la sangre en España.

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Lo que se pierde a la salida del sol se recupera a su puesta, reza un proverbio del lejano Oriente. Una forma poética de describir la dialéctica a la que nos enfrentamos cada día, sin necesidad de guiarnos por paradigmas marxistas, como lo haría un Rajoy de la vida.

Porque esperar un cambio de rumbo en la sociedad española por mera debacle del sistema no sólo responde a un determinismo sin fisuras sino, sobre todo, a la consideración de la crisis económica como el deus ex machina de la demoscopia. ¿De qué libros o estrategias se habrá empapado el opositor?

La generación de finales de los sesenta y principios de los setenta es la primera, desde la posguerra, que ha visto empeoradas sus condiciones de vida con respecto a la de sus padres. A priori, esto no tendría que suponer un trauma importante para los afectados. El problema surge cuando el discurso familiar y oficial les ha estado vendiendo desde la cuna que los estudios universitarios y el progreso imparable de España los iba a colmar de bienes materiales y, sobre todo, de prestigio social hasta la sepultura. Cuando el alargamiento de carreras universitarias y de fines de semanas de borracheras y fútbol ya no da más de sí; esto es, cuando el individuo con cierta formación intelectual se planta en los cuarenta y no hay bases sólidas a su alrededor, surge la frustración, algo a lo que cualquier régimen debería temer más que a las hambrunas.

Los que nacieron a finales de los cincuenta y principios de los sesenta empiezan a no ver tan lejos el momento de la jubilación y, además, tienen hijos matriculados en las obsoletas universidades españolas. Esta generación es la última línea de choque del régimen para que nada se mueva, el bastión de los liberados sindicales para que todo siga atado. A partir de los nacidos tras el paseíto lunar de Armstrong en blanco y negro, surge ya la frontera bárbara, las tinieblas de la vida adulta española.

El zapaterismo es un paréntesis agotado en un régimen exhausto. Llegará a 2012 habiendo cumplido su cometido y, salvo cambio urgente de planes, Rajoy heredará su turno pacífico. A partir de ahí, su absoluta falta de carisma e incapacidad de liderazgo pondrá aun más en evidencia el inmovilismo del régimen, lo que acelerará la combustión de la generación frustrada y humillada. Dos años de marianismo parecen suficientes para que prenda la llama. Entrados ya en los cuarenta, quienes consumieron Verano Azul en su infancia podrán empezar a querer ajustar cuentas. El plato en la mesa y la cama preparada en el domicilio familiar ya no podrán comprar más voluntades, como tampoco lo hará el alcohol en barra libre. Otros tantos, vencidos por hipotecas imposibles o por divorcios ruinosos, regresarán a ese mismo hogar con un sueldo de mileurista bajo el brazo.

Entonces, si los nacidos a finales de los setenta y principios de los ochenta, que son los de los confines de la ciudadanía librada del horror estético de Naranjito, se unen a los de Verano Azul, es de temer que alrededor de 2014 empiece a correr la sangre en España.

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