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Neofranquismo catalán

Un neofranquismo tinellista, oculto tras los velos de la pluralidad, será el encargado de garantizar la prosperidad de Cataluña, a cargo, una vez más, del resto de los españoles.

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El neofranquismo tuvo su momento estelar a principios de los noventa, cuando Mister X se reía a carcajadas de Montesquieu y los sindicatos desafiaban las leyes de la física con una verticalidad sinuosa desconocida en el mundo occidental. Ejecutivo, legislativo, judicial y hasta lo sindical se confundían en un magma que sólo un periodismo comprometido fue capaz de desbordar a través de una dulce derrota.

Mientras el PP era rehén de CiU y el PSC todavía no se había hecho con el control absoluto de la marca PSOE, la pax aznariana fue posible. Entre 1996 y 2000, España parecía desprenderse de los aspectos más negativos del franquismo y apostaba de lleno por la modernidad y por el coliderazgo de Occidente. Los sectores más retrógrados de la sociedad; esto es, el frentepopulismo postmoderno, aprovecharían la mayoría absoluta del PP y el poder del PSC como principal grupo de la oposición para llevar a España de vuelta a su corralito de ignorancia, mediocridad y oscurantismo. Agit-prop, desestabilización y, finalmente, la manipulación del 11M.

Si Andalucía y Extremadura fueron las grandes sacrificadas por el franquismo, el socialismo tinellista que nos desgobierna no ha querido ser menos para esas regiones. La diferencia, esta vez, radica en que tanto los que emigraron como los que se quedaron en su tierra han elegido libremente a sus verdugos. Los Chaves y los Montilla son la cara de una misma moneda. Manuel Llamas lo resume en Libertad Digital: "El Partido Socialista de Cataluña (PSC), junto a los nacionalistas catalanes, quiere equiparar los ingresos de la Generalidad al cupo vasco. Ello supondría a las arcas del Estado un coste aproximado de 14.000 millones de euros al año. Como consecuencia, el resto de CCAA verían mermada su actual capacidad de financiación en un 17 por ciento, mientras que Cataluña gozaría de un saldo fiscal positivo."

Tras el apoyo absoluto del franquismo a la industrialización de Cataluña y País Vasco, en detrimento de otras regiones, los nuevos tiempos de deslocalizaciones y falta de competitividad de la economía catalana obligan a reinventar el victimismo y a variar la potencia del discurso. Un neofranquismo tinellista, oculto tras los velos de la pluralidad, será el encargado de garantizar la prosperidad de Cataluña, a cargo, una vez más, del resto de los españoles. Con un recurso ilimitado de mano de obra barata tercermundista y ante la inviabilidad de una nueva industrialización, de lo que se trata ahora, como antes, como siempre, es de vampirizar a una nación a través de un discurso altamente victimista. Y, si se logra con del voto de víctimas recientes, entonces la jugada es maestra y prácticamente irreversible.

El neofranquismo catalanista asegura el éxito de la operación con la fórmula del café para todos, que no es más que la ya conocida autozanahoria o caja de Pandora: las comunidades perjudicadas no clamarán por un reparto racional, sino por equipararse a quien encabeza el desastre, cumpliendo, así, un círculo vicioso. Por eso, tras el susto de la pax aznariana, todo vuelve a estar atado y bien atado. Los 41 escaños socialistas aportados por Andalucía y Extremadura y los 16 de Barcelona son una buena prueba de ello.

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