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Pinza o muerte

La pinza se cerraría con una UPN a la catalana. Un caballo de Troya en el seno del catalanismo moderado cuyo único objetivo consistiría en erosionar a CiU a lo largo de esta legislatura y en trocearla en la siguiente.

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La doctrina Comanche ha regido los destinos del Partido Popular de Cataluña a lo largo de la última década. Una doctrina basada en la fortificación de las posiciones y en el temor a decidir. Sus orígenes los encontramos en la famosa escena en la que Aznar le entrega a Pujol la cabeza de Vidal-Quadras a cambio de una legislatura. Ocho años más tarde, Rajoy extiende la doctrina al permitirle a un Piqué sin careta tinellizar al Partido Popular de Cataluña hasta la extenuación. La imagen ofrecida hasta la defenestración de Piqué fue tan desastrosa que, a pesar de los buenos oficios de Daniel Sirera, el PPC apenas ha tenido tiempo para ganar dos escaños en medio del caos del Tripartit.

Según la versión oficialista de la doctrina Comanche, Cataluña es un territorio enemigo en el que sólo se puede aspirar a mantener el Fuerte de los 7 a 10 escaños. La interpretación mariana de la DC, en cambio, ha ido más en la línea suicida de la autozanahoria: mantengamos un perfil muy bajo, casi invisible, para facilitar así un pacto futuro con CiU, que nos llevará a la Moncloa. Pero los resultados son tozudos y, tras el 9-M, se intuye que en Génova, finalmente, se ha asumido que Cataluña es ya imprescindible para aspirar a la Moncloa. La doctrina Comanche estaría viviendo, así, sus últimos días.

La lección más importante del 9-M ha sido, precisamente, la necesidad imperiosa de vencer en Cataluña, aunque, para eso, será imprescindible una obra de ingeniería política sin precedentes en la historia reciente de España. Una pinza o muerte que sirva al Partido Popular para asaltar definitivamente el discurso tinellista, que no es más que una telaraña frentepopulista adaptada al siglo XXI.

La construcción de una pinza en Cataluña pasaría, por un lado, por un PPC fuerte, con un discurso claro y valiente que denuncie la persecución al idioma español y la natural incompetencia de la izquierda catalana para manejar los asuntos decisivos de la economía y la sociedad. El PPC debe quedar en la retina de los electores como un partido abierto las 24 horas del día, los 365 días del año, incansable e implacable. En ese sentido, Daniel Sirera ha demostrado ser un líder capaz y trabajador, por lo que habría que apostar por su continuidad, siempre y cuando tenga a su lado la figura de un dóberman de amplia solvencia intelectual. Para ello, nada mejor que Alejo Vidal-Quadras. La presencia de Vidal-Quadras constituiría un mensaje claro al electorado de que las cosas han cambiado y que el PPC no va a ser nunca más moneda de cambio con los nacionalistas, sino una alternativa de gobierno sólido y estable. En otras palabras, una disculpa que llega con diez años de retraso.

La pinza se cerraría con una UPN a la catalana. Un caballo de Troya en el seno del catalanismo moderado cuyo único objetivo consistiría en erosionar a CiU a lo largo de esta legislatura y en trocearla en la siguiente. Con un carácter marcadamente regionalista, podría ejercer, en ocasiones, las funciones de partido bisagra y acoger en su seno a aquellas voces y votantes de CiU que, aún no viéndose próximas al separatismo, tampoco se sienten cómodas, por el momento, en el PP. Tiempo hay, desde luego, para crear este partido, financiarlo y extender su discurso por todo el Principat, procurando, siempre, evitar caer en la tentación del modelo navarro, pues el PPC debe aspirar a lo máximo.

La pinza PPC/UPC podría tener un efecto devastador en las filas de CiU, cuyo alejamiento del poder debe ser un incentivo para el cambio de aires de cuadros y votantes. Las contradicciones en el seno del PSC entre capitanes procedentes de otras regiones de España y los sectores más catalanistas podrían facilitar un trasvase de estos últimos a UPC, así como de las corrientes convergentes menos proclives a las tesis soberanistas de Mas. En ese escenario, ERC podría recuperar parte del terreno perdido con la incorporación de voto convergente y del PSC. El PP, con un discurso españolista, debería centrar su actividad en el área metropolitana de Barcelona y los 31 escaños en juego, mientras UPC se convierte en la tercera vía del catalanismo, sobre todo en Gerona, Tarragona y Lérida.

CiU y sus diez diputados representan, todavía, esa frontera confusa en la que comercian separatistas, vividores y españoles catalanes atrapados en las aguas del Estanque Dorado. Trocearla significaría, entre otras muchas cosas, la soledad del PSOE en Madrid, que es la verdadera pesadilla del PSC.

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