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Real Madrid para extranjeros

Al Madrid y a España, en sus respectivos ámbitos, se les deslegitima sin pausa y, lo peor, ambos malgastan sus escasas energías en la reacción a la iniciativa ajena, en vez de construir un discurso sólido y unificador.

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Si alguna vez hablan con extranjeros sobre la situación de España y notan en sus interlocutores esa mirada de asombro e incredulidad que suele despertar el surrealismo español en los foráneos, recurran al Real Madrid como metáfora. Verán cómo, en pocos minutos, todo queda aclarado.

Porque el Real Madrid es una imagen perfecta de aquello en lo que se ha convertido la sociedad española actual, en la que todo se desvirtúa y deconstruye a una velocidad que ya querrían para sí Sanz y Rajoy, los nuevos presentadores del número de la cabra. Dirigido por un incompetente elegido en circunstancias cuanto menos extrañas, con una masa de electores sin criterio ni espíritu crítico, el club se mueve a la deriva, protegido todavía por el temor que inspira su pasado y por la vergüenza torera de dos o tres jugadores, aunque ya alejado de la élite europea.

Al Madrid, como a España, sus enemigos seculares nunca les van a perdonar lo que les hicieron. Los mitos del favoritismo franquista, que, en realidad, lo fue sobre todo para el Barcelona, son utilizados machaconamente para desacreditar una historia de triunfos labrados en la lucha, la nobleza y el esfuerzo. Al Madrid y a España, en sus respectivos ámbitos, se les deslegitima sin pausa y, lo peor, ambos malgastan sus escasas energías en la reacción a la iniciativa ajena, en vez de construir un discurso sólido y unificador.

Pero no todo es achacable a la envidia y al rencor ajeno. Hay muchos ejemplos sangrantes de nuestra propia estupidez infinita, de suicidio a cámara lenta, de actitudes que despiertan la indignación en cualquier mente con un mínimo de cordura. Por ejemplo, la relación del Madrid con su cantera, digna de una tesis doctoral. Tras invertir años y mucho dinero en la formación de canteranos, los regala a los rivales, quienes de esta forma se refuerzan sin apenas esfuerzo y cuyas plantillas quedan sembradas de cuentas pendientes. Quién no ha visto a un antiguo canterano del Madrid hacer el partido de su vida frente a los blancos. A cambio, compra a precios astronómicos a jugadores sin apenas palmarés, malvende a los más capaces y nos tortura y humilla con la presencia en el campo de ex futbolistas como Raúl, Guti y Salgado. Metáfora perfecta de la fuga de cerebros españoles: jóvenes formados durante dos décadas que son despreciados por el mercado laboral español y recibidos con los brazos abiertos en el mundo civilizado. Las empresas españolas son cementerios de elefantes protegidos por las barricadas de los sindicatos más obsoletos de Occidente. ¡A eso se le llama, amigo lector, tercermundismo o, en términos futbolísticos, raulismo! En estado puro.

Sí, los enemigos, peores incluso que los surgidos por la envidia y la impotencia, están, como suele suceder en la vida, sobre todo en nuestras entrañas. Somos nosotros, los madridistas, los que más daño nos hacemos. No hay nada tan deprimente como la grada del Bernabéu. Nada tan incompetente como un socio compromisario. Nada menos elegible que la terna de candidatos a la presidencia del Club. Nada más digno de terminar envolviendo cajas de gusanos para la pesca que la prensa deportiva especializada en el Madrid.

Qué lejos queda don Santiago Bernabéu... la última polémica sobre el todavía presidente Calderón es el mejor ejemplo para ilustrar el análisis de Lippmann: muchas crisis de las democracias occidentales son, en realidad, crisis del periodismo. Que nadie dude de que es un problema de alineaciones; es decir, en qué equipo mediático juega el presidente del Real Madrid. Chamartín se convierte, una vez más, en la arena en la que se dilucidan asuntos ajenos al fútbol.

Quizá el problema del Madrid, como el de España, se reduzca a que los errores se van acumulando fuera del armario, a que el quijotismo y la gilipollez no venden camisetas y así, claro, vamos perdiendo el nivel de exigencia de los enemigos. Y de ahí a convertirnos en un Tottenham o en la España de Rodríguez ya sólo hay un paso.

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