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Cómo no ayudar al pueblo iraní

El dinero que va a Irán sirve para reforzar el poder de los ayatolás, no para debilitarlo.

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Durante las discusiones a propósito del acuerdo sobre el programa nuclear iraní, el presidente Obama célebremente dijo que el pacto era una oportunidad para que Teherán se "entendiese con el mundo". En ese argumento y en otros muchos del mismo tenor estaba implícita la asunción de que volver a acoger a Irán en la familia de las naciones contribuiría a transformar la sociedad de ese país. De hecho, el presidente parecía creer que la reintegración iraní en la economía global tendría un efecto liberador sobre un país subyugado por una represiva teocracia y sus aliados terroristas de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria (CGRI). Esa fe parecían compartirla varios emporios y países occidentales, que se metieron de hoz y coz en lo que ha acabado por ser una fiebre del oro iraní. Como vimos durante la triunfante gira europea del presidente iraní, Hasán Ruhaní, todo el mundo en el continente estaba ávido de firmar acuerdos que piensan les enriquecerán y enriquecerán a sus socios iraníes.

Pero, como advirtieron los escépticos, los únicos que se están beneficiando de la torrentera de dinero originada por el fin de las sanciones internacionales contra Irán son aquellos que ya estaban conectados con el régimen. Como ha destacado el New York Times, pese a las ingentes sumas que están inundando la economía de la República Islámica, "poco o nada está llegando a los niveles más bajos del agobiado pero aún enorme sector privado iraní". Los beneficiarios de la generosidad occidental son las grandes compañías estatales iraníes, que son el brazo económico del régimen. En última instancia, el dinero también va a parar a la vasta porción de la economía gestionada por los CGRI.

El Times atribuyó parte de la responsabilidad a la renuencia del Congreso a levantar todas las sanciones. Las restricciones bancarias aún vigentes se lo estarían poniendo difícil a las compañías privadas, porque no tienen los fondos suficientes para competir con el sector estatal. Aunque hay algo de cierto en ello, se pierde de vista el punto fundamental en lo relacionado con la economía iraní. El dinero que se canaliza a los iraníes siempre acabará ayudando al régimen y a su brazo militar/terrorista, porque así es como el sistema está concebido. Acabar con las restricciones financieras no enriquecería a los iraníes del común, y mucho menos forzaría al régimen a hacer cambios. Todo lo contrario: hacerlo daría al régimen aún más efectivo, dado que siempre encontraría maneras de restringir el comercio privado.

Que este fuera el caso no debería sorprender a nadie. Los regímenes autoritarios están principalmente interesados en su propia supervivencia, no en mejorar la vida de aquellos a los que tiranizan. Mientras, en el mejor de los escenarios posibles, podría generarse el suficiente desarrollo económico como para expandir y enriquecer al sector privado; entonces se podrían trazar analogías entre China (cuyos gobernantes totalitarios han intercambiado libertad económica por la continuidad del despotismo político) e Irán. Los teócratas de Teherán aún se ven a sí mismos como revolucionarios en pugna por la hegemonía regional, no como agentes de la economía global. El sector estatal se prioriza no sólo porque tienen el dinero a mano, sino porque la prosperidad de esas compañías es crucial para la supervivencia de la República Islámica.

Lo que todo esto significa, en resumidas cuentas, es que el dinero que va a Irán sirve para reforzar el poder de los ayatolás, no para debilitarlo. La fiebre del oro iraní significa también que los CGRI pronto podrán dedicar aún más recursos a reforzar a grupos terroristas como Hezbolá y a proseguir su guerra particular contra Israel. Pero el impacto va aún más allá. El cambio social, por no hablar de la reforma política, será menos posible porque Occidente habrá dado al régimen las herramientas para ganar músculo y suprimir el disenso.

Que las firmas occidentales se vayan a la cama con los negocios gestionados por el régimen no hará bien en el largo plazo. Como ocurre siempre que los capitalistas se apoyan en regímenes que no creen en el Estado de Derecho, están haciendo una mala apuesta con su dinero, dado que el Estado siempre prevalece en Irán.

El presidente Obama dejó pasar una oportunidad para ayudar al pueblo iraní en el verano de 2009, cuando EEUU calló mientras el régimen islamista machacaba a la disidencia en el momento en que las protestas cobraran fuerza en Teherán. Pero cuando se le presentó otra oportunidad de tratar de contribuir al cambio en Irán, decidió asociarse con los ayatolás, y el fruto es un acuerdo nuclear que no sólo preserva el programa nuclear de éstos, sino que asegura que tendrán el influjo financiero necesario para mantener el control sobre un pueblo iraní inquieto e insatisfecho.

A largo plazo, el pueblo iraní podría beneficiarse de una presión económica y un embargo que podría haber forzado al régimen a abandonar sus peligrosos sueños nucleares o afrontar el colapso. Pero el presidente Obama eligió asegurarse de que los ayatolás nunca se queden sin dinero o pierdan poder. Es una fórmula para ayudar no al pueblo iraní sino a los tiranos islamistas, con su terrorismo de Estado.

© Revista El MedioCommentary

Jonathan S. Tobin, editor jefe online de la revista Commentary.

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