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Por qué Irán ha tomado otro rehén norteamericano

La Administración Obama estaba tan desesperada por lograr un acuerdo que se mostraba dispuesta a dejar atrás a rehenes norteamericanos.

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La noticia de que Irán ha detenido a otro norteamericano no debe de haber sorprendido demasiado a la Casa Blanca. Estados Unidos no ha utilizado su capacidad de influencia para insistir en que Irán libere a los cuatro estadounidenses que tiene cautivos. De hecho, pese a las protestas formales por la condena del periodista del Washington Post Jason Rezaian -falsamente acusado-, a principios de octubre, no hubo indicios de que EEUU fuese a tomar medida alguna respecto al drama de cualquiera de los otros norteamericanos en manos iraníes, salvo la de negociar en secreto su liberación. Ya que hemos de suponer que Obama no estaba aún preparado para dar a Teherán todo lo que pidiese en esas conversaciones, qué mejor modo para la República Islámica de reforzar su posición que subir la apuesta deteniendo a otro estadounidense. Ahora la pregunta es: ¿qué va a hacer el Gobierno al respecto, si es que va a hacer algo? A juzgar por los precedentes, la respuesta obvia es que no hará gran cosa.

La última persona convertida en peón en los intentos del ayatolá por humillar a Estados Unidos es Siamak Namazi. Nació en Irán pero se crió en Estados Unidos, y ahora es empresario, vive en Dubái y ha trabajado como consultor en Irán. Su arresto se produjo a principios de octubre, y su familia intentó mantener el asunto en secreto. Pero, ahora que se ha filtrado la noticia, pocos dudan de que su detención tiene que ver especialmente con las enmarañadas políticas de Irán y su propósito de sumar otro rehén para utilizarlo como moneda de cambio ante Estados Unidos.

Washington está abordando el pacto nuclear con Irán como un acuerdo en firme sin marcha atrás. Pero los iraníes saben perfectamente que Occidente podría volver a llevarse el regalo que les hizo durante las negociaciones hasta que se levanten las sanciones contra su régimen. Por eso les preocupa la posibilidad de que un informe del Organismo Internacional de Energía Atómica sobre la inexplicada actividad en el complejo militar nuclear de Parchin pueda hacer peligrar el levantamiento de las referidas sanciones.

Esa es la mejor explicación para el desconcertante fracaso de Washington a la hora de asegurar la liberación de Rezaian y los demás rehenes durante las conversaciones nucleares. Irán quería guardarse fichas como un seguro ante la posibilidad de que ciertos detalles inconvenientes sobre sus trampas pudieran arruinar el acuerdo. Como mínimo, querían que todo estuviese en calma hasta que recibiera los fondos congelados liberados o la incalculable fortuna que generarán los nuevos acuerdos comerciales tras el levantamiento de las sanciones.

Como señalé a principios de mes, la Administración Obama estaba tan desesperada por lograr un acuerdo que se mostraba dispuesta a dejar atrás a rehenes norteamericanos con tal de asegurarse uno bajo las condiciones iraníes. Por mucha compasión que sintiera Obama por los presos y sus familias, no le motivó lo bastante para dar al asunto la suficiente importancia y decir a los iraníes que no les llovería la financiación hasta que no dejasen marchar a todos los norteamericanos. De hecho, nada –ni siquiera la fabricación de misiles balísticos capaces de alcanzar Estados Unidos, o el continuo apoyo al terrorismo internacional– fue lo suficientemente importante para que los negociadores trazaran una raya al régimen islamista.

Esta decisión no solo llevó a un débil acuerdo nuclear que da a Irán dos vías para armarse nuclearmente: haciendo trampas en las fácilmente eludibles restricciones o esperando pacientemente a que éstas expiren; también procuró a Irán el peso suficiente como para que siguiera chantajeando a Estados Unidos a medida que se fuera aplicando el acuerdo. Cada prisionero norteamericano aumenta la seguridad de Irán en que no habrá nada que pueda tentar a Obama a poner fin al acuerdo. Además, el historial de los tres años de negociaciones también le hace confiar en que, cuando se produzca una crisis, Estados Unidos se plegará a sus exigencias, tal como hizo la Administración en cada punto muerto de las conversaciones nucleares.

Eso significa que, al igual que el de Jason Rezaian, el pastor Saed Abidini, Amir Hekmati y Robert Levinson, el destino de Namazi está directamente vinculado a la fama de cándido del Gobierno Obama ante Irán. ¿Quién sabe qué nuevas concesiones exigirá Teherán para asegurar la liberación de los rehenes? Lo único que sabemos con certeza es que Irán cree que, tarde o temprano, Obama le dará lo que quiera. Si bien su régimen terrorista merece la condena del mundo por esta última infamia, es difícil culparle de pensar que Obama le dejará salirse con la suya.

© Revista El MedioCommentary

Jonathan S. Tobin, editor jefe online de la revista Commentary.

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