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Jorge Martínez Fernández

La agonía cubana

En ninguno de los centros de Internet de los hoteles de la Habana he logrado abrir la página de Libertad Digital; tampoco en algún que otro ordenador privado y prohibido por el régimen.

Durante varios días del mes de agosto he tenido la oportunidad, desde la improvisación y las prisas, de visitar Cuba, con el fin de vivir en primera persona la realidad de una dictadura comunista y poder comprobar los resultados de 47 años de opresión y enajenación de sus dirigentes.

Conocer, que no disfrutar, la ciudad de La Habana supone constatar el desmoronamiento de un régimen que permite que su buque insignia ofrezca una imagen tan desoladora y llena de contrastes negativos. La Habana Vieja es hoy por hoy la manifestación elocuente del resultado de casi 50 años de dictadura comunista y no sólo en el plano urbanístico sino en la realidad social de una población que, ante la escasez o, mejor dicho, la falta de recursos, ha optado desde la vía del desencanto por contribuir a derribar el mito de la seguridad y el bienestar en Cuba que la izquierda progresista alienta desde Europa.

Hoy La Habana es una ciudad insegura a pesar de la amplia presencia policial, una ciudad donde los índices de alcoholismo y consumo de drogas no reconocidos por el régimen castrista son muy superiores a la media occidental. Una ciudad donde la existencia de una economía sumergida, proveniente del dinero que reciben del exterior, paralela a la paupérrima economía doméstica cubana hace que el mercado negro, el tráfico de todo tipo de productos y la existencia de grupos organizados a tal efecto sean conceptos asimilados por una sociedad que vive intranquila ante lo que denominan el fin del viejo tío.

Hoy al grito de "Revolución o Muerte" ya no se le contesta como antaño con el "Hasta el socialismo siempre"; son muchas las voces anónimas que esperan con miedo pero con ilusión lo que supondrá el final físico del tirano que los somete desde hace 47 años. Su tiranía ha permitido las desigualdades sociales, la carestía de recursos, el crecimiento de grupos poderosos amparados por el régimen castrista y, lo que es peor, la desesperanza de un pueblo que, dominado por una impecable estrategia policial y militar, usa el susurro como medio de comunicación.

Cuba agoniza con la misma intensidad con la que perece, según cuentan los pocos que se atreven a hablar, el causante de la ruina de la perla del Caribe; una isla que ha logrado en menos de medio siglo pasar de ser la más próspera de la región a convertirse en un vagón de cola que es difícil encuentre en el futuro la locomotora que le remolque hacia adelante.

Viajar a Cuba quizás suponga en estos días la última posibilidad de observar los efectos de un régimen comunista y totalitario, salvo que los nuevos amigos del pueblo cubano y de Zapatero logren desde su estrategia populista arrastrar a Venezuela y Bolivia a la misma decadencia que se observa ahora en las calles de las ciudades cubanas.

Se alzarán voces progresistas que reivindicarán la educación y la sanidad como ejemplos y logros de la revolución; un paseo por la Isla sirve para descubrir que tras esta estrategia sólo se esconde la mentira, la falsedad y la demagogia. El nivel educativo en Cuba, a pesar de la obligatoriedad del mismo, es limitado ante la falta de perspectiva de la formación impartida, que está orientada a proteger los intereses de los revolucionarios omitiendo la realidad no sólo de Cuba sino de toda la historia contemporánea. En cuanto a la sanidad, todo lo que se pueda decir es poco; culpar al bloqueo estadounidense de la falta de medios y medicamentos es faltar a la verdad. Es lamentable observar el vacío que existe en las farmacias cubanas mientras se observa con sorpresa el amplio surtido disponible en las tiendas para extranjeros que sirven para engrosar directamente las arcas del estado y de sus dirigentes. También es posible acceder en la calle a medicamentos cuya presencia en la isla el gobierno cubano niega.

El retorno de Cuba posibilita la lectura racional de obras como Fantasía Roja de Iván de la Nuez o el interesante ensayo del ex ministro de Castro, ahora en el exilio, Carlos Franqui bajo el título de Cuba, la Revolución: Mito o Realidad. Ambos contribuyen a aclarar aquellos conceptos que la izquierda se empeña en manifestar positivos .

Son pocos los cubanos que en estos días se atreven a manifestar su preocupación por un futuro incierto; aquellos que lo hacen exhiben con rotundidad su desencanto por la actuación del gobierno español. Como me dijo un taxista de ascendencia española: "Mi hijito, es normal que quien pacta con los terroristas no desee el fin de la tiranía; son la misma cosa".

PD: En ninguno de los centros de Internet de los hoteles de la Habana he logrado abrir la página deLibertad Digital; tampoco en algún que otro ordenador privado y prohibido por el régimen.

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