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Artur Mas mantiene los privilegios de los botiguers

Los comerciantes que defienden el control horario no tienen ninguna voluntad de servir al cliente, son funcionarios privados que viven a expensas del dinero y la libertad del ciudadano: son dinosaurios a extinguir.

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La Generalitat de Artur Mas no se ha atrevido a tocar los rígidos horarios comerciales en Cataluña. Estas semanas hemos oído de todo contra la libre iniciativa horaria de los comercios. Políticos, sindicatos, lobbies, pequeños comerciantes y hasta clientes nos han dicho que es una necesidad nacional no dar libertad a los empresarios para que abran cuando quieran y hasta la hora que deseen.

Todos han esgrimido las razones más variopintas para justificar la actual legislación proteccionista. La más común ha sido la falacia del atractivo emocional (argumentum ad misericordiam): si dejamos libre el mercado, esto es, que el consumidor pueda elegir, los pequeños comercios desvalidos cerrarán. También han recurrido a la falacia de la tradición (argumentum ad antiquitatem): Cataluña tiene una larga historia de pequeño comercio y el mercado no ha de cambiarlo para mantener nuestra identidad. Incluso han mostrado el argumento más absurdo de todos, que no llega ni a falacia, sino a mentira: con más libertad, aumentará el desempleo. ¡Toma ya!

Con estas, el 40% de los comercios catalanes han cerrado desde el inicio de la crisis. La regulación de horarios no parece haber amortiguado mucho la caída. El modelo jurásico que mantiene el Gobierno de Cataluña, y resto de España, no tiene justificación alguna. No defiende derechos como nos hacen ver con sus mentiras y falacias, sino privilegios.

Países como Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, Suecia o Irlanda no tienen prácticamente regulación horaria. Alguno de los anteriores países europeos mencionados regula, como mucho, el cierre de los domingos. Si nos centramos en Suecia –paradigma de los socialdemócratas españoles–, desde que el Gobierno otorgó libertad a sus comerciantes, en el periodo comprendido entre 1995 a 2005, su productividad creció un 15%. Superó incluso a EEUU en esta materia. Con la paulatina desregularización, la superficie media de los locales dobló en diez años. Empresas como IKEA (que ya había empezado su expansión) y H&M se dispararon aumentando su tamaño, lo que les permitió aprovechar las economías de escala comprando más barato a proveedores. Los resultados fueron beneficios netos para todos: el cliente ganó libertad a precios más baratos; el Gobierno ingresó más dinero en concepto de impuestos; y las empresas aumentaron sus volúmenes. No crea que en Suecia todas las tiendas están abiertas 24 horas ni mucho menos. Hace demasiado frio y el comercio simplemente se ha amoldado al cliente. Imagínese el potencial que pude tener un país mediterráneo que vive en gran parte del turismo.

¿Cerraron muchos comercios pequeños en Suecia? Claro, los ineficientes. Los que vendían caro aprovechándose del cliente. Los privilegiados que vivían a costa de la prohibición. Cuando bajaron la persiana para siempre, sus dueños simplemente se dedicaron a hacer otras cosas que beneficiaban a la sociedad, sirviéndola en lugar de vivir de ella parasitariamente.

La regulación horaria no solo encarece los precios. Favorece al ocioso frente al trabajador (al que tiene voluntad de servir), perjudica al consumidor y genera enormes costes económicos y políticos para el ciudadano. Por ejemplo, el sector de Osona recibió en 2008 subvenciones valoradas en 600.000 euros. ¿Por qué buscar el beneficio en el cliente cuando lo paga la administración? Los comerciantes que defienden el control horario no tienen ninguna voluntad de servir al cliente, son funcionarios privados que viven a expensas del dinero y la libertad del ciudadano: son dinosaurios a extinguir.

A nivel político, los comerciantes se reúnen en lobbies para presionar al Gobierno de turno vendiendo su voto y silencio a cambio de represión comercial. Cuando la economía está al servicio de las empresas y del Gobierno, ésta pierde su finalidad. El único objetivo del mercado es servir al cliente. Es una vergüenza que en la Cataluña del s. XXI aún existan imposiciones medievales de este tipo. Afortunadamente para nosotros los consumidores, este tipo de comercio trasnochado, ñoño y casposo tiene las horas contadas. En internet hay libertad de horarios. ¡Viva CasadelLibro.com y Caprabo en Casa!

Jorge Valín es miembro del Instituto Juan de Mariana

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