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Colegio y problemas familiares

Si usted quiere abrir una escuela necesita un sinfín de licencias que pueden tardar más de un año en llegar, según la desidia del funcionario que le toque. No es de extrañar que aparezcan guarderías y escuelas que carecen de los permisos necesarios.

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La semana pasada empezaron a cerrar las escuelas para dar paso a las vacaciones de verano, con lo que se inician los clásicos conflictos para las familias. ¿Qué hacer con los niños hasta septiembre? Muchos padres se quejan que los maestros hacen demasiadas vacaciones y que por cada servicio adicional han de pagar una importante cantidad de dinero. A la incómoda situación se añaden lo caras que son ya las escuelas privado-concertadas y la rigidez de sus horarios. Para solventar la situación, profesores y padres reclaman lo mismo: mayor intervención del Estado para que desvíe fondos públicos a las escuelas y que estas puedan contratar más gente, y a la vez, reduzca el desembolso familiar hacia estas empresas.

¿Cree que la falta de plazas y poca flexibilidad de las escuelas es un problema de dinero? No del todo. Cuando empieza el año escolar, salen noticias alarmándonos de la falta de centros. Este mismo año hemos podido leer que hay guarderías donde la lista de espera es de dos años o localidades donde más de la mitad de los solicitantes se quedarán sin plaza. Si tan fuerte es la demanda, ¿cómo es que hay tan poca oferta? La diferencia entre alta demanda y poca oferta genera automáticamente un amplio margen empresarial que se reduce con el tiempo debido a la entrada de competidores, hasta llegar a un punto en el que se estanca. Pero no es el caso de guarderías ni escuelas, donde la oferta es deficiente de forma crónica.

Si usted quiere abrir una escuela necesita un sinfín de licencias que pueden tardar más de un año en llegar, según la desidia del funcionario que le toque. No es de extrañar que aparezcan guarderías y escuelas que carecen de los permisos necesarios a pesar que su calidad sea más que aceptable. El gran número de requisitos oficiales a cumplir, la gran inversión a desembolsar por parte de los empresarios, la enorme paciencia que han de tener con los funcionarios y la continua modificación de normas surgidas de los caprichos de unos políticos que ofrecen subvenciones discrecionalmente hacen que la oferta sea muy inferior a la demanda.

La gran regulación provoca que el sector funcione como un monopolio con grandes barreras de entrada. Cuando a alguien se le ocurre una alternativa, como las ludotecas, el sector entero se lanza contra ella pidiendo que la regulen hasta el extremo. La idea de los lobbies de maestros es cargar de costes administrativos a las nuevas iniciativas para dañarlas en el mayor grado posible. La excusa es la que usan todos los grupos de presión minoritarios para perpetuarse en el tiempo a costa de los demás: la presunta falta de calidad, seguridad y buen servicio de sus competidores. Parece irónico que las guarderías y escuelas hablen de buen servicio cuando tienen el horario que les da la gana sin que les importen ni lo más mínimo las necesidades de su teórico cliente.

Cuando los políticos se ocupan de un asunto que afecta a la sociedad, la repercusión siempre es la misma: colas, ineficiencia y mala calidad. La justicia, por ejemplo, es un monopolio del Estado. Esto ha provocado que actualmente existan dos millones y medio de casos por resolver. La administración ni siquiera puede ofrecerse a sí misma la calidad que exige a los demás. Ahora, por ejemplo, el Ayuntamiento de Barcelona tendrá que indemnizar con más de 40.000 euros a unos trabajadores por intoxicarlos con insecticida. Claro que no se tiene que preocupar por la multa, porque la está pagando usted con el dinero de sus impuestos.

El único interés que tiene el Gobierno y las administraciones locales en controlar la educación no es ofrecer un mejor servicio, sino adoctrinar a los más jóvenes de la sociedad y ampliar su voto cautivo al sector de los educadores para que dependa de los favores del Gobierno central y local. Las escuelas no nos sirven a nosotros, sino a los políticos, que son quienes realmente les pagan con nuestro dinero mediante subvenciones para los sueldos de profesores, el material informático, la "atención a la diversidad" y todo lo que sea necesario para establecer vínculos firmes con los políticos. Además, no sólo pagamos parte de la educción de nuestros hijos, sino también la de otros que no conocemos. Usted está pagando los profesores de otros niños aunque no tenga hijos, aunque aún teniéndolos ya no estudien o no hayan empezado a hacerlo. Lo va hacer hasta que muera. Y no lo hace por un acto de amor, sino por coacción institucional. Por más que les duela a los socialistas, el amor a punta de pistola no es amor, sino violación. En eso consiste que el Estado se meta en educación.

Los políticos han de salir de la gestión empresarial de las escuelas privado-concertadas porque sólo nos causan problemas sociales y económicos. Una escuela tiene la misma estructura económica que una zapatería, un gran almacén o un concesionario de coches. Todos ofrecen un servicio por el que cobran y donde la demanda es suficiente como para crear una amplia estructura competitiva que, consiguientemente, abarataría costes y reduciría el precio final para el cliente (nosotros); podría ampliar servicios y, en lugar de ser un sector continuamente precario, daría dinero a una gran parte de la sociedad.

Jorge Valín es miembro del Instituto Juan de Mariana

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