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Demos una oportunidad a la libertad

Desde el punto de vista económico y civil, la sociedad más que nunca necesita: menos regulaciones, menos burocracia, menos Estado y más libertad para que el ciudadano gestione su dinero como le dé la gana.

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Cuando dos personas se ponen a arreglar el mundo, casi siempre ocurre lo mismo. Cada uno moldea la sociedad según su parecer abogando por nuevas leyes y regulaciones con la misma impasibilidad con la que oyen llover. Banalizan medidas que suelen ser profundamente traumáticas. El mejor ejemplo es el trato contra la inmigración, los impuestos a las rentas altas, las prohibiciones a estilos de vida no mayoritarios o a cualquier cosa que se tacha de incívica... Esta forma de arreglar las cosas no sólo ocurre entre las personas de la calle; también se produce en los grandes directivos, políticos o gerentes. Una de las razones que explica este proceder es que las personas son seguidoras de tendencia innatas y simplemente cambian aspectos de cosas que ya existen amoldándolas a su parecer. Muy pocas personas son rompedoras y apuestan por cambios de tendencia bruscos; cambios de sistemas incluso. A estas personas se les llama radicales.

En el centro de Europa, y algunas partes de Reino Unido por ejemplo, han probado algo nuevo para aliviar el tránsito y la congestión en la ciudad: han eliminado las señales de tráfico y los semáforos. ¿Los resultados? Menos congestiones, menos estrés para los conductores, menos accidentes y, sorprendentemente, la gente llega antes a sus destinos.

Podríamos pensar que todo es resultado de la casualidad, pero muchas cosas funcionarían mejor si pensásemos contra tendencia, o mejor dicho, al revés de todo. Creemos durante un momento nuestro mundo particular. Un mundo más libre. Demos una oportunidad al orden espontáneo porque tal vez es la razón por la que las cosas van bien.

Eliminemos todos los estímulos. El Gobierno de España ha destinado una cantidad espeluznante de dinero a los estímulos económicos. Hasta el punto de que nuestro país corre el riesgo de entrar en default y de ser intervenido. Todo ello con el dinero de nuestros impuestos. Obama ha hecho lo mismo pero a lo grande. En Estados Unidos van a por otra ronda de estímulos ante el fantasma de una segunda recesión. Ambos países están destrozados y la deuda no pronostica buenos tiempos para los pagadores de impuestos. Fíjese por el contrario qué ha hecho el Gobierno de Alemania. Poco después de empezar la crisis, realizó el recorte más duro de toda la eurozona. No están para tirar cohetes ni mucho menos, pero sus últimos resultados han sorprendido al propio Gobierno y a los analistas económicos. La conclusión tal vez sería que el dinero donde mejor está es en el bolsillo del ciudadano en lugar de en las manirrotas zarpas del Estado.

Eliminemos el subsidio de desempleo gubernamental. Tal vez los largos plazos del subsidio crean no sólo mayores impuestos al ciudadano y mayores costes al trabajo, sino también la cultura del desempleo. En el momento en que alguien pierde el trabajo y el Estado se "responsabiliza", el incentivo para el parado es claro: volverse irresponsable hasta el momento en que finaliza el subsidio. El paro estatal no es un seguro de desempleo, es una renta para rentistas estatales. La economía privada, compañías de seguros, lo harían mejor que el Gobierno, sin necesidad de entrar en el espectacular moral hazard que provoca el Gobierno.

Eliminemos los impuestos al trabajo. Entre la parte del trabajador y de la empresa, un asalariado en España paga la mitad de su salario bruto al Gobierno. Eso significa que el trabajo en España, sobre la productividad real del trabajador, es un 50% más cara que en otro país que no tenga tales impuestos. Fíjese que el Gobierno ha facilitado el despido, pero algo más eficaz habría sido eliminar esta parte importante del coste al trabajo. El trabajador no se habría dado ni cuenta del cambio. Algo que no ha ocurrido por el simple hecho de seguir inflando las arcas gubernamentales (públicas).

Eliminemos la burocracia. Qué sentido tiene que una persona pierda más de dos meses de su vida en montar un negocio simplemente rellenando papeles para el Gobierno y pagando tasas. Con esta burocracia, ¿el camarero servirá mejor el café, el peluquero cortará mejor el pelo o el cocinero cocinará mejor? La tierra de las buenas intenciones que practica el socialismo sólo está llena de pesadillas y horrores.

Eliminemos ministerios, políticos, reguladores, funcionarios, subvenciones. ¿Qué nos está aportando esta gente a la que mantenemos? Problemas. El Gobierno tiró la casa por la ventana en época de crecimiento. Llega la época de crisis, ¿y qué hace? ¡Gastar más! Pero no su dinero, sino el nuestro. Qué bobada más grande que durante una crisis tan acentuada nos suban los impuestos y su único resultado sea el de habernos convertido en el país con peor tendencia de la UE. Su dinero ahora mismo se está tirando en cosas como crear una perreras de 7,6 millones de euros.

En los tiempos que corren, la solución no pasa por más de lo mismo ni por seguir la tendencia. Pasa por dar un vuelco radical. Desde el punto de vista económico y civil, la sociedad más que nunca necesita: menos regulaciones, menos burocracia, menos Estado y más libertad para que el ciudadano gestione su dinero como le dé la gana sin un tirano de la producción que se adueñe de su trabajo con el único propósito de someterlo todavía más. Demos una oportunidad a la libertad. Como nunca lo hemos probado, quién sabe, tal vez funciona y somos más prósperos y felices.

Jorge Valín es miembro del Instituto Juan de Mariana

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