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Las amenazas al gobierno funcionan

La conclusión que hemos de sacar es clara: organízate, quéjate por todo, chantajea al gobierno y usa la violencia de los piquetes contra los que no están de tu parte para conseguir tus fines

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El último acuerdo del gobierno con los transportistas nos ha mostrado una vez para qué sirve el estado y cómo funcionan los grupos de presión en una democracia donde el poder político es omnipotente.
 
El sector de los transportistas ha conseguido la mayoría de sus exigencias a costa de amenazas, paros y violencia. La conclusión que hemos de sacar es clara: organízate, quéjate por todo, chantajea al gobierno y usa la violencia de los piquetes contra los que no están de tu parte para conseguir tus fines. Es muy duro que una sociedad se tenga que fundamentar en estos valores. El problema es que si funciona a uno, ¿qué impide que el resto de sectores que están agrupados en diferentes asociaciones no hagan lo mismo? Nada. El poder omnipotente, partidista y despótico del gobierno genera siempre el caos y la miseria colectiva.
 
La pregunta que nos hemos de hacer, como actos económicos individuales, es: ¿Qué gano con este tipo de sociedad planificada y partidista? Nada tampoco. Fíjese que en la sociedad actual basada en la barbarie socialista sólo ganan los que se organizan en grupos que usan los métodos antes mencionados a expensas de los que no están organizados. Usted como consumidor pierde porque el estado le roba sin recibir nada a cambio, y usted como asalariado, empresario de otro sector… también pierde. Al final somos la mayoría de la sociedad que tras ir perdiendo poder adquisitivo continuo mediante los impuestos e inflación que genera el estado (inflación crediticia aumentando la oferta monetaria) alimentamos a una minoría gritona e histérica que cree que cualquier medio justifica su fin. Les es más fácil amenazar a la sociedad y al estado que recurrir al pacífico libre mercado.
 
El remedio a esta situación de caos y barbarie es muy simple: más libertad económica, o lo que es lo mismo, más Capitalismo. El gobierno no ha de entrometerse en los asuntos privados de las personas ni en sus negocios, y no sólo porque hace ganar a unos a expensas de los otros, sino porque el estado no es nadie para gestionar nuestros ingresos, ahorros e inversiones como le plazca.
 
En un estado de laissez-faire absoluto estas cosas no pasan. En una sociedad que convive bajo el pacífico paraguas del laissez-faire cada uno es responsable de sus acciones, ya sean buenas, malas o fortuitas. No se castiga, como sucede actualmente, al menos indefenso para dárselo al quejica y al violento. Y es esta garantía también la que hace que las cosas funcionen y nosotros, como actores económicos en conjunto, ganemos más.
 
En una sociedad libre (laissez-faire) cuando un sector empieza a morir o se debilita sus recursos se reubican en otros escenarios de la producción donde son más necesarios, es decir, se destinan los factores productivos (trabajo, capital…) a las cosas que el consumidor desea. No se mantienen sectores muertos o sobre explotados. Este flujo continuo es lo que permite además la innovación y creación de riqueza. Los impuestos, leyes que pretenden regularlo todo y grupos de presión dinamitan esta armonía creando el caos económico y social.
 
Evidentemente, las quejas de los transportistas son lógicas, y es que el auténtico culpable de la situación es el gobierno económicamente asfixiante que no piensa en más que recaudar. Pero la solución no es hacer leyes especiales a un sector porque pueda quejarse más, sino eliminar la injusticia que genera el estado, y esto sólo puede ser reducir drásticamente las leyes, impuestos y el propio estado.
Jorge Valín es miembro del Instituto Juan de Mariana

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