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Realidad económica, ficción política

Cualquier alteración artificial y políticamente correcta de la sociedad mediante la imposición de nuevas leyes repercute directamente en nuestro bienestar y nuestra riqueza. Entonces nos daríamos cuenta de que política y economía sí están relacionadas.

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¿Cree que Zapatero será capaz de sacarnos de la actual crisis? ¿Y Rajoy? ¿Y cualquier otro político? Si usted realiza estas preguntas a diferentes personas sin un grado de politización especial, muy probablemente le digan que no confía en ninguno de ellos para solucionar ningún problema económico. ¿Entonces para qué sirven los políticos?

Desde hace unos años, en España se ha ido abriendo cada vez más la brecha entre realidad socioeconómica e ilusión política. En las últimas elecciones catalanas, por ejemplo, sólo votaron poco más de la mitad de los censados. El Gabinet d'Estudis Socials i Opinió Pública (GESOP) achacaba el fenómeno al "descontento con los políticos". Según un estudio de la UNED, desde el año 2000 el porcentaje de jóvenes entre 15 y 24 años que recela de la política y los políticos ha pasado del 15% al 56%. Adicionalmente, más de un 30% de los jóvenes considera la política intranscendente.

¿Y por qué sigue apoyando la gente a esos personajes que tan apáticos e incompetentes parecen? Tal vez sea una cuestión políticamente correcta. La política y cada una de sus ramas, concretamente la política económica, se han desprendido del todo de la realidad. La reacción del ciudadano y actor económico es que la economía no es una cuestión de Estado. Los políticos sirven para hacer un mundo más utópico y de color de rosa. Si algún burócrata anuncia medidas favoreciendo el ecologismo, la discriminación positiva y multas a las empresas y lo dice riendo afirmando que es para el bien común, muy probablemente gane un sinfín de votos. Curiosamente, cuando esas medidas se aplican y se han de subir los impuestos, se encarecen los alimentos básicos por las subvenciones a los carburantes "bio", se han de colocar a personas no válidas en cargos de responsabilidad para cubrir cuotas, la corrupción crece dramáticamente y las leyes parecen más un sistema de financiación alternativo del Estado que un medio para establecer la justicia, entonces el ciudadano considera tal situación una injusticia.

Tal incongruencia sólo se explica porque el ciudadano no establece correctamente las relaciones entre causa y efecto, pues cree que el mundo de lo políticamente correcto y el de la economía son dos caminos totalmente diferentes. Ser ecologista, feminista, igualitarista y estar a favor de cualquier sistema que delegue la libertad individual a un jerarca político es la moda y lo fácil. En un sistema donde nadie es responsable de sus actos porque todo está delegado al jerarca político, es evidente que el más socialista y populista es el que más réditos económicos y políticos ganará independientemente de las acciones que después tome. El mundo de la política es la proclamación de las buenas intenciones, pero no de los buenos resultados, todo lo contrario que la vida real. Siempre existen excusas para justificar que una medida política no haya funcionado, por ejemplo culpar a los empresarios, al egoísmo del ser humana y a la insolidaridad ciudadana.

De una forma intuitiva ya todos hemos asumido que nadie nos sacará de la crisis, y hemos tomado una visión determinista asumiendo que en el futuro inmediato seremos más pobres. Tal vez un mejor paso sería ver de una vez que cualquier alteración artificial y políticamente correcta de la sociedad mediante la imposición de nuevas leyes repercute directamente en nuestro bienestar y nuestra riqueza. Entonces nos daríamos cuenta de que política y economía sí están relacionadas, y que concretamente políticos y economía son términos opuestos. A más política y más poder para los burócratas, menos bienestar individual. No podemos tener hospitales "gratis" y esperar que no haya colas, porque algo así sólo significa convertir la demanda en infinita mientras que la oferta siempre es limitada. No podemos vivir en el lujo de la tecnología y disfrutar de los abundantes gadgets que nos hacen la vida más cómoda y pretender a la vez cerrar todas las centrales nucleares o que tengamos los mismos consumos energéticos que nuestros abuelos. Tampoco podemos ir repartiendo decenas de millones de euros al subdesarrollo y a la vez tener unas mejores vacaciones o una mejor educación (privada) para nuestros hijos.

Las utopías son irrealizables, pero si consentimos que el Gobierno las realice sólo avanzamos a la tiranía y pobreza. Política y economía son dos conceptos demasiado unidos y no podemos separarlos. Cuanta más política, más pobreza y menos individualidad. Cuanta más economía libre, más producción, más alternativas y más libertad para que seamos nosotros mismos quienes manejemos nuestras propias vidas hacia nuestras propias metas.
Jorge Valín es miembro del Instituto Juan de Mariana

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