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Jorge Vilches

Criticar el franquismo

Es preciso recordar que hacer oposición o criticar a los socialistas no obliga a asumir como bueno lo que la izquierda desprecia.

Jorge Vilches
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El artículo de Pío Moa titulado Defender el franquismo contiene una serie de errores conceptuales e historiográficos. Intentaré rectificarlos en un esquema. Comenzaré por las equivocaciones en los conceptos de orden politológico y sociológico, continuaré con los tópicos franquistas que pueblan el relato de Moa, y terminaré por el legado negativo de aquel régimen.

  1. No desde la democracia liberal. El elogio del franquismo desde los postulados del liberalismo es imposible, por la sencilla razón de que el pensamiento liberal se funda en el reconocimiento y garantía de los derechos individuales, a través de una Constitución elaborada por los representantes electos de la sociedad. Señalar la diferencia con cualquier momento del régimen de Franco es tan obvia como recordar la censura que los liberales hacemos de cualquier tipo de dictadura contemporánea, pasada y presente. La defensa de la supuesta necesidad histórica de una dictadura es impropio de liberales, y característico de los amantes de la ingeniería social de izquierdas y de derechas. Hay bastante literatura al respecto, desde Locke a Hayek o Popper.
  2. El origen de la democracia de 1978. La Transición la hizo posible la articulación pacífica de la sociedad civil, no el que se pasara de "la ley a la ley", que no fue más que un eslogan de las postrimerías franquistas, inventado por Torcuato Fernández-Miranda, que no se sostiene nada más que por su deseo de controlar el proceso tanto como de evitar los conflictos y la exigencia de responsabilidades. En filosofía política y derecho político y constitucional se distinguen las leyes que conforman un régimen atendiendo a los principios de consentimiento y legitimidad. Las leyes franquistas carecían totalmente de esos dos principios desde el punto de vista de la democracia liberal, por lo que no son equiparables con las posteriores a junio de 1977, y por tanto la idea de pasar de "la ley a la ley" se asienta sobre un artificio. Pensar lo contrario es encontrar la legitimidad de nuestra democracia en el franquismo, tal y como hacen sus enemigos nacionalistas y la izquierda radical.
  3. Totalitario o autoritario. Este error procede de entender todo el franquismo como un bloque, cuando no lo es –lo explico más abajo– y de una confusión de conceptos. El totalitarismo se distingue, y sigo a Hannah Arendt, por tener una ideología oficial y excluyente –que aquí fue el falangismo entre 1936 y 1945–, que explica la Historia, justifica el régimen y sus políticas, le da una argumentación y una simbología al tiempo que destruye la libertad de conciencia y expresión, bases de la convivencia humana y por ende de la democracia. Recordemos, por ejemplo, que en 1939 los falangistas no permitieron que se publicara otra vez El Debate, el órgano de la CEDA. El totalitarismo, además, destruye las instituciones ciudadanas y civiles, que son ocupadas por gente de su cuerda política o sustituidas por otras organizaciones. Además, el control de la población en su vida privada y pública es obligado, para lo que se utiliza la educación y la información en la transmisión de consignas; así como la represión: el Terror –la ausencia de seguridad jurídica– es la forma y el fondo del régimen. A esto se le suele añadir el militarismo, producto tanto de la necesidad de control como del victimismo frente al enemigo interior y exterior; y la identificación de un "culpable histórico" –los masones, los liberales, los judíos, los comunistas...–. El propósito es la aniquilación física y sociológica del "enemigo". Una vez más vemos que es imposible defender el franquismo desde la democracia liberal.
  4. Fue totalitario y luego autoritario. El régimen de Franco fue totalitario entre 1936 y 1945, en la etapa de dominio de Falange, cuando se identificó el régimen con la Alemania nazi y la Italia de Mussolini, y se produjeron la mayor parte de asesinatos de los "enemigos de España". En esto coinciden historiadores tan reputados como Juan Pablo Fusi o Stanley G. Payne. A partir de aquí, existe una coincidencia bastante extendida de considerar el año 1959 para separar etapas. La que comienza entonces con el Plan de Estabilización y la marginación parcial de los totalitarios es de corte autoritario, cuando se buscó no la aniquilación sino la obediencia a través de una mejoría social gracias a las libertades económicas. Se quiso pasar de la legitimidad de la guerra a la legitimidad de la prosperidad. Fracasaron. Por cierto, si un régimen con libertades económicas fuera defendible desde la democracia liberal, entonces habría que defender a la dictadura china. En esto hay que tener los conceptos claros.

Paso a los tópicos historiográficos franquistas:

  1. No evitó la revolución. El golpe de Estado del 18 de julio no evitó la revolución, sino que la alimentó y le dio una coartada. El estado de guerra en el que quedó sumida la República dio un poder a los revolucionarios para eliminar a sus enemigos sin cortapisa legal, mucho más allá de lo que nunca habían imaginado que permitiría un gobierno del Frente Popular. No hay más que fijarse en la planificación, ejecución e impunidad de la matanza de Paracuellos en la temprana fecha de noviembre de 1936, y en el terror planificado por las checas y grupos autónomos. La peor cara de la revolución, la liquidación social, se produjo en las zonas de España que controlaban. Las cifras del terror revolucionario están ahí para el que las quiera ver.
  2. Franco no libró a España de la II Guerra Mundial. Vamos, que ni que hubiéramos sido Suiza. Franco no sólo prestó su apoyo moral y comercial a Alemania e Italia, sino que envió a la División Azul –aunque fueran voluntarios–. Lo peor de todo fue que, debido a la actitud de Franco, los vencedores trataron a España como un país derrotado y sin redención posible: no tuvimos la ayuda económica ni la imposición de la democracia de la que disfrutaron los vencidos. Franco, en todo caso, se libró a sí mismo de una guerra que le hubiera derrocado, pues los soldados norteamericanos, como hicieron en Italia, se hubieran paseado de Sur a Norte. Y quién sabe si Franco no hubiera acabado como Mussolini, expuesto en una gasolinera de CAMPSA, abandonado por un ejército donde existían importantes núcleos monárquicos y una sociedad cansada de guerra. Por eso Franco cedió a la presión de los aliados en 1944 para que volviera la División Azul, cesara el comercio de wolframio con Alemania –imprescindible en la industria armamentística– y terminaran las facilidades para el espionaje alemán. Lo contrario es parte de la propaganda del régimen para presentar a Franco como el "salvador", el "padre que vela por sus hijos".
  3. La democracia no era posible. El tópico franquista nos presenta a una sociedad rendida al caudillo, escaldada del "régimen rojo" y donde los demócratas eran grupúsculos insignificantes. Lo mismo se podría pensar de una Alemania desolada por el nazismo, que liquidó física y sociológicamente a la oposición, y que carecía de tradición democrática anterior a 1945. Pues aquellos grupúsculos insignificantes construyeron la RFA, una democracia sin comunistas ni nazis, que fue la envidia de unos españoles que emigraban a millares a ese país para poder sobrevivir. Es más, los partidos españoles que hoy tenemos, pensemos en el PSOE, no eran antes de 1975 otra cosa que... grupúsculos insignificantes. Y es que los partidos los hacen las elecciones.

Para terminar, sólo quiero hacer una relación de algunos males sociológicos y culturales que nos ha legado el franquismo:

  1. Leyenda negra e inferioridad. La necesidad del régimen de Franco de sobrevivir hizo que se pasara del apoyo a nazis y fascistas en la II Guerra Mundial a definirse como régimen "típicamente español", lo que era una falsedad histórica que ahondó la leyenda negra internacional y el complejo hispano de inferioridad. Los españoles debían resignarse a una dictadura porque no estaban preparados, como el resto de europeos, para el ejercicio ordenado de los derechos individuales, de la libertad y la democracia, de la que siempre se aprovechaban, decían, los "enemigos de la patria". Típico argumento de dictadura, que se puede oír en los estalinistas, castristas o chavistas.
  2. El franquismo se apropió de la españolidad y de sus símbolos. El buen español era franquista, y si no era franquista era enemigo de España. Esa apropiación ha dificultado el respeto al nombre, la Historia, los personajes y los elementos comunes por su simple y equivocada identificación con una dictadura.
  3. La Iglesia y Franco. El franquismo configuró una idea de España y de su Historia acorde a las necesidades del dictador, tomadas de interpretaciones tradicionalistas que ya estaban trasnochadas en el siglo XIX. Cuando el falangismo fue una ideología inútil para conformar el régimen, lo sustituyó por el catolicismo. La catolicidad daba a España su personalidad histórica internacional, y se encarnaba en la dictadura de Franco. Esta identificación entre un régimen dictatorial y una religión, a pesar de los postreros esfuerzos de Tarancón en los setenta, ha perjudicado a la Iglesia española, que día a día ve menguadas sus filas. El ejemplo contrario es Polonia, donde la Iglesia se identificó con la libertad gracias a Juan Pablo II.

Hay mucho más que decir, pero lo importante ahora es recalcar la imposibilidad de defender el franquismo desde la democracia liberal, y desmontar los errores más gruesos de la interpretación franquista de la Historia. Es preciso recordar que hacer oposición o criticar a los socialistas no obliga a asumir como bueno lo que la izquierda desprecia.

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