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Jorge Vilches

Después del plebiscito

El adanismo de los zapateristas es insólito. "¡Quieren tomar estas elecciones –dicen ahuecando la voz cual histrión– como un plebiscito sobre la política del Gobierno!" Pues claro.

Jorge Vilches
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Sin duda, el 27-M votaremos valorando la gestión municipal y autonómica, la pulcritud legal y la eficiencia de alcaldes y presidentes autonómicos. Pero tampoco cabe ninguna duda de que, como ha sucedido desde la municipales de 1979, estas elecciones son algo más.

Por eso, el adanismo de los zapateristas es insólito. "¡Quieren tomar estas elecciones –dicen ahuecando la voz cual histrión– como un plebiscito sobre la política del Gobierno!" Pues claro. Cuando el Ejecutivo socialista ha utilizado esta legislatura para darle la vuelta al calcetín constitucional e inventarse otras reglas de juego, ¿qué esperaban? Cuando han comenzado la campaña electoral con la cancioncilla del 11-M y la guerra de Irak, ¿qué creían? Cuando han dicho que está en juego el liderazgo de Rajoy en el PP, ¿cómo pensaban que iban a reaccionar los populares? Cuando se ha permitido que ETA-Batasuna se presente a las elecciones enmascarada de ANV, ¿qué querían, aplausos?

Y no han servido medidas de distracción, en una campaña electoral centrada en dos cuestiones, la corrupción y el terrorismo, que no son comparables. La primera, los negocios ilegales vinculados al urbanismo, son delitos perseguibles, enfermedades con paliativos, cuyos autores no se convierten en interlocutores políticos ni en hombres de paz. No. Son personajes a los que se puede juzgar y encarcelar. Porque el Estado de Derecho, aquí y en cualquier país democrático, funciona así.

Un tema distinto es el del terrorismo. Y es distinto porque su inclusión en la vida política es un atentado contra los valores y principios democráticos. Porque el tratar con "normalidad" la presencia institucional de los que sostienen la bondad del asesinato, la extorsión y la eliminación de los derechos del adversario genera un daño al sistema de imposible reparación.

El mal irreparable es evidente. Si la presencia de ANV en la campaña le ha servido a ETA-Batasuna para fortalecer su organización y su moral, reventar los actos electorales de los partidos democráticos, irrumpir en las sesiones institucionales, ponerle una bomba al candidato socialista a la alcaldía de Getaria, o llevarle en mano el laxante al ministro Bermejo, ¿qué será cuando vuelvan a cobrar del presupuesto y dispongan de toda la información municipal?

La concurrencia de ANV a las elecciones, además, es el resultado de una política inédita en el mundo occidental después de 1945. Es el caso de un Gobierno cuyo deseo desmedido por pactar con el terrorismo agonizante y colgarse la medalla de "la paz" no sólo ha resucitado a una banda terrorista, sino que le ha dejado a su merced.

Por esto, en suma, el 27-M es también un plebiscito sobre la política del Gobierno. Vote o no a su alcalde o presidente autonómico favorito, el resultado electoral diseñará los futuros pactos parlamentarios y de gobierno, las alianzas y la perspectiva de cambio para 2008, y, sobre todo, se interpretará como un respaldo o una desautorización al camino emprendido por el zapaterismo.

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