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Jorge Vilches

El hombre que susurraba a los votantes

Se va a poner en marcha una estrategia para separar a los socialistas de sus aliados nacionalistas y ganarse al elector cívico, ese votante que delega su confianza no por sectarismo, sino por convicción.

Jorge Vilches
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El nuevo mando recibido por Rajoy en Valencia tiene el sentido de otorgarle la posibilidad de crear otro tipo de oposición. Tal y como ha dicho, se trata de "hacer lo mismo, pero mejor". La sentencia es moldeable y, cómo no, pueden sacarse de ella varias interpretaciones.

En el mejor de los casos significa que se va a poner en marcha una estrategia para separar a los socialistas de sus aliados nacionalistas y ganarse al elector cívico, ese votante que delega su confianza no por sectarismo, sino por convicción. Y todo esto sin desprenderse de los principios que conforman la columna vertebral de la derecha.

En este escenario, el PP de Rajoy debería acercarse a los separatistas vascos, catalanes y gallegos con un programa atractivo a las aspiraciones independentistas, pero sin que ello suponga, al tiempo, que el votante de la derecha se sienta defraudado. Este difícil equilibrio lo creen conseguir a través de una mejora de la comunicación; es decir, de la persuasión al elector liberal y conservador de que no sólo no pasa nada, sino que es mucho mejor para todos (y todas).

Llegados a este punto, se han percatado de que dicha propaganda no la pueden hacer a través de medios de comunicación que se han distinguido en los últimos años por la denuncia de los ataques a la constitucional nación de ciudadanos libres e iguales. Saben que modificar líneas editoriales, conciencias y libertades de expresión varias no es asunto sencillo ni rápido. Y las elecciones están a la vuelta de la esquina. La solución, sin embargo, es pintiparada: como el objeto es sustituir a los socialistas en el corazoncito del nacionalista y del elector cívico, qué puede haber mejor que utilizar a los medios "progres". De aquí su deferencia hacia el periodismo zapaterista, y su desdén hacia los otrora amigos del alma liberal.

La estrategia, entonces, marcará la mayor o menor firmeza en los principios, y la comunicación será la estrella de la tercera época rajoyista. Disfrutaremos, el que pueda y quiera, de esa retórica que enriquece el envoltorio quitando relevancia al contenido. Y el elector cívico, cada vez más cansado, con hastío por el vaivén eufónico, comprobará cómo aparece en escena ese tipo de político que le endosa "pedagogía, mucha pedagogía", sonriendo la alternativa política y susurrándole al oído, en el más perfecto estilo tecnocrático: "Lo que importa es la economía."

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