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¿Gobierno? ¿Qué Gobierno?

La percepción general es que el Ejecutivo no tiene un programa concreto, sólido e identificable para salir de la crisis.

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Uno de los ejes fundamentales de la historia del pensamiento político es la concepción del poder tanto como de sus consecuencias, al menos en lo referido a la organización del gobierno, al tipo de sociedad y al individuo. De la misma manera, buena parte de la historiografía occidental se ha dedicado a estudiar y analizar la evolución del poder político y de su entorno. La razón de tal dedicación es que ha servido –eso creemos– para ubicar al hombre y su momento; es decir, comprender la situación presente a través del conocimiento del camino pasado y de sus motivaciones, al tiempo que se aventuraban algunos principios o fórmulas para lo que se llamaba el mejor gobierno.

La dificultad ha surgido siempre cuando un gobierno ha adquirido características involuntarias, impensadas e imprevisibles que lo descatalogaban. Esto es lo que le pasa al Gobierno de Zapatero.

Bertrand Russell decía que un gobierno o un poder se identificaban por producir los efectos buscados. El fracaso del Gobierno de Zapatero por atajar la crisis le quita, en consecuencia, dicha categoría. Leibholz, por ejemplo, creía que el poder se caracterizaba por imponer su voluntad a los ciudadanos. En este sentido, hay quien vincula el poder con la coerción, como Weber, y otros con la influencia moral sobre los comportamientos, que es el caso de Meynaud. Hoy contamos con un Ejecutivo que carece de esa categoría profesional y humana, salvo alguna excepción, que convierte a un político en personaje ejemplarizante, moralizante o vivificador capaz de conseguir esa influencia moral. Es más; es bastante considerable la percepción social de que más de un ministro y ministerio deberían desaparecer. Y esto sin hablar de las paupérrimas valoraciones que obtienen en las encuestas de opinión.

La Historia, además, nos muestra el papel que han desempeñado los gobiernos en los momentos de crisis económica profunda. Aquellos que han emprendido la tarea de administrar los problemas con un programa concreto, sólido e identificable, han tenido éxito o han podido fracasar, pero el ciudadano tenía la sensación de que existía un gobierno, discutible, sí, pero un gobierno, un poder. La política, entonces, se podía rectificar o continuar. Otros, sin embargo, faltos de un proyecto real se ahogaron en la crisis.

El Gobierno de Zapatero es de estos últimos. La percepción general es que el Ejecutivo no tiene ese programa concreto, sólido e identificable para salir de la crisis, sino que la acción gubernamental sólo tiene dos caminos: las ocurrencias, que se corrigen, se desdicen y acaban teniendo vida propia, y el montar comisiones y mesas para oír las soluciones que otros actores políticos o sociales han pensado. Ni siquiera esa política asistencial que va goteando procede de un plan económico pensado, sino de un propósito improvisado de paliar los efectos electorales que pueda tener la crisis. Y ante esta situación, en la que el que padece los efectos de la situación económica ha de sentirse lógicamente desamparado, sin futuro a medio plazo, es cuando más se echa de menos la existencia de un gobierno que gobierne.

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