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Mucho antimonárquico, poco republicano

Nos encontramos en la peor de las situaciones posibles, que es aquella en la que la gente sabe lo que no quiere –una Monarquía en torno a la cual surgen personajes supuestamente corruptos–, pero no sabe lo que sí quiere.

Jorge Vilches
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La trama de corrupción establecida, presuntamente, por Iñaki Urdangarín, está consiguiendo que los monárquicos encuentren cada vez más dificultades para defender la conveniencia de la Monarquía. La simple mención del yerno del Rey desbarata cualquier argumento defensivo, que finalmente pasa por invocar la esperanza que se ha depositado en el Príncipe de Asturias, lo que deja el debate aplazado a un futuro incierto.

No cabe duda de que la mayor fábrica de republicanos en España, como en otros países donde subsiste la Monarquía, es la misma Familia Real. Pero no es que haya un proyecto construido, firme, debatido ni público de República, sino que va creciendo lentamente el número de antimonárquicos, lo que es muy distinto. Esto ya nos ha ocurrido dos veces en nuestra historia contemporánea, cuando los españoles se deshicieron de reyes corruptos o inútiles para la libertad, pero no fueron capaces de sustituirles por una dinastía mejor o por una República que supiera asentar firmemente la democracia liberal. Mucho antimonárquico, pero poco republicano.

El concepto de República, hoy, en España, sólo tiene dos significados. Uno es aquel que define la República por la ausencia de justificación racional de la Monarquía, a la que se vería como un sistema envejecido, anticuado, una especie de residuo del pasado incoherente con lo que normalmente se entiende por democracia, que viene a ser un "que el pueblo decida". Es una opción que se resumiría en una pregunta: "Si esto es una democracia, ¿por qué no elegimos al jefe del Estado?". Se trataría de un republicanismo basado en una interpretación superficial de sincronía política y de modernidad.

El otro significado entronca más con la definición redentora proveniente de principios del siglo XX: la República es una forma de gobierno que sirve para hacer justicia tras siglos de opresión social e institucional. De esta manera, la forma republicana es la bandera de los proyectos de la izquierda totalitaria cifrados en el anticlericalismo, el antimilitarismo (pero no enemigos de la violencia), el antiamericanismo y el anticapitalismo; en definitiva, en una República más cercana a las que se extinguieron con la caída del muro de Berlín, que a una verdadera democracia. Este tipo de republicanismo no entronca con la Constitución de 1931, sino con el Frente Popular de 1936, y se ha hecho más visible a raíz de la política de la "memoria histórica". Es un republicanismo de izquierdas, totalitario, que desprecia al resto de opiniones, victimista y revanchista, y que se cree poseedor de una superioridad moral y cultural sobre los demás. No, gracias.

Tampoco falta el que bajo la forma de Estado republicana diseña un perfecto sistema democrático de check & balances, con poderes independientes, con un poder judicial vigilante, un legislativo autónomo y un gobierno responsable, una combinación que, a su entender, sólo funciona en una República. Se trata de personajes aislados, voluntariosos en muchos casos, que idean para España, al viejo estilo de los románticos del XIX, alguna forma republicana ideal que en lugar de adaptarse a la sociedad española, debería ser ésta la que se adaptase a esa fórmula magistral. La simple proclamación de esta forma de gobierno arreglaría el desempleo, el déficit público, la corrupción de la casta política o el separatismo. Este tipo de republicanismo combina elementos de las democracias que ya funcionan, ya sean monarquías o repúblicas, con un voluntarismo que finalmente le pierde. Porque hay que reconocer que en una República, el PSOE de Zapatero habría gobernado exactamente igual de mal que en nuestra Monarquía parlamentaria.

Por esto nos encontramos en la peor de las situaciones posibles, que es aquella en la que la gente sabe lo que no quiere –una Monarquía en torno a la cual surgen personajes supuestamente corruptos–, pero no sabe lo que sí quiere.

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