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Jorge Vilches

Terror para cambiar un Gobierno

El terrorismo siempre ha tenido un objetivo político, desde el Septiembre Negro de 1972, teledirigido por Oudeh, el viejo amigo de Arafat, para atraer la atención mundial hacia la causa palestina, hasta el asalto del colegio de Beslán

Jorge Vilches
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El terrorista Jamal Zougam, detenido el 13-M, preguntó nada más salir de la Audiencia Nacional, cinco días después: "¿Quién ha ganado las elecciones?". Este interés por la incidencia política del terror no es nada nuevo. El terrorismo siempre ha buscado la consecución de un objetivo político o la influencia en la opinión pública. Tras treinta años de sufrir a ETA algunos deberían saberlo, aunque sean secretarios de organización del PSOE y hayan ganado legítimamente las elecciones del 14-M.
 
José Blanco, negando a Zaplana la motivación política de los atentados, ha tratado de eludir la influencia que tuvieron los acontecimientos del 11 al 14-M en las elecciones. Porque a los socialistas les pone nerviosos que no se considere su victoria el resultado de un inconmensurable movimiento de opinión, de un tsunami popular que barrió el autoritarismo de Aznar. Máxime si su acción de gobierno, en estos siete meses, ha sido una sucesión interminable de descalabros, salpicada por genuflexiones al republicano Carod.
 
El terrorismo siempre ha tenido un objetivo político, desde el Septiembre Negro de 1972, teledirigido por Oudeh, el viejo amigo de Arafat, para atraer la atención mundial hacia la causa palestina, hasta el asalto del colegio de Beslán, en Osetia del Norte, hace unos meses, a cargo de yihadistas, reivindicando la independencia de Chechenia. Desconocer el interés político del terror es hacerle el juego; tanto como justificarlo con la pobreza, el analfabetismo, la discriminación de la mujer o la opresión. Alan M. Dershowitz, de la Universidad de Harvard, cuenta en su ensayo ¿Por qué aumenta el terrorismo? lo que parece haberse perdido de vista: que los terroristas conocen la reacción de la opinión pública mundial a la violencia, y que se "recompensa" al terror encontrando "causas" que apuntan a Occidente, y tratando de anularlo con concesiones políticas, sociales o económicas.
 
Los objetivos del terrorismo son de tres tipos. Existen los atentados concretos y limitados, como el magnicidio, o la caída de un gobierno. También están los que buscan algo amplio, en lo que cabría la independencia de una región, o inconcretos e ilimitados, como la reconquista de Occidente para el Islam. En los atentados del 11-M hubo un objetivo político concreto, que fue la derrota del PP en las elecciones, y con ello, la variación de la política exterior española. Y esto se ha intentado disfrazar con la reivindicación de un objetivo político amplio, la retirada de las tropas de Irak, llevado a cabo por un grupo que tiene una motivación ilimitada, Al Qaeda.
 
Lo peor de todo esto no es que los desarrapados de Lavapiés esgriman torpemente, acudiendo a infantiles casetes de iniciación al islamismo, que fue una respuesta a la dominación occidental sobre el mundo musulmán. No. Sino que el ministro español de Asuntos Exteriores, Moratinos, se atreva a decir, en el programa 59 segundos, que los atentados de Madrid se produjeron por la guerra de Irak y que, por tanto, los responsables indirectos fueron Aznar y sus ministros. Mientras se justifique el terrorismo por la pobreza, la ocupación y la humillación, y se responda a los atentados culpando a los gobiernos democráticos –¿Qué pasaría si se hiciera lo mismo con los asesinatos de ETA?–, se fomentará el terror. Para lo que sea. Incluido el cambiar gobiernos.

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