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Engorros mortales

Ya no es necesario, por ocioso, el conocido dicho de la honorata societá: "haz que parezca un accidente". ¿Cómo que sólo parezca? Cualquier crimen es un accidente.

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Los clásicos siempre estaban condicionados por el dibujo celeste de las rapaces o el aspecto de los tumores de las ocas sagradas. El único cuyo comportamiento no estaba influido por pájaros y truenos fue el orgulloso Julio César, y éste, según cuentan, terminó peor que Cagancho en Almagro. Luego,  cuando se decidió que nadie tenía apuntado en el agua lo que debía a las fuerzas que gobiernan el cosmos, a tener una suerte u otra en la vida se le llamó azar, albur, efecto mariposa, "baraka" y mil cosas más. También se le llamó accidente.

Estaban los deterministas y los del libre albedrío, los fatalistas y los defensores del poder absoluto de la causalidad o la casualidad. Todo estaba inventado para interpretar lo que de malo o bueno nos ocurre en la existencia, hasta que ha llegado la revolucionaria teoría del actual presidente del Gobierno español sobre cómo ocurren los percances que nadie puede evitar.

Zapatero define los asesinatos y las bombas, sobre todo si son de ETA, como "accidentes mortales". A ver si lo hemos entendido: un señor pone una "lapa" con temporizador debajo de un coche, llega otro señor y arranca el coche, el coche explota y contra lo que pudiera parecer no hay ninguna conexión causal entre el primer señor, que pasaba por allí, y el segundo señor, al que hay que recoger de los árboles cercanos con la cucharilla del café. Eso es un "accidente mortal", es decir, un azar mortal o una casualidad mortal. Un inconveniente mortal. Porque si consideráramos que el primer señor ha sido culpable de la muerte del segundo, ya no sería un accidente ni un azar ni una casualidad ni un inconveniente, sino un crimen terrorista de grande como el sombrero de un picaor. Como diría don José Plà, "impresionante asunto".

No se había producido una aportación así a las humanidades desde que el considerado peor grupo femenino de cantautoras americanas adolescentes de toda la historia, las Jaggs, publicaron con dinero de su papá su celebérrimo Philosophy of the world, donde pedían por la paz del mundo de una manera muy similar a como lo hace Zapatero, y sin embargo en la tierra de las oportunidades no llegaron a presidentes de Gobierno sino sólo a amas de casa.

Hasta ahora, los accidentes ocurrían porque alguien estaba en el lugar justo en el momento equivocado, y la intervención humana se limitaba al descuido. Ahora se incluye dentro de la categoría de descuido el que una bala se aloje en la nuca de alguien porque la nuca se prolonga en el cañón de una pistola que a su vez termina en el brazo espontáneo de un paseante con afición a los "accidentes mortales". Ya no es necesario, por ocioso, el conocido dicho de la honorata societá: "haz que parezca un accidente". ¿Cómo que sólo parezca? Cualquier crimen es un accidente. Y, como todo el mundo sabe, en el 11-M los trenes de cercanías se salieron accidentalmente de la vía por esas cosas que pasan.

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