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Paro de definitiva duración

Con un veinte por ciento de parados que apunta maneras de convertirse en endémico "suelo" laboral, no hay por qué confiar demasiado en que todos se dediquen honradamente a recoger colillas con un bastón a la salida de los toros.

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Que han aumentado los delitos en España, aunque lo niegue el ministro de Interior Rubalcaba (supongo que muchos los habrá incluido en su nueva acuñación, los "casi delitos"), es tan simple como constatar que ha aumentado el paro de larga, en muchos casos prácticamente definitiva, duración. No esperaríamos que por el hecho de que las élites sindicales bien amarteladas no convoquen una huelga general la gente desesperada iba a mostrarse tan pacífica como alardea el presidente del Gobierno. Una de cada cinco personas en España, invisibles ya para el mercado, está al menos valorando su pase al lado oscuro. Al menos. Escuchando las esperanzas que ofrece el poco sospechoso de derrotista Rodríguez Zapatero ("no soy capaz de predecir cuándo se creará empleo") se acelera sin duda el proceso de reconversión. Es toda una invitación a aumentar la alarma de la Fiscalía.

Esto de reconocer que estamos en la España de palo y butrón, de pellizco o pinchazo, ya no es un arma ideológica usada por la Reacción. No es un "estado de opinión" cocinado en los tés de las viudas de los caballeros mutilados de la Cruzada, como se decía en la Transición entre los rupturistas para denunciar que la involución nostálgica podía venir por el miedo de la ciudadanía más rancia a los "quinquis", navajeros y pasotas. Que por otro lado era un miedo perfectamente basado en aquella realidad color marrón: la Transición, caída la vieja autoridad y aún no reconocida la nueva, fue patio soleado para delincuentes de baja estofa, oliscadores de bolsas de pegamento y "chilladores de ruedas", que pasaban para la izquierda por protestatarios e ideólogos contra el régimen anterior.

Con un veinte por ciento de parados que apunta maneras de convertirse en endémico "suelo" laboral, no hay por qué confiar demasiado en que todos se dediquen honradamente a recoger colillas con un bastón a la salida de los toros como hacía aquel parado del realismo de los años cincuenta de Ladislao Wajda, el tío Jacinto. A mí no me salen las cuentas de la "paz social" ni con los pocos cientos de euros con que humilla el Estado mensualmente a quienes no tienen ingresos: con eso que da el Estado, y como diría Groucho Marx, los parados sin derecho a prestación vivirán como un príncipe. "Claro que no podrán comer, pero vivirán como un príncipe".

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