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Más fuerte que el odio

Amancio Ortega no se arredra ante la envidia y el odio y seguirá con sus proyectos solidarios, que son muchos e importantes.

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La donación de 20 millones de euros por parte de la Fundación Amancio Ortega a Cáritas Española ha desatado la ira de gentes de la izquierda y de la bien instalada progresía cultural. Nada nuevo bajo el sol, por otra parte, porque el hipercriticismo de nuestra intelligentsia hacia todo lo que signifique empresa, iniciativa privada, mercado libre, libertad individual, familia, es decir, las raíces y valores de nuestra civilización occidental grecorromana, es denostado y zaherido constantemente por el mundillo cultural izquierdista, cuyas obras suelen financiarse, vía subvención, con los impuestos de las empresas a las que tanto detesta.

La inmensa mayoría de este lobby progre milita en la función pública: un vasto territorio donde se vive apaciblemente porque la responsabilidad se difiere a un ente llamado Estado y además se tiene asegurado de por vida el sueldo. (Acabamos de saber que los funcionarios ganan entre un 30 y un 40 por ciento más que los trabajadores de la empresa privada, que son los que pagan la fiesta...). No es de extrañar, entonces, que esta izquierda de café y pancarta tenga como ideología el estatalismo, inspirado en los infames proyectos de ingeniería social del comunismo.

La historia nos enseña que cuanta más libertad de mercado hay, más progreso y prosperidad se crea. Pero ahí están las fuerzas reaccionarias y burocráticas para intentar deshacer esa ecuación liberal, como podemos comprobar en la España de nuestros días. "Un Estado muy fuerte lo que busca es su propio beneficio y no el de la sociedad civil", es la rotunda y lúcida reflexión del pensador inglés Roger Scruton, cuya obra va orientada a desmontar los maximalismos políticos y la burocracia que "nunca arregla nada".

El mecenazgo y la donación social surgen de dichas premisas. El hecho de que el empresario Amancio Ortega haya entregado a Cáritas 20 millones de euros se inscribe dentro de la mejor tradición empresarial de mecenazgo, que inunda países como Estados Unidos o Gran Bretaña. En estas naciones, tanto las grandes corporaciones como legiones de ciudadanos de clase media sostienen ambiciosos proyectos educativos (sus prestigiosas universidades privadas), culturales (sus grandes museos) o sociales (incontables instituciones similares a Cáritas). Las cifras de donaciones en EEUU son astronómicas: alrededor de 240.000 millones de euros cada año. Con este capital bien gestionado se sostiene la sociedad civil; y el Estado está sólo para regular y subsidiar allí donde no llega la iniciativa privada, además de para compensar fiscalmente todos estos ingentes recursos que ponen los ciudadanos al servicio de los menos favorecidos y del desarrollo cultural.

Es un modelo que implica menos Estado y más sociedad civil. Pero la mentalidad anglosajona no admite la incompetencia ni la picaresca, disfrazada muchas veces de política y estatalismo, algo que se tolera en países como España, donde se confía ciegamente en lo público.

Ortega, en cuyo imperio ya no se pone el sol, no se arredra ante la envidia y el odio y seguirá con sus proyectos solidarios, que son muchos e importantes.

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