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Triunfa el cainismo

El separatismo, que no independentismo porque no es ningún territorio colonizado, se ha consolidado en las elecciones.

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No hay nada nuevo bajo el sol de Cataluña. El separatismo, que no independentismo porque no es ningún territorio colonizado, se ha consolidado en las elecciones. Aunque el mascarón de proa de ese movimiento irreflexivo y caprichoso pero interesado llamado puyolismo haya bajado en votos, los compañeros de viaje por la ultraizquierda nacionalista redondean la mayoría para que dentro de poco el condado de Cataluña, después de que sus castas políticas hayan completado su demagógico plan, convoquen juntos y revueltos un referendo separatista, como si se tratase de un proceso de desconolización, cuando se trata simplemente de un arrebato cainita de los nietos y bisnietos de aquella burguesía catalana que se enriqueció gracias a las plusvalías que obtuvieron con el duro trabajo de cientos de miles de obreros llegados de todos los rincones de España. Ahora aquellos son pijos, envidiosos de la prosperidad común, y lo que quieren es tener un Estado propio, como si ello fuese un juego para una consola PS2, con la intención de imponer sus normas y consignas identitarias a una sociedad tutelada por unos medios de comunicación y una casta educativa acorde con este macabro ensayo de ingeniería social.

Por desgracia, sobran comentarios y sesudos análisis políticos porque a los nacionalismos vasco y catalán no hay quien los pare: el Estado borbónico, con sus dos partidos de cabecera, PP y PSOE, los ha sobrealimentado tanto que muy pronto darán el zarpazo definitivo. La regresión histórica es un hecho porque estos movimientos son reaccionarios y totalitarios en esencia y presencia: someterán a sus ciudadanos a la condición de súbditos de la inefable patria, como ya lo hacen ahora, pero después lo harán sin que la Constitución española les incordie.

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