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José Carlos Rodríguez

Gnosticismo financiero

Fueron engañados por Madoff, sí. Pero fueron engañados también por la mala literatura sobre el capitalismo, que es más generoso y ciego en las oportunidades que ofrece que lo que se cree.

José Carlos Rodríguez
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Mark Madoff no ha querido ver un nuevo día. El hijo mayor del famoso Bernard ha ceñido a su cuello la correa de su perro, la ha fijado al techo y ha saltado bien seguro de que sus pies no iban a tocar el suelo. Poco antes escribía a su mujer, que estaba en Florida, que enviase a alguien para que se ocupase del niño, de dos años, que tras la muerte de su padre se quedó con la sola compañía del perro, sin correa. Esto pasó el sábado, cuando se cumplían dos años de que saltase el escándalo. Bernard Madoff, el genio de las finanzas que ofrecía rentabilidades fabulosas todos los años a un selectísimo club de pringaos, había creado en realidad un esquema ponzi.

Bien mirado, era todo un suicidio. La de Madoff era una estafa piramidal como cualquier otra. Él ofrecía con regularidad un retorno muy atractivo para los inversores. No le faltaba dinero si alguien decidía retirar parte de la inversión o toda ella. Pero ese dinero no provenía del rendimiento o del aumento del valor de sus inversiones, sino de los nuevos capitales a él confiados. Además, ¿quién iba a retirar nada, si Madoff parecía haber hecho añicos la idea de tener que elegir entre seguridad y rentabilidad? Pero cada nuevo cliente, cada entrada de dinero, era una exigencia de rentabilidad futura, y sólo se puede pagar con entradas mayores, con una permanente huida hacia adelante. Sólo se puede esconder el crimen haciéndolo más grande, pese a que Bernard sabía que en algún momento tendría que estallar; fue un suicidio económico desde el comienzo. Mark trabajaba en el negocio familiar. Al parecer no conocía en qué consistía el negocio de su padre, en que él mismo trabajaba, y que le compensaba con más de 16 millones de dólares al año. Llevó una vida de lujo extremo, y cuando se empezaron a cerner sobre él las responsabilidades económicas, quizá penales, acabó con su vida.

La clave para mantener este fraude son las entradas. Y se necesita una buena labor comercial para alimentarlo. La estrategia de Madoff, además de presentarse como ex presidente del Nasdaq, era hacer ver que no todo el mundo podía formar parte del escogidísimo club de inversores con que él trataba. Y todo bajo la idea de que él tenía acceso a informaciones secretas, accesibles sólo a muy pocos, y que eran la llave de la prosperidad perpetua. El gnosticismo financiero, tan falso como cualquier otro.

Porque la información relevante para cualquier inversor está ahí para que la descubra cualquiera. Y la ignorancia que tenemos sobre cuáles son las mejores inversiones no viene de que no tengamos contactos en Washington, sino de que esa información es cambiante y en su mayor parte no está ni creada, pues depende de eventos futuros. Quienes confiaron su dinero a Madoff creían que se beneficiaban de una oportunidad abierta sólo a unos privilegiados. Cuántos de ellos, como Almodóvar, no habrán criticado precisamente eso. Fueron engañados por Madoff, sí. Pero fueron engañados también por la mala literatura sobre el capitalismo, que es más generoso y ciego en las oportunidades que ofrece que lo que se cree. Hay quien ya lo sabía. Prefirieron la ciencia al gnosticismo.

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