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José Carlos Rodríguez

Otro crimen cristiano

Ninguna idea puede prohibirse por muchos crímenes que se hayan cometido en su nombre; salvemos al socialismo de la censura. Y el criminal siempre, siempre, está en la posesión de sus acciones y puede no dar el paso definitivo hacia el crimen.

José Carlos Rodríguez
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Un fanático miserable ha acabado con la vida de al menos 93 personas en Noruega. Muchos pensaron que podía ser un atentado islamista, pero finalmente el crimen fue obra de un noruego alto y rubio que se define como cristiano y nacionalista. Es antimusulmán y está en contra del multiculturalismo. Pertenece a lo que se conoce como "ultraderecha", aunque los lindes de esa denominación política a mí nunca me han parecido muy claros. El perfil de este Anders Breivik permite a muchos sentir un inconfesable alivio, al poder colgarle a todas las ideas que albergue Breivik el rastro sangriento de este lúgubre viernes. Su execrable crimen no le acercará a sus propósitos, pero le será útil a muchos que no comparten sus ideas. Otro crimen cristiano, dirán. Un asesino en masa se esconde detrás de cada crítico con el islamismo radical, sugerirán. Rubalcaba ya lo ha hecho.

¿Hasta qué punto se puede responsabilizar a unas ideas de un acto criminal? Nada tengo de nacionalista o antimusulmán, pero ¿seré yo mismo un criminal por haber escrito clara y contundentemente contra el multiculturalismo? Veamos. El primer corte habrá de producirse entre aquellas ideas que llamen a la violencia y las que no. Nadie condenará sus gustos musicales por el hecho de ser los de un criminal. Tampoco tendría sentido dejar de leer a autores que él admiraba, como Platón, Inmanuel Kant, John Locke o John Stuart Mill. ¿Qué parte de sus ideas le ofrecen a él o a cualquier otro un esquema mental que dé cobertura a su crimen? Un caso distinto es el del Che Guevara, un asesino que se divertía disparando a la multitud, y al que quizá no todos pero sí muchos admiran. El Che era marxista y Marx concibió un recetario para el crimen que muchos llaman socialismo. Siguiendo esta distinción, la idea de que el multiculturalismo es un error porque no integra a los extranjeros no ofrece ninguna palanca intelectual para su crimen. Desde luego, tampoco el cristianismo, que repudia cualquier acto como este. Sí el odio a un grupo humano por ser de una raza (si, como se dice, era racista) o profesar una religión. Esto último lo conocemos bien en la historia de España.

Pero el corte definitivo es otro. No dude el lector que habrá quien se valga de este crimen para sus fines, colocándose sólo un peldaño por debajo de Breivik en la escala de miseria, y empiece a pedir la censura de ciertas ideas. Pero ninguna idea puede prohibirse por muchos crímenes que se hayan cometido en su nombre; salvemos al socialismo de la censura. Y el criminal siempre, siempre, está en la posesión de sus acciones y puede no dar el paso definitivo hacia el crimen. Otros, con las mismas ideas, no lo dan. Luego la responsabilidad es sólo suya. El terreno de las ideas es moral, y su condena debe ser estrictamente moral.

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