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José Carlos Rodríguez

Peregrinos

No han venido de turismo, es cierto, pero vienen a disfrutar de la compañía de otros jóvenes y a compartir la experiencia común de reafirmar su fe. Se han paseado por la ciudad con una alegría serena de la que nos hemos contagiado casi todos.

José Carlos Rodríguez
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Madrid en agosto es una delicia. Los madrileños huyen para tostarse al sol, para reconciliarse con la naturaleza anegada por el asfalto, para volver al pueblo o salir del país, y dejan la villa en los huesos, sin el bullicio y el tráfico de todo el año pero plena de vida. Entonces es cuando se puede disfrutar de un Madrid más amable aunque aún ahogado por el calor seco del verano de la capital. Es una época ideal para volver a aquéllos rincones que no visitas desde hace años, quizá desde cuando tenías tanto tiempo que no sabías qué hacer con él. Aunque no tiene la belleza del Madrid en los días soleados de invierno, invita a recorrer sus calles, visitar sus comercios y combatir con vermú el calor regurgitado por su asfalto.

Este es el Madrid que ha visitado un millón largo de jóvenes peregrinos que han venido a participar en la Jornada Mundial de la Juventud y a encontrarse con el Vicario de Cristo. No han venido de turismo, es cierto, pero vienen a disfrutar de la compañía de otros jóvenes y a compartir la experiencia común de reafirmar su fe. Se han paseado por la ciudad con una alegría serena de la que nos hemos contagiado casi todos. Vienen con un propósito muy claro, para el que llevan preparándose meses; años, muchos de ellos. Disfrutan de su alegría y la comparten sin molestar a los demás.

No han venido a dejarse llevar por un torbellino de consumo para matar el tiempo o llenar un vacío. Han venido a escuchar a Benedicto XVI hablarles de firmeza en su fe, de vocaciones y apostolado, de dar un sentido trascendente a su vida diaria. Son palabras que no se oyen en los productos culturales que se vuelcan a diario sobre la juventud; es más, que encajan mal en ese mundo. Tienen algo de contracultural en un sentido muy superficial. Pero no son una minoría, más bien al contrario, y no reivindican más que sus propias creencias y el deseo de poder ser fieles a ellas. Quieren cambiar para ser mejores, no cambiarnos a los demás, a todos, para encajarnos en un esquema simplón. Por eso ellos, los peregrinos, no son violentos. Para eso no necesitan reunirse en larguísimas y estériles asambleas, les basta aprehender y renovar un mensaje que lleva dos mil años enseñándose y probándose contra los avatares de la historia. Frente a ellos, la mayoría de los jóvenes del 15M no tienen ni para sentir envidia por los peregrinos; así son de pobres.

En España hay muchos jóvenes así. Son mayoría. Y son mejores. Sólo necesitamos que se hagan escuchar.

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